lunes, 13 de octubre de 2025

La noche de la Rana



Episodio Anexo de Los Héroes Convocables

Autor y artista: Luis G. Abbadie

(También puedes leer la versión en inglés aquí)

 

A la Rana de Portland,

Keep Portland Weird

 

El primer deber de un revolucionario es hacer la revolución.

—Ernesto “Che” Guevara

Todas esas personas tenían algo en común, amigos. No esperaron a saber adónde iban antes de emprender su viaje. Cada una poseía lo que Jim Henson llamaba “optimismo ridículo”. Sin eso, no tendríamos este mundo maravilloso en que vivimos.

—Kermit




 

Jenny Everywhere y Laura Drake habían llegado a Portland esa mañana. Lo primero que hicieron fue dar un paseo y desayunar. A mediodía verían a sus nuevas amigas Charlene y Kim, a quienes habían conocido en Washington (1); decidieron irse con algo de tiempo para continuar explorando, familiarizarse con la ciudad. Rentaron un auto para facilitar las cosas; iban con rumbo al lugar de encuentro a lo largo de una avenida y, mientras aguardaban en un semáforo, notaron, a media cuadra por una calle lateral, a un puñado de personas acumuladas junto al muro exterior de un edificio. Entre ellos, destacaba una persona con un disfraz amarillo de pollo.

—Mira, un pollo —dijo Laura.

—Un pollo y una docena de gente —replicó Jenny sin mucho interés, ocupada con una bolsa de nachos. Prefería dejar a Laura conducir siempre que podía, aunque claro, tenía que ser solidaria; en ocasiones. Laura no apartaba la vista de aquellas personas, y de repente viró el volante y desvió el auto por esa calle, para luego estacionarlo a unos cincuenta metros de las personas que habían atraído su atención—. ¿Qué pasa?

—La mayoría son reporteros, estoy segura —Laura señaló adelante. A un par de casas y el ancho de una calle de distancia, aquellos hombres y mujeres miraban al edificio, varios de ellos sosteniendo no sólo celulares, sino cámaras profesionales. Unos cuantos llevaban consignas, pero eran una manifestación de protesta muy poco concurrida.

—Un pollo reportero —Jenny tomó un sorbo de su Dr. Pepper, aún sin interés. Entonces miró hacia arriba. Había tres… no, cuatro personas en la azotea del edificio, mirando abajo. En el centro, como si fuera la más importante, una mujer rubia con blusa negra de manga corta y gafas de sol—. Ha de ser alguna artista —sugirió.

—¿Ya viste lo que es ese edificio? El cuartel de ICE (2).

Esto al fin dio algo de curiosidad a Jenny. Entrecerró los ojos, y optó por bajar las gafas de aviación que siempre llevaba en la cabeza para aminorar la contra luz del sol y ver mejor las figuras de la azotea. Dos de ellas llevaban uniforme militar; un hombre tomaba fotografías de la gente en la calle. La mujer miraba hacia abajo con actitud arrogante, era como si estuviera posando.

—Espera… creo que es Christen Nome —dijo Laura.

La secretario de Seguridad Nacional de los Estados Unidos se encontraba en el techo del edificio de ICE, contemplando de manera desafiante a los reporteros en la acera. Eso lo explicaba; la mujer apodada en los medios “Cosplay Christen” por sus comerciales recurrentes donde se vestía de obrera, policía, agente de ICE, y otras cosas para dramatizar su propaganda gubernamental debía estar tratando de verse bien para las fotografías que le tomaran los periodistas.

—La edecán que convirtió a la seguridad nacional de EU en una banda de sacaborrachos —Jenny le dio un codazo a Laura—. Vámonos, no quiero salir en las fotos.

—¿Y si te tomo una con el pollo? —propuso Laura— Se está comiendo un hot dog; si te pones junto a él con los nachos seguro se hacen virales.

Jenny dirigió una mirada indirecta a Laura y se echó a la boca otro nacho para no sonreír con su pésimo chiste. Laura dio una vuelta en U y para reintegrarse a la avenida.

***

Se reunieron con Charlene Chan y Kim Garrett en un restaurante de terraza en el centro de Portland. Se habían conocido días atrás, durante un concierto callejero, y Jenny y Laura habían acordado continuar apoyando a sus nuevas amigas en sus planes de apoyo a una amiga rusa a quien Charlie y Kim habían conocido en Washington (3). Jenny había insistido en una tarde de convivencia sin tratar más asuntos complicados y de riesgo, ni de las averiguaciones de Charlie como detective autodidacta ni de la problemática política rusa en que se habían visto involucradas todas ellas de repente. Además, había observado que Charlie miraba a Laura con recelo, conforme iba notando sus ideas bastante drásticas y su pericia tecnológica, en la que su habilidad le permitía incluso compensar la ausencia de recursos y patrocinio. Cuando el hackeo era un mero asunto colateral para ella, empezaba a hacerse evidente que quizá no hablaba por hablar al plantear cosas que deberían hacerse para resolver la crisis circundante, y aunque Jenny esperaba continuar moderando un poco los impulsos de Laura, no quería que sus amigas de Honolulú creyeran que Laura era un peligro potencial. ¡Aunque quizá lo fuera!

Jenny les contó lo que habían visto por la mañana en las instalaciones de Ice; Kim y Charlie se rieron con la descripción del pollo y los reporteros.

—Ya había visto la noticia —dijo kim—, y creo que es lo que ustedes se imaginaban —buscó un momento en su celular, y les mostró el video, un acercamiento en vista de gusano a Christen Nome asomándose con dramatismo. Una leyenda superpuesta al video decía: Christen Nome se expone a los manifestantes AntiFa en las calles caóticas de Portland sin vestimenta de protección”. Jenny soltó una carcajada, mientras Laura sacudía la cabeza con expresión de hartazgo.

—Alguien debería sacarla de su miseria —dijo Laura. Jenny intentó no reaccionar; ese tipo de comentarios eran justo los que podían arruinar su intención de eliminar las barreras entre Laura y sus nuevas amigas. Por fortuna, había dado con un sentimiento tan generalizado que no sorprendió a nadie.

—Es lo peor que podría pasar justo ahora —dijo Charlie—. Basta con ver lo que han hecho a partir del asesinato de Chuck Shatner; cualquier muerto es un mártir, y una justificación para insistir en que tienen derecho a llegar a cualquier extremo para combatir la amenaza imaginaria de los “terroristas AntiFa”. Sería una matanza.

—Lo peor es que podría suceder. Yo ya me estoy convenciendo de que lo de Shatner fue un montaje, pero aunque no lo fuera, lo han exprimido al máximo. Y aun cuando no existe ninguna organización AntiFa, entre los antifascistas sí hay mucha gente violenta, no solo entre sus opositores; cualquier día de estos, uno o dos pueden cometer alguna barbaridad y darle al gobierno la excusa que busca.

—Está claro que Nome vino a Portland para conseguir evidencia de la supuesta situación de desastre que se vive aquí. Fox News sigue reportando que hay guerra diaria con los AntiFa, que ya no hay negocios abiertos porque la gente corre demasiado peligro, que hay bombas de humo y de gas arrojadas en las calles todo el tiempo… porque el presidente lo dijo así.

Jenny miró alrededor: una anciana paseaba su perrito pekinés, unos niños corrían rumbo al parque con un balón, unos adolescentes reían y se apeaban de una camioneta familiar. Ni una ventana rota, ni un acto violento.

—Si no me equivoco, esta calle sí está llena de AntiFas —dijo, encogiéndose de hombros—. Eso es una verdadera amenaza para Drumpf, necesita gente furiosa y con miedo para prosperar.

—Mira —dijo Laura—, allí está un par de soldados de la guardia nacional… se ven muertos de aburrimiento.

