(Una versión en inglés de este cuento puede leerse aquí)
“En la antigüedad, el rey representaba al reino en
su persona. Ahora, tenemos un rey podrido, y empezó a corromperlo todo. El
reino lo rechaza”.
Nancy y el
misterio del grimorio
El
auto ingresó por al camino amplio circundado de árboles. Un letrero, algo que
no puede faltar para confirmar que se encontraba todavía en los Estados Unidos
de América, identificaba la zona a la cual ingresaba como el Parque Nacional
Shenandoah.
Aunque no estaba tan lejos de casa,
Tamara Drew nunca había estado en Virginia. En realidad había viajado más por
el país en los últimos meses, en compañía de Marietta Là Bas, de lo que lo
había hecho en 17 años de vida. 18, se corrigió a sí misma; a partir de hoy, 18.
Marietta se había marchado a Francia, donde estaría por una semana, y había
ofrecido a Tammy la opción de acompañarla; había optado por quedarse. Aunque
Marietta había mostrado la suficiente preocupación de cortesía por dejarla sola
durante su cumpleaños, estaba segura que le causaba cierto alivio dejarla
atrás; los medios a los que Marietta recurría para resolver ciertas situaciones
legales y políticas eran bastante drásticos, y desde que había asumido con el abuelo
Roy el compromiso de instruirla y resguardarla, había observado que cuidaba de
no hacerla partícipe de ciertas cosas. Pero Tamara simplemente fingía no
enterarse; no tenía deseos de integrarse a esas ocasiones, pero tampoco juzgaba
a Marietta por ello. El mundo estaba en guerra; y ella intentaba hacer algo por
mejorar las cosas. Eso era lo importante.
Marietta le había preguntado si
regresaría a pasar su cumpleaños con el abuelo, pero tenía otros planes para
aprovechar estos días; por eso estaba aquí. Así se lo dijo, y Marietta la
escuchó con atención, se sonrió, y fue a buscar algo envuelto en un paño rojo
que había colocado en su altar días atrás. Lo puso en sus manos, diciendo:
—Esto me lo encargó Ian, mi amigo el
druida que vino a visitarme hace un par de semanas, ¿recuerdas? Lo viste antes
de salir ese día. Tal vez podrías cumplir su encargo por mí… por lo que dices,
su idea es afín a la tuya —y procedió a explicarle lo que Ian le había dicho…
Se apeó y se aproximó a la caseta; por
supuesto, tenía que pagar peaje a la entrada. Damas y caballeros, esto es América. Un letrero vertical de metro y
medio enumeraba las agotadoras prohibiciones y condiciones para ingresar a una
zona forestal protegida; le tomó una foto con su celular para poder consultarla
si fuera necesario. Un joven con un pequeño bigote sonrió al recibirla y
reprimió un bostezo mientras le entregaba su boleto.
—Sólo estaré unas horas —dijo Tammy, y
luego preguntó—: ¿Me podría decir cuáles fueron las zonas que visitó el rey?
Los medios, que continuaban desmenuzando
la visita de los reyes de Inglaterra a la Casa Blanca, no habían dicho palabra
acerca de sus otras actividades en territorio norteamericano; las más
importantes, según creía Tammy. Y un par de días antes, la pareja real había
visitado el parque Shenandoah.
—Sí, claro —el chico asomó la cabeza
para llamar por la rendija de la ventanilla—: ¡Jane! ¿Puedes venir? —una joven morena
con uniforme de ranger que se hallaba recargada en un árbol dejó una lata de
refresco sobre una cerca de madera, y se aproximó. El joven le explicó la
solicitud de Tammy.
—Ven conmigo —dijo, haciendo un gesto
con la cabeza—, te llevo al mirador.
Tammy la siguió, ocultando su
inconformidad; no quería tener niñera durante su visita. Pero lo pensó bien, y
esto podía ser ideal.
Los sucesos de las últimas semanas la
habían motivado a releer, por enésima
ocasión, la vieja colección de novelas juveniles de Carolyn Keene que la habían
acompañado desde su infancia, con una protagonista cuyo apellido compartía por
herencia familiar, como sobrina nieta no sólo de Nancy sino de su primo el Dr.
Desmond Drew. En el primer libro de la serie,
El secreto del viejo reloj, la joven detective Nancy Drew dedicaba mucho
tiempo a entrevistarse con quienes habían conocido en vida al viejo Crowley,
cuyo legado necesitaba rastrear; había llegado a familiarizarse con un hombre
al que nunca conoció en persona a través de quienes sí le conocían. Esta era su
oportunidad de hacer lo mismo: saber más acerca de la visita del Rey de
Inglaterra hablando con alguien que había estado aquí.
Jane abordó con ella el auto y le indicó
dónde estacionarlo más adelante, de manera que estaría más próximo al camino
que seguirían.