—La ciudad está mostrando resistencia pacífica con bastante éxito —dijo Kim—. Además, les cierran la puerta a los militares y a los agentes de ICE en los restaurantes y en los hoteles, les niegan los baños. Lo malo es que muchos de esos soldados ni siquiera querrían estar aquí, fueron obligados a venir a enfrentar amenazas imaginarias, no tienen la culpa de lo que sucede. Algunos sí se ensañan, claro, pero son pocos.

—Los de ICE son otra cosa —observó Charlie—. El señor Dixon, quien nos indicó venir a Portland a buscar a su hijo, ya nos había advertido de ello: son gente violenta y racista, muchos son miembros del KKK, de los Proud Boys, y cosas así. Se apuntaron para ICE para tener una justificación legal de abusar y maltratar a las minorías.

—Ahí va un cocodrilo con micrófono—señaló Jenny—. ¿Qué onda con las botargas?

—Como que es algo muy de Portland. Botargas y personajes extravagantes. ¿No han visto en la plaza? El gaitero con uniciclo es mi favorito.

—Las protestas se ponen buenas, ayer andaban dos botargas en una de ellas —dijo Kim, y empezó a buscarlas en Instagram—. ¡Ah caray! ¡Esto está mejor!

Les mostró un video que se estaba transmitiendo en vivo. Varias botargas bailaban delante de los agentes de ICE: un dinosaurio, un mapache, incluso un unicornio cuya enorme cabeza colgaba hacia atrás. Más allá, dos mimos bailaban también. La música era mexicana.

Se rieron de buena gana al ver aquello; incluso Laura se relajó, y dijo al fin:

—Puede que al fin hayan dado con la manera de hacer resistencia pacífica de verdad.

—Llevan nueve meses con manifestaciones que pasaron de ser semanales a diarias en todo el país —dijo Charlie—. ¿No es eso resistencia pacífica?

—El gobierno los ignora y ya —repuso Laura—. Los dejan hacer porque lo ven como una manera en que ventilen su inconformidad y no les estorben. Pero esto —señaló el video— no lo van a soportar; ya hemos visto que los de MAGA, empezando por sus líderes, son cerrados de cabeza a morir, ¡no tienen sentido del humor!

—Casi todos en la ultraderecha siempre han sido así —dijo Charlie—. Eso hace mucho que lo había notado. No entienden ni el simple sarcasmo; si algo no está entre comillas, se lo toman literalmente.

—¿Vamos allá otra vez? —propuso Jenny, sonriendo—. ¡Quiero ver esa manifestación de botargas!

—Los libros de historia recordarán la insurrección de furros del 2025 —dijo Charlie, y las cuatro chicas rieron.

***

La rana bailaba al ritmo de “El muchacho chicho” de El Tri. Era una enorme botarga verde, con una abertura circular en la mandíbula cubierto con una malla para que el rostro de la persona que la usaba no fuera visible. En esta ocasión, la calle Bancroft, una calle pequeña que remataba en esa esquina con la avenida Macadam, se encontraba repleta de gente. Los agentes de ICE, con sus rostros ocultos tras bandanas, pasamontañas y cubrebocas mantenían a la multitud a raya, o pretendían hacerlo, ya que la gente no intentaba aproximarse, aunque tampoco cedía terreno. Todos bailaban y de vez en cuando cantaban a coro alguna canción. En algunos sitios el edificio de ICE se encontraba protegido por una barrera de tablas de aglomerado.

Jenny se unió al baile sin pensarlo dos veces. Charlie y Kim se miraron, sonrieron e hicieron lo mismo. Laura suspiró con resignación exagerada y sacudió la cabeza, pero sonreía. Jenny se aproximó a la rana y bailó dando una vuelta completa alrededor de ella; la rana giró sobre sí misma igualándole el ritmo. Luego Jenny miró a Laura y, sin dejar de mover las caderas, la invitó a unírsele con un gesto coqueto de su dedo índice. Laura negó con la cabeza, pero Jenny persistió en llamarla, y tendió ambas manos hacia ella. Cedió, y tomó sus manos, mientras la canción concluía y era reemplazada por otra oldie: “Aserejé”, de las Ketchup. Jenny pegó un grito, y junto con la rana, Laura y una treintena de personas, empezaron a seguir la coreografía de la canción. Charlie se apartó del baile para empezar a grabar un video. Una mano empujó su hombro, y volteó: era uno de los agentes de ICE; había retrocedido demasiado y había invadido el límite del perímetro del centro de detención. Cuando menos el sujeto no la había empujado con violencia; formó con los labios las palabras “lo siento” y avanzó un par de pasos.

—¡Esto sí es rebeldía de la mía! —exclamó Jenny. Ya anochecía, pero la luz de la calle era suficiente, y la fiesta no cesaría pronto. Laura le señaló algo con la mano, repentinamente seria. Unos agentes venían desde la entrada de vehículos del edificio con una manguera para incendios desde una puerta de vidrio abierta en el edificio de la derecha, más allá de la reja. Eso no se veía nada bien. En medio de su recelo, Laura se sorprendió de la ridícula longitud de aquella manguera; tenían que haberla preparado para esa noche, decidió.

Más allá de la reja se hallaba una figura inconfundible: Christen Nome.

Los agentes se aproximaron al perímetro marcado por sus compañeros para limitar la proximidad de los danzantes y otros dos hombres acudieron a ayudarles a sujetar la manguera más atrás. La gente que bailaba más cerca, al verlos, empezó a reclamarles en español y en inglés al ver lo que hacían. Allá en la reja, Nome alzó el brazo, y lo dejó caer con finalidad, dando la señal para que alguien, en el interior del edificio, abriese el flujo de agua.

Hubo un estallido de agua; pero detrás de los agentes que sostenían la manguera. Los que estaban más atrás gritaron: la manguera había sido cortada por completo, y el chorro de alta intensidad había alcanzado a los agente por la espalda, y sólo unos cuantos de los manifestantes fueron mojados, con agua muy dispersa y ya sin su intensidad original, por lo que sólo se rieron de los agentes empapados y siguieron celebrando, sin importarles el remojón. Los hombres de ICE más próximos se alzaron de un charco; uno de ellos todavía sujetaba la punta de la manguera. Mucha gente empezó a filmarlos mientras se reían de ellos. A lo largo del muro, Jenny corría a toda velocidad hacia la esquina, pasando detrás de algunos agentes, mientras otros ya la perseguían; Laura, Charlie y Kim corrieron entre la muchedumbre de manera paralela para emparejarse con ella. Un par de agentes lo notaron e intentaron interceptarlas, pero la gente les obstruyó el paso deliberadamente con sus bailes. El pollo y un unicornio se tomaron de las manos y les impidieron Pazar, mientras las cuatro chicas se alejaban sin mirar atrás, y corrieron hasta asegurarse de que ya no las seguían. Se detuvieron, riéndose sin aliento, y se quedaron allí hasta que recuperarse un poco de la carrera; entonces reanudaron la marcha a paso normal.

—¿Cómo pasaste detrás de ellos sin que te vieran? —preguntó Charlie— ¡Tampoco yo vi!

—Estaban ocupados con la manguera, y shifteé… me metí detrás de las plantas.

Laura volteó los ojos hacia arriba; Jenny nunca iba a aprender a ser discreta. Si iban a continuar en compañía de estas chicas, quizá sería mejor que les dieran su confianza cuanto antes. Era mejor que Jenny pudiera hablar, y actuar, sin trabas… y ella también.

—¿Vieron a la Christen? —dijo Charlie—. Seguro la manguera fue idea suya.

—Está ansiosa por provocar a la gente, crear un disturbio —observó Kim—; crear evidencia del AntiFa.

—Pero nadie muerde el anzuelo, por fortuna —Charlie se frotó el rostro con ambas manos para limpiarse el sudor.

—Hasta ahora —repuso Laura—. Si en alguno de sus intentos se topa con alguien de pocas pulgas, quién sabe qué pase.

—Me parece más probable que pongan agitadores disfrazados entre los manifestantes —observó Charlie.

—Es probable… —Jenny se quedó pensativa—. Si alguien pudiera llegar a los cabecillas, sería mucho mejor; al fin, lidiar con los matones de ICE no sirve de nada.

—Todo sirve —corrigió Charlie—; sólo que nada resulta definitivo. Pero mientras más ocurran cosas como lo de hoy, más evidente será para todo el pueblo que la resistencia, los AntiFa, no son gente violenta.

—Pero están acelerando las cosas —Laura externó su verdadera inquietud—. Están buscando consolidar su base de poder antes de las elecciones de medio término, para no perder un ápice; y seguramente, para asegurar que el siguiente presidente lo pondrán ellos mismos sin que nadie pueda evitarlo. Esta forma de resistencia es buena… pero hay muy poco tiempo. Hace falta hacer más.

—Por eso están reforzando el ángulo religioso —dijo Charlie—. Su cristianismo corrompido, apocalíptico. Ahora lo quieren imponer en las escuelas; a Shatner lo presentan como un mártir religioso. Si fueran católicos, seguro lo querrían canonizar.

—¿Escucharon que alguien publicó en broma que le habían hecho una maldición? No para matarlo; era en plan humorístico, buscando que le salieran barros y se le descompusieran los micrófonos… pero como coincidió con que su asesinato ocurrió dos días después, muchos se lo tomaron en serio, incluso dicen que su esposa estaba muy asustada por ello desde antes que le pasara nada. Nada para reforzar el fanatismo como una cacería de brujas literal.

Las cuatro callaron un momento.

—Oigan —dijo Laura de repente—, se me acaba de ocurrir algo. Para empezar a atacar el problema de raíz —miró a Jenny de manera significativa—. Pero primero, hace falta hablar de algunas cosas.

Jenny la miró, y abrió mucho los ojos.

—¿En serio? —Charlie y Kim las miraban a ambas, intrigadas— Bueeeeno… mejor eso a que suceda a la mala.

Charlie las miró con sospecha, y dejó de caminar.

—A ver. Aclaremos de una vez. ¿Ustedes pertenecen a alguna red subversiva? ¿Son anarquistas, o alguna cosa? Desde hace días que sus ambigüedades me recuerdan a las chicas de Oktyabr Samizdat (4), y ya sabemos lo que pasaba con ellas.

Jenny y Laura se miraron perplejas y se soltaron a carcajadas, lo que sólo contribuyó a la confusión de las otras chicas.

—Para nada —dijo Jenny—. No, no… Es que, bueno… vamos mejor al hotel y allí hablamos.

Laura sospechaba que esta noche no dormirían mucho.

***

La habitación estaba oscura; los ojos de Christen Nome se abrieron e intentaron discernir las formas de mobiliario que no le era familiar. Tardó unos momentos en recordar que estaba en un dormitorio del cuarto piso del hotel River’s Rim, en la calle Hamilton, a un par de cuadras del edificio de ICE. El comandante Fallon le había ofrecido improvisar un dormitorio en las oficinas, quizá en un cuarto de detención provisional, pero no iba a permitir que le dieran algo tan incómodo y de mal gusto.

Al pensar en ello, recordó aquel día frustrante, las calles tranquilas, la patética muchedumbre de danzantes latinos, negros y con algunos americanos blancos entremezclados. El fracaso de esos agentes incompetentes que permitieron que el único sabotaje de los AntiFa, cortar la manguera, fuera exitoso; ¡y que encima habían dejado escapar a la chica que lo hizo! La furia producida por estos recuerdos despejó la mente de Christen.

¿Qué la había despertado? Lo ignoraba, pero había sido repentino. Se incorporó: estaba completamente destapada. La luz de un farol callejero que entraba por la ventana le permitió discernir los cobertores apilados en el suelo. Extendió la mano hacia la lámpara de la mesa de noche… y recordó que no había lámpara en la mesa. Había un interruptor en algún sitio del muro, pero no recordaba donde. Soltó una maldición, y deslizó las piernas fuera del borde de la cama. Miró la hora en su celular, que había dejado en una esquina del colchón: 3:36. Notó que tenía la batería baja.

Se puso de pie; tenía puesta una camiseta de MAGA y sus pantaletas. Caminó descalza hasta la puerta del baño; lo abrió, encontró el interruptor y lo accionó: nada. Intentó un par de veces más, pero la luz no se encendió.

Lo que faltaba.

Oregon era un sitio miserable; se aseguraría de hacerse escuchar en su cita con el alcalde al otro día. Luego de orinar, salió y fue a buscar su celular para cargarlo; entonces recapacitó. Probó la luz del dormitorio y, no, no había energía. ¡Esto era inadmisible!

Tomó la bocina del teléfono interno del hotel: no había señal. Por supuesto. Mandaría a alguien ahora mismo para exigir que la administración resolviera esto cuanto antes. En la calle sí había luz, por lo que debía ser un problema del edificio.

Abrió la puerta; en ella remataba un extremo del pasillo, y cuatro puertas más adelante, el pasillo topaba a la mitad de otro; la puerta de otra habitación, indiscernible en lo oscuro, se hallaba allí. Empezó a sospechar que el gobierno de Portland les había cedido un edificio en mal estado como una forma de hostigar a ICE.

Según recordaba, en este piso sólo habían estado dos huéspedes a los cuales reubicaron por seguridad. En uno de los cuartos adyacentes, se encontraban dos agentes de ICE, a cargo de su seguridad, pero ella había insistido en que no estuvieran en una habitación adyacente; en ocasiones gritaba al hablar por teléfono, y no quería ser escuchada. Enviaría a uno de ellos con el encargo. ¿Pero en qué habitación estaban los agentes? Pensó en llamar en voz alta; pero era ridículo hacer eso, como un ama de casa mexicana. Iría hasta el cuarto correspondiente. Consideró y descartó ponerse pantalones; no tenía paciencia para más, ni se iba a vestir por beneficio de ellos. ¡Más les valía a los agentes cuidar a dónde miraban!

Suspiró, y empezó a caminar. En el pasillo, fuera del alcance de las ventanas, la tiniebla era total, por lo que fue deslizando las puntas de sus dedos por el muro. Contó cada una de las puertas cuya madera fría sintió: cinco. Estarían en una de las más alejadas, si no recordaba mal. Golpeó la puerta, que apenas percibía como un borrón negro, y no hubo respuesta; golpeó de nuevo, más fuerte.

A su lado, la puerta que remataba el pasillo, opuesta a la suya en el extremo, hizo clic. Así que allí estaban. La cerradura se había abierto, pero la puerta permaneció cerrada.

—Soy yo —dijo—. Abran.

No hubo respuesta. ¿Qué esperaban? Dio un par de pasos hasta esa puerta, y la empujó de un manotazo. Dentro, había un poco de luz, gracias a la ventana, pero no tanta como en su cuarto ya que ésta no daba a la calle.

¿Y los agentes? En la escasa luz no veía a nadie allí de pie. Parpadeó repetidamente para discernir algo más: a un lado, empezaba una cama doble. Había dos formas tendidas en ella.

Se aproximó a la cama: eran los dos agentes, completamente vestidos con sus uniformes por lo que distinguía bajo el resplandor de la ventana al otro lado de la cama; pero inmóviles, ni siquiera se notaba su respiración. Parecían sin vida; Christen sacudió la cabeza para quitarse fantasías morbosas. ¡Estos incompetentes estaban dormidos ambos cuando tendrían que estar a cargo de su seguridad personal!

—¡Arriba! —espetó.

Y algo se alzó del otro lado de la cama.