En el estacionamiento, dos patrullas se
encontraban estacionadas. Un sujeto obeso con una gorra roja de MAGA vociferaba
“¡no lo veo haciendo nada!” mientras un oficial de policía lo escuchaba con
visible enfado. En medio de acusaciones de indolencia e incompetencia
intercalaba una y otra vez, “¿qué no sabe quién soy?” Mientras Tammy paraba el
auto, el oficial dijo con paciencia: “Necesito llenar el reporte, amigo”,
provocando que el sujeto se hiciera el ofendido por hablarle con esa confianza.
El hombre con la gorra al fin hizo una
pausa y tomó un Milky Way de una mochila en el asiento de su van, a través de
la portezuela abierta, y empezó a masticar. La ranger Jane miró al sujeto, y
luego le dirigió una mirada expresiva a Tammy alzando las cejas. El hombre miró
con desagrado a la joven de piel oscura y dijo:
—¿Aquí le dan trabajo a ilegales? Eso
explicaría mucho.
Jane hizo una mueca y sacudió la cabeza,
sin duda reprimiendo alguna respuesta a ese comentario insolente. Se apearon
del auto, y Tammy pasó junto a un chico rubio que se encontraba de pie junto a
un cesto de basura, con un par de Milky Ways en la mano mientras mordía uno. La
miró con fijeza al pasar, pero su expresión sombría no se suavizó; por un
instante sus miradas se cruzaron, y notó sus ojeras y su sien amoratada por
algún golpe. Siguió a Jane por un sendero pavimentado, mientras sentía la
mirada del chico en su trasero.
—Por aquí —Jane señaló hacia arriba; el
sendero subía por una colina, en una pendiente ligera.
—¿Y a ese tipo qué le pasa? —preguntó
Tammy.
—Insiste en que robaron su reloj que
había dejado sobre el tablero del auto. Claro que Bill le señaló el letrero que
aclara, “no nos hacemos responsables por objetos de valor que no deje en la
administración”, etcétera; pero ese imbécil es hermano de un diputado
republicano y se siente dueño del mundo, hizo venir a la policía a perder
tiempo. Seguro él mismo perdió el reloj en el bosque y no lo va a admitir. Sólo
quiere hacernos ver incompetentes para creer que ganó una pelea que sólo él
está peleando con nadie.
—Lo peor de lo peor ha estado saliendo
de bajo las piedras —contestó Tammy—. Se sienten gran cosa por tener a uno de
ellos en el poder.
“En fin. ¿Estabas aquí cuando vino la
pareja real? —preguntó Tammy para cambiar el tema, y Jane se animó visiblemente
al rememorar.
—Son muy gentiles —dijo—, eso me
sorprendió. Siempre pensé que la realeza era arrogante, pero nada de eso. La
reina era algo reservada, pero el rey insistió en sentarse a platicar con los
rangers, era muy abierto. No me malentiendas, la realeza es algo que me parece
obsoleto; pero aunque algo de eso tenía la reina, él era otra cosa, no sé, tal
vez está más consciente de que traen cargando un aparato jerárquico que ya no
significa mucho.
El mirador mostraba una extensión
magnífica de bosque; Jane se ajustó el sombrero de ranger para evitar que el
viento lo arrebatara. Una segunda pregunta se disipó sin ser formulada; Tammy
decidió que ya con estar aquí había sido justificado el viaje por carretera. Jane
observó su reacción, y guardó silencio para permitirle absorber el escenario.
Luego de un momento, Tammy recordó su
objetivo; sonrió como excusándose, y dijo:
—¿Me decías… acerca de las actividades
de la pareja real?
—El rey accedió a juramentar a un grupo
de nuevos rangers; más tarde, en las cabañas, conoció a Buddy, el águila calva
que tenemos aquí, y luego develó unas piedras que simbolizan una nueva alianza
de conservación entre Shenandoah y los Cairngorms en Escocia, con unas placas
conmemorativas.
—Sí… —Tamara consideró la mejor manera
de formular su pregunta fundamental; quizá lo mejor era hacerlo de manera
directa—. ¿Y hubo algún sitio… no sé, algo que no fuera parte del recorrido
formal que prepararon para él… donde el rey haya estado?
Jane se quedó pensando un momento.
—Hubo una ocasión. Preguntó cuáles eran
los árboles más viejos. Esos serían los álamos amarillos; algunos tienen hasta
500 años. El rey pidió ver de cerca alguno de esos árboles, y lo llevamos allí.
No está en la zona de acceso general, pero si quieres ir allí, no creo que haya
problema; tampoco hay una restricción rigurosa, simplemente no es zona para
turismo.
—¡Me encantaría verlo, por favor!
Jane la condujo por un sendero de tierra
que circundaba una arboleda, pasaron un cercado bajo, de madera, con un letrero
de “Sólo personal” y el sendero, más estrecho y recto, pero bien definido por
el uso constante, las condujo poco más de medio kilómetro entre los árboles.