Parpadeó, segura de que la sombra voluminosa era una ilusión óptica; pero la forma abultada no desapareció: se irguió hasta ocupar el espacio central de la cortina alumbrada desde el exterior. Una sombra de formas redondeadas, de dos metros, o más. Christen soltó un gemido agudo y retrocedió; pisó la alfombrilla junto a la cama, trastabilló, y cayó de espaldas. Su hombro dio de manera dolorosa con la silla que había en cada cuarto, la cual se volteó con un estrépito, y quedó sentada en el suelo. No se detuvo a mirar lo que ocurría; sintió pánico. Se volteó y manoteó para incorporarse, su mano dio con la silla caída y se apoyó. Corrió hasta la puerta, y allí miró atrás: algo masivo que se agazapaba contra la luz de la ventana, una forma encorvada que le hizo pensar en un oso. No tenía una cabeza humana; era algo demasiado ancho, de forma extraña. ¿Qué era lo que veía? Empezó a caminar a lo largo del pasillo para poner distancia; no podía ver nada y no quería caer de nuevo, por lo que iba demasiado lenta. Abrió la boca para gritar y convocar ayuda, pero enmudeció a tiempo, al sumar los varios elementos en su mente aterrada: nada de electricidad, un intruso, silencio total. Tal vez el edificio fue tomado y ese es un asesino que eliminó a los agentes, pensó; de ser así, si pido ayuda vendrán por mí.

Empezó a correr, y como lo había temido, resbaló y cayó de bruces; su rodilla izquierda se golpeó en el suelo alfombrado, y el dorso de su mano derecha dio dolorosamente contra el muro. Se levantó de nuevo: allí adelante, la puerta abierta del dormitorio parecía brillantemente iluminada por contraste. Corrió de nuevo; las duelas crujían bajo la alfombra a cada paso de sus pies descalzos. Consideró cerrar la puerta al llegar, pero si en efecto algún grupo terrorista hubiera ocupado el edificio, lo mismo podría el intruso dispararle a través de la puerta mientras lo hacía. Hasta ahora no recibía una bala; tal vez la oscuridad trabajaba a su favor, y el intruso no conseguía apuntarle bien. Pero ahora estaba contra el marco iluminado de la puerta. Optó por ir directamente a la cama para tomar su celular, y saltar a un lado, a la parte del dormitorio que no era visible desde el pasillo. Pegó la espalda contra el muro, a un par de metros de la puerta abierta, y desbloqueó el celular. Ya estaba preguntándose a quién llamar: al comandante Fallon, a cargo de las instalaciones de ICE. Él enviaría ayuda, y estaban muy cerca.

Una leyenda apareció en la pantalla, en letras blancas pequeñas; no se molestó en leerla. El celular no tenía señal.

—Dios mío —siseó. Debían tener un bloqueador de señal. Definitivamente eran terroristas. Sus ojos se sentían húmedos; los frotó mientras volteaba de nuevo hacia la puerta del dormitorio. Después de todo, no cerrarla había sido un error. El intruso no se asomaba todavía; ¿y si entraba disparando? No había disparos en el edificio; se trataba de una incursión tranquila. Tal vez eran sólo hippies AntiFa, como eran la mayoría a pesar de la campaña que estaban armando para hacerlos ver ante los medios como una organización terrorista, y no algún grupo peligroso; de ser así, no correría ningún peligro. ¿Pero entonces cómo habrían entrado, cortado la energía, bloqueado las comunicaciones? En el vestíbulo del hotel debían estar otros guardias. Tal vez, se le ocurrió, no le habían disparado porque sabían lo valiosa que sería como rehén; tenía que contar con eso. Si lograba cerrar la puerta, bloquearla con la cama, atrincherarse en el cuarto y pedir ayuda por la ventana… ¡Sí!

Pero necesitaba ver quién estaba allí afuera. Buscó frenética la función de linterna del celular; nunca la había usado. Sintió que tardaba minutos enteros en buscarla… ¡Al fin! Un haz de luz intenso apareció, iluminando el piso, y dejó impresiones retinales en sus ojos que parpadeó varias veces para tratar de aclarar. Apretó la linterna contra su muslo, y avanzó hacia la puerta, manteniéndose cerca del muro.

Su mano tocó el marco de la puerta. Contuvo el aliento, y apuntó la linterna hacia el pasillo, asomándose apenas. El haz de luz mostró el muro, las puertas, el suelo… recorrió el pasillo hasta el fondo… y vio una especie de bota verde, voluminosa. Centró la luz en la figura que se hallaba justo frente a la puerta del dormitorio del extremo opuesto, una figura verde y amarilla, con colores brillantes y formas redondeadas. Christen tuvo un instante de confusión total, intentando asimilar lo que veía. Una rana. Era esa estúpida botarga de rana que había visto bailando afuera de las instalaciones de ICE hasta la madrugada, con una inmensa cabeza inflada, una boca de media luna invertida, ojos amarillos grandes y redondos. Simplemente estaba allí, de pie, inmóvil, dejándose alumbrar.

En medio del miedo, experimento algo de alivio; entonces sí se trataba de los hippies. Había sobrevalorado a los AntiFa, la oposición civil no era más que un montón de latinos inmaduros que no se tomaban en serio ni siquiera la política, y que no podrían armar una resistencia eficaz ni en sueños; después de todo, ella misma había ayudado a fabricar su imagen como organización terrorista armada para justificar el despliegue de tropas en las ciudades demócratas. Se sintió furiosa consigo misma por haberse creído, aunque fuera por un momento, sus propias invenciones. Repetía tanto las mismas cosas a los medios, y al presidente, que ya casi se convencía a sí misma. Un tipo en botarga no la iba a intimidar. Salió a situarse en el centro de la puerta, sin dejar de alumbrar a la rana.

—Bueno, basta —dijo—. Ya hiciste tu broma. Quítate eso ahora mismo.

La rana permaneció en silencio, sin moverse. Bien podría haber sido un maniquí dentro; pero había salido del baño, esa era una persona allí adentro.

—Quítate el disfraz y dime tu nombre, y las cosas irán mejor para ti —insistió. No hubo respuesta. De sentirse envalentonada pasó a experimentar nuevas dudas y temores. La rana no tenía ningún arma visible, pero podría tener una pistola oculta dentro del brazo de la botarga. Y quienquiera que fuera, no venía solo; ¿cómo habían desactivado la energía? Y el celular; eso no lo hacía un hippie. Tal vez esto no era tan simple.

—¿No quieres hablar? Es lo mejor para ti —fanfarroneó. Tuvo una idea: ocultó su mano libre en su espalda, esperando que el intruso no la hubiera visto bien, para fingir que había tomado un arma—. Soy buena tiradora. ¿O crees que no te dispararé? Un perro, un caballo; una rana. Un latino. Me da igual poner a dormir a cualquier bestia que lo amerite. ¿Qué tanto te interesa seguir vivo?

La rana no dio respuesta, ni señal de reconocimiento a las palabras de Christen. Ella pasó el haz de luz de abajo arriba por la rana, atenta a cualquier movimiento. De repente sintió que su actitud amenazante era demasiado endeble para intimidar al intruso: allí, de pie, expuesta, sólo en pantaletas y una camiseta. Como la víctima en una película de slashers. Fingiendo tener un arma oculta; la rana había tenido oportunidad de sobra para ver que no había nada en su mano. ¿Pero qué más podía hacer?

—Voy a contar hasta cinco —dijo; pretendía que eso fuera una amenaza, pero su voz tembló un poco. Sus ojos se sentían húmedos de nuevo, y se odió a sí misma. Miró a los ojos de la rana; entonces recordó que el círculo opaco en la mandíbula de la redonda cabeza alzada era donde se encontraría el verdadero rostro de la persona dentro. Pero no podía ver nada a través de la malla que lo cubría—. Uno —¿por qué no se había puesto pantalones? Decidió que eso era lo que la hacía sentirse tan mal, tan asustada. ¿Cómo podía imponerse, en estas condiciones?

¿Y por qué no había señal de vida en alguna parte del edificio luego del ruido que había hecho?

—¡Dos! —la escalera estaba a la mitad del pasillo, en el lado opuesto a las puertas de las otras habitaciones. Si pudiera llegar… La rana no reaccionaba; tal vez podría avanzar, hacer como que acercarse era parte de su amenaza con el conteo, y al llegar a la escalera, bajar, o subir… ¿Pero qué estaría pasando en los otros pisos? No tenía idea. Repasó los contenidos del dormitorio; no había nada que pudiera usar para defenderse. Decidió correr el riesgo. Dio un paso adelante, y dijo—: ¡Tres!

¿A dónde iría? Abajo, en el siguiente nivel, un guardia debería estar al pie de la escalera para impedir que nadie subiese; un guardia que tendría que haber sido superado para que la rana llegase aquí, y en todo caso, ya habría escuchado su voz y acudido. Arriba, habría otros dormitorios… si sabían que se encontraba aquí, era poco probable que los hubiesen ocupado todos. Arriba, sería.

—Tres —avanzó unos cuantos pasos, despacio; ansiaba verse como si se preparase para atacar, pero sentía que hasta sus piernas le temblaban. La rana continuaba sin moverse; observándola. Tres pasos más y llegaría a la escalera, pero la más próxima descendía; era un par de metros más hasta la que pretendía alcanzar, que la llevaría arriba. ¿Y si golpeaba una de las puertas y hacía ruido? Podría atraer ayuda.

¿Y si todos los agentes habían sido sometidos?

Tal vez sí habían tomado el edificio y estaban haciendo esto para filmarla con cámara de visión nocturna y ridiculizarla. De nuevo sintió enojo, pero con él vino una necesidad casi abrumadora de retroceder, huir, encerrarse en el cuarto y sentarse en el suelo a llorar. Sintió una lágrima que corría por su mejilla; no quiso limpiarla, hacerla evidente con sus acciones. En lugar de ello, dijo:

—Cinco.

Los ojos de la rana, redondos y amarillos, se encendieron con luz opaca. Christen soltó un grito breve y retrocedió; de nuevo perdió el equilibrio y cayó sentada. Se arrastró hacia atrás en pánico, se volteó y no consiguió ponerse en pie, de manera que se impulsó sobre pies, manos y rodillas hasta llegar al dormitorio. Continuó hasta alcanzar la cama, y allí se apoyó para incorporarse. Volteó para cerrar la puerta y permanecer allí hasta que llegase ayuda, pero quedó paralizada.

La rana llenaba el marco de la puerta; sus ojos amarillos refulgentes rebasaban el dintel, ya en el interior. Al fin venía a por ella. No tenía a dónde ir. Miró a la rana, rezando por que no se aproximara más. 

La rana extendió el brazo derecho hacia ella; señalándola con su rudimentaria pata verde, y de nuevo ella soltó un grito breve. ¿Acusándola, amenazándola? ¿Tenía un arma como había sospechado y ahora iba a dispararle?

Extendió el otro brazo, ambos apuntando hacia ella. Miró a la rana, temiendo… no sabía qué, pero algo terrible. Entonces la rana flexionó el brazo derecho, y se tocó el izquierdo. Luego dobló el otro, cruzándolos. Christen lo miraba todo, desconcertada.

Entonces la rana alzó el brazo derecho, se llevó la mano… la pata… a su enorme nuca. Alzó el otro brazo e hizo lo mismo. Luego bajó el otro y lo cruzó sobre su abdomen hinchado.

Estaba… Christen parpadeó, perpleja. ¿Estaba bailando la Macarena?

Entonces la rana dio un paso adelante, hacia ella… y se desplomó sobre Christen. Soltó un alarido, y manoteó contra la tela fría que la cubrió y envolvió. Escuchó voces, y pasos; ella sentía que la rana la devoraba entera con los pliegues de la botarga, y gritaba sin parar.

La tela pesada que la cubría fue retirada, y los ojos llenos de lágrimas de Christen fueron deslumbrados por varias linternas de mano. Continuaba gritando; estaba segura de que la iban a acribillar, o peor.

—Miss Nome… ¡Miss Nome!

Era un hombre uniformado de ICE. Detrás de él, dos más miraban alrededor con rifles alistados. Dejó de chillar, y permitió que le ayudaran a levantarse del suelo, intentando comprender lo que ocurría. Varias linternas alumbraban la botarga vacía, arrugada en el suelo, mientras algunos hombres revisaban el dormitorio.

—¿Dónde está? —consiguió articular, señalando la botarga, sin escuchar ni entender las preguntas que el agente le formulaba—. ¿Dónde está?

Eventualmente revisaron el edificio sin encontrar al intruso. Más tarde, Christen aseguró que en ese caso uno de los propios hombres de ICE tenía que haberlo hecho todo. Pero no había evidencia de ello. Los cables del suministro eléctrico habían sido cortados en el sótano; los guardias de noche en la habitación opuesta habían sido drogados para dejarlos inconscientes con una bebida de cortesía que el gerente aseguró que no había sido presentada por su personal; ahora los celulares tenían perfecta recepción. Al llegar, el comandante Fallon le aseguró que habían desalojado también el piso superior para darle privacidad. Algunos agentes empezaron a murmurar que ella tal vez había intentado fingir un ataque para hacerlos ver mal…

Nadie supo quién tomó unas fotos de Christen en paños menores y llorando que empezaron a circular entre el personal de ICE, pero cuando un par de días después, varias otras ranas se unieran a las manifestaciones festivas en las calles con la bandera de RanatiFa, se decía que esta iniciativa había sido inspirada por rumores de aquella noche. Por la razón que fuera, la rana se convirtió de inmediato en símbolo de la resistencia pacífica en Portland. Mientras tanto, Christen consultó de manera discreta a algunos miembros fundamentalistas de MAGA que sostenían que AntiFa estaba utilizando también magia negra para agredir al gobierno; luego de varias noches sin poder conciliar el sueño, estaba dispuesta a creer cualquier cosa.

***

Esa noche, como lo había anticipado Laura Drake, tampoco las chicas durmieron. Para no moderarse en un hotel, fueron a Biketown, un bar de motociclistas, donde se les unieron las chicas de Oktyabr Samizdat, y pasaron la noche celebrando, bebiendo cerveza y poniendo una y otra vez “Macarena” en la consola de música. Ya como a las cuatro de la mañana, todas ellas bailaron la canción casi completa de pie encima de la barra, mientras la gente del bar les aplaudía y chiflaba.

Laura se había encargado de hacer llegar las fotos de Christen a los agentes de ICE; fotos que Jenny había tomado, cuando todavía se encontraba dentro de la botarga. Para ello, creó una cuenta de OnlyFans a nombre de “Cosplay Christen” que ya iba por los 65 mil seguidores, y aún no la tumbaban.

Jenny había tenido que explicar y demostrar sus habilidades de “entrada” y “salida” para que Charlie y Kim pudieran creerlo, y además asimilarlo, ya que habría sido imposible implementar la idea de Laura con ellas presentes sin hacerlo primero. Era difícil la primera vez, eso Laura lo sabía bien.

—La Nome va a tener fobia a las ranas toda su vida —decía Jenny—, ¡y por lo menos aquí en Portland van a seguir usándolas todos los días!

—Si nos hubieran dicho sus planes —dijo Briana, con fuerte acento ruso subrayado por la embriaguez—, les hubiéramos presentado a la gente que nosotras conocimos en estos días. ¡Si la rana tuvo efecto con Nome, para la próxima vez podrían presentarle al Sleestak!

—Siempre hay otro día —repuso Jenny. 

 

Créditos

“La noche de la rana” constituye un homenaje realizado para los aficionados y coleccionistas de los personajes clásicos del cómic.

“La noche de la rana” Copyright © 2025 Luis G. Abbadie. Debe ser reproducida siempre acreditando al autor.

Los Héroes Convocables es una serie de relatos que retoman a personajes clásicos de dominio público, huérfanos o con derechos liberados, para traerlos a enfrentar los desafíos del mundo actual.

Con agradecimiento a Scott S. por su valiosa información acerca de Portland (omito su apellido solo para estar seguro de no causarle inconveniencias con, digamos, “los malos del cuento”).

El personaje Jenny Everywhere está disponible para su uso por cualquier persona, con una sola condición: este párrafo debe incluirse en cualquier publicación que involucre a Jenny Everywhere, para que otros puedan utilizar esta propiedad como deseen. Todos los derechos revertidos.

El personaje Laura Drake fue creada por Jeanne Morningstar y puede ser utilizada por cualquier persona sin atribución alguna. Todos los derechos revertidos.

Esta es una obra de ficción, en ella cualquier semejanza con personajes y situaciones reales se sujeta a las normas de la parodia, y no pretende en ningún momento constituir una representación fidedigna de la realidad.

 

Notas 

1) Esto ocurrió en La Semana de los Cuchillos Largos (actualmente en imprenta).

2) Immigration and Customs Enforcement (Inmigración y Control de Aduanas).

3) Esto ocurrió en Las muchas vidas de Octobriana (actualmente en imprenta).

4) Grupo musical subversivo prohibido por la autoridad rusa, a quienes las cuatro chicas conocieron en Las muchas vidas de Octobriana y en La Semana de los Cuchillos Largos (actualmente en imprenta); sus integrantes pertenecen al PPP, un grupo comunista-anarquista de expresión artística contestataria. 

 

domingo, 31 de agosto de 2025

At the Bottom of the Totem Pole - An Episode of The Available Heroes

 

At the Bottom of the Totem Pole

Annex Episode of The Available Heroes

Story and Art: Luis G. Abbadie

(You can also read the Spanish version here)


The first duty of a revolutionary is to make the revolution.
—Ernesto “Che” Guevara

With black hatred in her heart for all oppressors, Lady Satan hurries toward the government building…
—George Tuska

 

Prologue

Beneath the night sky, a pyre burned in the center of the hacienda’s clearing. A blonde woman in a black dress stirred the flames with a rod, while a man in a shabby brown suit placed a chalice of red wine on an altar set over a dark cloth on the ground, beside a wooden pentacle. Various implements and objects were arranged all around it, everything in readiness for a new moon ritual.

From the hacienda building came a woman draped in a red cloak; she was the only one wearing ceremonial attire—though, in truth, she was also the only one who often wore her cloak outside the ritual space, for certain activities.

“It’s all ready,” said Desdemona Mather, tossing another log onto the fire.

“Thank you,” said Marietta Là-bas with a smile. “Now you’d better go inside while I work.”

“You should let us help,” protested Rosen Cruz. “With the three of us, we’d gather more power.”

“You’ve already helped enough with this,” she replied. “I’ll do this alone; working with the forces of fate is dangerous, because they will make us face all our debts—our karma. I am willing; it’s worth it. But it’s not necessary for you to unleash the same upon yourselves. Besides,” she added, looking meaningfully at Desdemona, “it will be much safer if you face the debt, you know which one, on your own terms.”

Desdemona pressed her lips together and nodded.

“Come on, Rosen,” she said, turning back toward the hacienda, and added: “Be very careful.”

Marietta smiled again.

“Always.”

“Ha!” Desdemona responded loudly, without looking back.

Marietta waited for the door to close behind them, then turned to face the fire. She raised the hood of her cloak, covering her head. She grasped the athame from the altar and held the double-edged blade over the flames for a moment, then walked northward, moving steadily along the perimeter traced with stones, pausing to gesture at each of the cardinal points. She circled three times, murmuring names of power; then she returned to the center and tapped the pentacle three times with the athame. She raised her arms in V-shape and declared:

“I stand under the same stars under which my ancestors celebrated, to speak the same names by which we have known them since they were taught to us by the Holy Strega. Guardians of the four quarters, lend your strength to this rite, that my voice may be heard!”

Her figure would have appeared imposing to any onlooker; Marietta Là-bas, the relaxed and elegant woman who had entered the circle, had been replaced by Lady Satan, the witch.

She pulled a small vial from a pocket in her cloak and placed it upon the pentacle. She pricked her left index finger with the tip of the athame until a drop of blood welled up; then, she made the sign of Voor, the horned hand, with her right hand while touching the vial with the bleeding finger.

A gale burst forth just as she began to chant, in a powerful voice, an ancient incantation, as if the elements themselves joined her in the call:

“Tisiphone uocisque meæ secura Megæra,

non agitis sæuis Erebi per inane flagellis

infelicem animam? Iam uos ego nomine uero

eliciam Stygiasque canes in luce superna

destituam; per busta sequar per funera custos,

expellam tumulis, abigam uos omnibus urnis.

Teque deis, ad quos alio procedere uultu

ficta soles, Hecate pallenti tabida forma,

ostendam faciemque Erebi mutare uetabo.

Eloquar immenso terræ sub pondere quæ te

contineant, Hennæa, dapes, quo fœdere mæstum

regem noctis ames, quæ te contagia passam

noluerit reuocare Ceres. Tibi, pessime mundi

arbiter, immittam ruptis Titana cauernis,

et subito feriere die. Paretis, an ille

compellandus erit, quo numquam terra uocato

non concussa tremit, qui Gorgona cernit apertam

uerberibusque suis trepidam castigat Erinyn,

indespecta tenet uobis qui Tartara, cuius

uos estis superi, Stygias qui peierat undas?” [1]

 

Lady Satan remained with arms raised, eyes closed, surrendering to the force of the wind with a fierce grin; when it subsided, she opened her eyes. She crossed her arms across her chest and bowed.

She had been heard.

Inside the hacienda, Rosen Cruz poured a pair of glasses of wine, pausing at the roar of the weather; the window panes rattled. He glanced at Desdemona, and saw a shiver run through her.

“They have come,” she said in a weak voice.

Rosen set the bottle down and took a gulp from his glass in anger.

“We should be out there with her. Anyway, I should.”

“She’s right,” replied the young woman. “You know well what working with… them can unleash. And we’re not ready: I, for my mother’s legacy. And you, well, what you were forced to do at Montauk…”

Rosen grimaced.

“That, and a lot more other things; I’ve had more than enough time to get into all sorts of trouble, so I’ve got an entire catalog of options,” he fell silent a moment, dark-faced. “Yes… Mari is right. But I don’t like it. She claims to have less immediate risk, but nobody’s risk-free, least of all when they’ve worked the left-hand path. I should have…”

“Our turn will come,” said Desdemona, approaching; she took the other glass and raised it. “In our own way.”

Rosen raised his in reply.

“In our own way.”

The door opened after a few minutes, and Lady Satan walked in; she was slow, tired, the strength and steadiness she had manifested in the ritual drained for the moment. Once again, she was only Marietta, a weary woman… but satisfied. She smiled gratefully when Rosen handed her a glass of wine.

“You’re good,” he said. “Your grandmother must be proud of you, on the other side.”

“I think she was here, lending me a hand,” she replied with a wink. Rosen nodded, with a crooked smile.

“I’ve spoken to our friend,” he said. “He’ll be expecting you in Washington next week.”




I

President Drumpf found himself with little to do in the Oval Office. Usually, they gave him various activities; his staff knew that leaving him too long to himself was potentially problematic. Today, once again, he decided to watch what those he called the “terrible TV networks” with Democratic leanings were doing.

Deep down, Drumpf enjoyed infuriating himself at his detractors; feeling that he was in combat with his enemies. Feeling heroic. Even if the sole aggressors were verbal attacks and memes. Sometimes he felt like a survivor, as though the staged attempt on his life—when they told him how to burst a cinematic SFX blood capsule in his ear—had been real; in his mind, the memories grew more blurry with each passing day, while the dramatic portrait from that moment currently hung on a White House wall was far sharper than his actual recollection of the event. Sometimes he realized his mind had less clarity than before, but he blamed it on lack of rest, on his constant struggle to make the United States of America the “hottest” country. Even if the periods of idleness and Netflix distractions grew ever longer.

He tuned into the WWB channel; television was one device he did know how to operate. He prided himself, he thought, on acknowledging his limitations: high-tech set his boundaries. For that he had his properly trained team who switched the computer on for him and posted on his Drumpf Social account according to his dictations. He selected the news show Answers Only; the logo appeared with its rhythmic theme music.

Behind his desk, lead commentator V.M. Sage appeared, looking at the camera. He greeted with a smile his co-host Tina Sanders, and producer Nora, to whom he gestured off-camera. But Sage’s eyes did not smile; they rarely did. He seemed perpetually angry, complaining on each broadcast about whatever outraged him. Drumpf usually enjoyed this, clapping at his diatribes against the previous president—until the day Sage dared cut off a phone call he’d made to the show. That, Drumpf decided, was the moment Sage had shown his true colors. Indeed, since Drumpf had been elected, Sage had turned his fury on him, determined to ruin his respectability, portraying all his achievements as failures.

Now, Sage looked into the camera, and stopped smiling.

“The meeting between the president and Russian leader Vlad Prudkin was exactly what we expected. Drumpf arrived with promises to pacify the war in Ukraine once again, and Prudkin left without making a single concession—once again. Meanwhile, Drumpf offered him American support and resources. Once again! If we held any doubts whether we have a president at the service of the ex-KGB agent now ruling his own country as a dictator, Ronald Drumpf does everything he can to make it clear for us.”

“Only today, images began to circulate of new attacks on Ukrainian territory; Russian troops, yes—but also North Korean troops, a country now unilaterally siding with Russia,” Sage gestured, and on cue the monitor showed footage of tanks rolling through a Ukrainian town. “As we can see here, the Russian army was awaiting Prudkin’s signal; as soon as he returned to Moscow, their soldiers raised two flags on their tanks: Russia’s and America’s. That sends a very clear message to the Ukrainians: if they were expecting help or support from our troops, now they know it will go only to the Russian invaders. They don’t know and don’t care about anything else: they are dying at the hands of Russian and North Korean soldiers, and our flag is one of those borne by their executioners.”

The camera returned to Sage’s face.

“Is this what we’ve become? Allies of Russia and North Korea? Weren’t those the very ‘enemies of freedom’ Republicans used to oppose just a couple years ago? Welcome to our new banana republic, fellow Americans! Long live the führer!”

“Stupid!” roared Drumpf, and paused the transmission. He would not listen to any more nonsense; he had to shut that fool up. He pressed the intercom button on his desk. “Emily! Get here right now, I need to post an important message on social media about that terrible reporter V.M. Sage.”


II

Henry Lorentz left his home without any hurry. He told himself he was happy with his job, but in truth he had suffered through it these past months. Being in charge of the president’s health was a Sisyphean task, and increasingly dangerous. Drumpf never listened to reason; on a few rare occasions he had paid some attention to Lorentz’s attempts to explain his precarious physiological condition, but convincing him that his diet had to be controlled was impossible. The most he had achieved was moderating his soda intake—but even then, it went from five to eight cans during a single morning of golf at the Mar-A-Taco courses. And typically, Drumpf began reproaching him when he felt ill, which was terrifying.

If all went smoothly, today he would merely need to perform the daily checkups, nothing else; he’d rather not have to give any medical orders if he could avoid it. Though for his own safety, he could never fail to intervene when some worrying sign presented itself.

After kissing his wife goodbye, he got into his car, set his briefcase on the passenger seat, and started the engine—when he felt a sting in the side of his neck. He reached back, touching a gloved hand that was already withdrawing a syringe. Terrified, he turned, vertigo overwhelming him. His vision blurred; he could not even distinguish the features of the man in the back seat, but he saw more clearly the woman beside him, watching him impassively through red glasses. He tried to scream, speak, call for help; thought of Laura at home, far too far to hear him… but his lips would not obey. His body went limp, collapsing over his briefcase.

The assailants moved quickly, dragging Lorentz from the car; they handcuffed him, gagged him, and threw him into the trunk. Then the woman slid into the driver’s seat while her partner grabbed the briefcase and settled beside her.

“We should kill him,” she said, starting the engine.

“That would be abusing our advantage,” he replied, rubbing his face. “In other circumstances, perhaps.”

“Advantage? That bastard literally holds an army in his hands! That’s the only reason no one else has done it.”

He regarded her for a moment, with cold green eyes.

“He doesn’t deserve compassion, true. But neither does he deserve for us to debase ourselves.”

She remained silent a few minutes; her fury only showed in the harshness of her driving.

“Marietta…”

“Enough!” she snapped. “You’re right. Damn you, you’re right.”

She fell silent again; their destination was near when she spoke again:

“I hope your plan amounts to something. But I’ll do things my way.”

“If you’re thinking of poisoning or…”

This time, she smiled; she gazed at him over the rim of her red glasses.

“Many of us have been working on other levels; this is a unique opportunity.”

It was his turn to fall silent; he studied her face, then finally nodded with a sigh. He did not take his companion’s occult studies too seriously, but if they gave her satisfaction, she could do as she pleased; he would stick to his part.


III

Vice President Vantz left with a worried look, leaving Drumpf relaxed and boastful; he had signed the documents, as always, without understanding much of their content, but his tirade about his constant personal war on social media against the Democratic press made it clear they would have a storm of media garbage to deal with in coming days. Still, if they waited a couple days, with luck the president would already be mad at somebody else and forget his intention to confront the headboard of what he called “Fake News WWB.”

In the waiting hall, a doctor and a nurse appeared; he was younger than Drumpf’s regular physician. They usually didn’t last long—he would fire them over any complaint, or they would quit. It remained to be seen how long this one would last.

“I’m Dr. Dreyfuss. Lorentz must have told you he couldn’t make it.”

The secretary nodded, checking her notes.

“He called about an hour ago, said you’d be coming in his place. Andrew Dreyfuss?”

He nodded, adjusting polarized glasses, and she announced him.

“Send him in!” came Drumpf’s voice through the speaker, and she rose to open the door.

The doctor and nurse entered, and she closed the door behind them.

“Mr. President; I’m here to replace Dr. Lorentz for your daily checkup. The process will be the same…”

Drumpf was silent; he glanced down, with a grave countenance. The newcomers paused, uncertain.

“Mr. President…?” the woman said softly.

Still silent. Dreyfuss was about to speak when at last Drumpf looked up acknowledging them.

“I was expecting Lorentz,” he finally said. “I had things going with Lorentz.”

“He’s very sorry he couldn’t make it today, sir. He’ll be back tomorrow unfailingly.”

“Whatever,” Drumpf snorted, brushing off the matter with a wave of his hand. “You’re here, let’s do this.”

Dr. Dreyfuss opened the briefcase and brought out the pressure monitor. The president was already removing his jacket. Meanwhile, the nurse prepared an IV line. Drumpf set his hand on the desk; its back showed a broad bruised patch from daily injections and IVs. She began to clean the skin with cotton, but suddenly raised his hand, showing it to Dreyfuss.

“It hurts mostly all the time; but since last night, there are times when I… I don’t feel anything, like it’s gone numb.”

“Numb,” repeated Dreyfuss. The president nodded.

“Why is that?”

Dreyfuss considered this for a moment, then nodded.

“Sometimes we go through unpleasant things so often we stop noticing them. The pain is still there, but your hand grows accustomed, refuses to send the signal to your brain, as if your tissues pretend it’s gone.”

Drumpf nodded. The explanation seemed clear enough. He set his hand back on the desk, allowing the nurse to swab with alcohol. He watched absently as she rubbed in erratic motions, almost as if drawing something on his skin. He opened his mouth, but Dreyfuss spoke first, removing the cuff.

“It’s natural to grow numb, to stop feeling when discomfort is constant. Isn’t politics the same? A nation grows accustomed to the abuses of a dictator, even praises the tyrant, because it won’t admit the damage is self-inflicted. What oppressed people does ever realize this before it’s too late? A man with vices grows accustomed to hangovers and migraines, until they seem normal, unaware that his guts are rotting. What of the body that starves and rots? And isn’t a ruler the head, and the nation, the body?”

“What about the soul?”

Dreyfuss paused, watching him from behind his polarized glasses as he folded the pressure cuff. Drumpf thought his face looked oddly familiar.

“Christian religion says… I understand you’re a Christian, right?” said the doctor. “…that the soul is born pure, belonging to paradise, in God’s presence. But what of a selfish, loveless soul? What is left of a man’s soul who strips others, telling himself they asked for it? What of a lustful man who abuses young girls, telling himself they enjoyed it?”

“What the hell are you—?” Drumpf began, “Remember I am—!” But Dreyfuss raised a hand, holding a syringe identical to the one the nurse was using on his IV; with sudden speed, he brought it an inch from the president’s forehead, stopping just short. Drumpf fell silent, eyes bulging.

“You,” said Dreyfuss calmly, “are the man who grew numb after so many injections. The man who no longer feels anyone matters but himself. You are that child who was raised Christian and threw away his soul.”

“I ask you: what is left of a man’s soul who uses his power to enrich himself, who strips his people of health care? What of a man who builds concentration camps for the nonwhite, convinced they’re all criminals? What of a man who wrecks the economy, denies women’s rights, criminalizes those whose gender preferences he dislikes?” The doctor set the syringe on the desk and turned to the window, his back to the president. “Tell me, can the soul die? And how long until you find out?”

Drumpf reacted, seizing the syringe, pointing it at the doctor like a gun.

“Who the hell are you to tell me this, idiot? You come to threaten me, give me lessons? I’m the president, stupid! Tonight you’ll be in my Alcatraz with the alligators! I want to see your face when you understand what you’ve done!”

The doctor straightened, removed his glasses, and slowly turned. Beneath his brown hair, his features were starkly outlined by the light from the window… but there was nothing else. No eyes, no nostrils, only smooth skin. And from that faceless flesh came his voice:

…Would you recognize the face of your own damnation?”

Drumpf jolted at the sight; had he not been caked in makeup, he would have gone livid. The faceless man took a step toward him, and the president stumbled back, tripped over the chair, and fell flat on his back. The faceless man and the nurse watched him convulse on the floor until he went still, unconscious, breathing noisily.

The IV bag had slipped onto his chest; Lady Satan drew the needle from his hand and paused to swab the skin with alcohol.

“Seriously?” said Sage. She straightened with a shrug, and the two of them headed for the door.


Epilogue

“…I’m doing my best to end the war in Ukraine,” Ronald Drumpf was saying on the monitor. “You know, we’re not losing American lives… it’s mostly Russian and Ukrainian soldiers. I intend to get to heaven if possible. I’ve heard I’m not doing well. I’m at the bottom of the totem pole. But if I manage to reach heaven, this will be one of the reasons…”

The image cut to the furious face of the Answers Only host.

“You heard him; a failed wheeler-dealer to the bitter end. Now Ron hears footsteps on the roof and realizes he’s spent his whole life being the exact opposite of the ‘good Christian’ his brainwashed followers want to see him as. And his solution? He wants to buy salvation like it’s a business transaction. I bet some pastor had a rough time when Ron asked how many lives he needed to save to bribe Jesus Christ and cancel his one-way ticket to hell! Somebody please tell him that’s not how it works. That aside from the fact his ‘business proposal’ is with Ukraine while, here at home, he’s starting to deploy National Guard troops to occupy his own country, to subdue cities that don’t have Republican governments. ‘We’ll pay for my sins with good deeds somewhere that isn’t cumbersome while I keep building up my dictatorship and trampling Latinos.’ What do y’all think?”

The host leaned back in his chair and added:

“As for his post on Drumpf Social demanding that ‘Fake News WWB’ cancel our show and fire me, I’ve got only one answer, Ron: come and get me if you can! This is V.M. won’t-back-down Sage, over and out.”

Marietta Là-bas paused the broadcast and finished her cognac. She set the phone aside and smiled. She still thought they’d squandered a unique opportunity, but V.M. was right: better to act without losing one’s integrity—to be better than those you’re fighting.

Besides, she hadn’t wasted it entirely; at the last new moon, her coven had focused the Erinyes’ curse during their rite, with the medication she had injected into Drumpf laid upon her altar. It was, in fact, the perfectly effective medicine he received daily; she had neither replaced nor tainted it… nor could one even say the curse amounted to a metaphysical “poison.” Its only effect would be to bring the hand of the Erinyes to deliver justice in due measure.

With luck it would happen by legal means—by impeachment—so that the vice president, just as corrupt but still in possession of his reasoning, could not take his place. But whatever came about, they would face one problem at a time.

One only needed patience; the gods keep their own time.

Marietta poured herself another glass and drank with satisfaction.

 

CREDITS

At the Bottom of the Totem Pole is a tribute to fans and collectors of classic comic book characters.

At the Bottom of the Totem Pole Copyright © 2025 Luis G. Abbadie. Credit must always be given to the author.

Marietta Là-bas / Lady Satan, originally published in 1941, was created by George Tuska; it is in the public domain due to legal quirks. Similarly, Desdemona Mather, created by Gardner Fox, Steve Englehart, and Vincent Coletta (1972), is in the public domain due to legal quirks. V.M. Sage and related elements were created by Steve Ditko (1967), and its early stories are in the public domain due to legal quirks. Rosen Cruz was created by Alejandro Joya and is used with his permission.

This is a work of fiction, in which any resemblance to real-life characters and situations is subject to the rules of parody, and is not intended in any way to constitute a faithful representation of reality.

 

FOOTNOTES

“Tisiphone and Megara! Do you not fear my voice? / Will you not rush with cruel scourges, across the emptiness of Erebus, / wretched soul? For, by her very name, / I will bring them forth and, Stygian bitches [the Furies], into this upper light / I will take them and chase them—as a guard—from pyres and burials, / I will drive them away from the tombs and drive them from all the funerary urns. / And you, Hecate, before the gods, to whom you often come disguised in another form, / I will show you wasted in your pale appearance, / and I will prevent you from changing the face you wear in Erebus. / I will divulge what banquets under the great weight of the earth sustain you, / maid of Enna [i.e., Persephone], and by what bond / you love the afflicted king of the night; and what defilements you have suffered, / For which Ceres refused to claim from you. / For you, worst ruler of the universe [Pluto], I will send the Titan [the Sun] into your broken caverns / and you will be suddenly struck down by daylight. / Are you all ready? Or to that one / who must be addressed, who was never invoked / without making the earth tremble, who can see the Gorgon unveiled, / who punishes eager Fury with her own whips, / who possesses the inscrutable part of Tartarus, for whom you are the gods above, and can renounce itself for the Stygian waters?” (Lucan, Pharsalia; 61-65 e.v.)