—La reina optó por regresar y sentarse —explicó
Jane—, pero el Rey siguió a pie, aunque le ofrecieron traer un carrito
motorizado de los que usamos en la zona turística para supervisar. Tiene unas
fuerzas poco comunes a su edad.
—Ahora que es rey seguramente tiene
pocas oportunidades de estar entre la naturaleza —Tammy admiraba el entorno;
ella había crecido en los Apalaches, y le sorprendía cómo un entorno natural
podía ser tan diferente en todos los aspectos de otro; para ella, que conocía
de corazón el ambiente, los árboles y las plantas de su hogar más al norte,
esto era otro mundo, a pesar que la distancia en un mapa no era mucha.
—Sí —Jane continuaba pensando en el rey—.
Supe que él convirtió su finca a la agricultura ecológica en 1986; no ocultaba
su pasión por la naturaleza a pesar que los medios de su país lo tomaron a
burla, como si por ser de la familia real no tuviera derecho a lo que hay más
allá de los palacios. Yo pienso que para él, a nivel personal, su visita aquí
era lo más importante, y no ir a una convivencia diplomática con un presidente
que quiere entregar a la tala todas las reservas ecológicas, que destruyó el
jardín de Jackie Kennedy, que cree que los molinos de viento hacen daño y que
hay que volver al uso de carbón. ¡Apenas esta mañana —a Jane le ganó el enojo—
me enteré que el presidente acaba de hacer legal la cacería de trofeos en los
parques nacionales!
Tammy la miró impactada. Eso era peor de
lo que había imaginado.
—No creo que eso dure mucho, ni tampoco
esta presidencia; pero tomará más tiem,po deshacer los daños. Tienes razón, estoy
segura que venir era lo más importante para el rey —dijo Tammy, recordando lo
que Marietta le había dicho—. Aquí está Norteamérica, el territorio vivo, no sólo
un estafador que ve esto como materia de venta —se preguntó si sería prudente
seguir hablando, pero no podía parar—. En Europa, los reyes eran representación
y extensión de las tierras que gobernaban; no sólo eran propietarios, eran el
rostro de esa tierra. Puede que algunos fueran tan malos como el presidente que
tenemos ahora, pero en cualquier tierra hay gente buena y mala, y todos son
parte de ella. El rey era, y es, un rol a ocupar, una pieza de algo más grande,
no sólo una figura política.
Al fin calló, incómoda, pensando que
podía haber sonado excéntrica. Jane la miraba mientras caminaban; por fin
asintió con la cabeza.
—No lo había pensado. Me gusta eso. Mis
padres siempre han dicho que somos parte del lugar donde vivimos; que somos
parte de su alma —sonrió—. Pero en ese punto se pierden en anécdotas sobre
cuando se conocieron en un evento New Age,
la Convergencia Armónica de 1987.
Tammy sonrió y asintió. El abuelo
también le hablaba de ese evento, aunque a veces satirizaba lo que calificaba
de “excesos hippies”.
—Ya estamos llegando —anunció Jane—.
Allí, esos tres troncos que comparten raíz; ese es uno de los álamos amarillos
más viejos, tal vez el más viejo de todos.
Conforme se aproximaban, Tammy observó
el enorme árbol; los troncos no eran muy gruesos, ella habría esperado un
tronco enorme y ancho, pero no era así. Aunque, comparándolo con otros álamos
circundantes, que eran bastante más delgados, sí se apreciaba una diferencia.
—Cuando llegó aquí, el rey simplemente
se sentó en esa roca, y pidió que lo dejáramos solo unos minutos; dijo que
deseaba absorber el ambiente. Incluso sus acompañantes o guardaespaldas se
quedaron a una docena de metros y dándole la espalda —Tammy se aproximó al
árbol y extendió su mano izquierda para tocarlo. Volteó a mirar a Jane, y ésta
la observaba con una ceja arqueada—. Y, no, no voy a dejarte sola ni por unos
minutos, lo siento.
Tammy suspiró con resignación. Esto no
sería fácil. Esperaba no tener que regresar de manera furtiva.
—¿Qué pretendías hacer? —le preguntó
Jane, aproximándose. Tamara estaba segura de que su expresión no había
traicionado nada de sus pensamientos.
—¿Por qué me preguntas eso?
—Fuiste muy directa —dijo Jane—. No en
la forma en que me hacías las preguntas; simplemente no había ninguna razón
para que nadie supusiera que el rey se había apartado de su itinerario por un
solo momento; y no solo preguntaste eso, sino que preguntaste en específico
acerca del rey, como si supieras que esa desviación del programa no había
incluido a la reina—Jane se cruzó de brazos—. Sabías que él pidió venir aquí.
¿Cómo es eso?
Tammy suspiró, y apoyó la espalda en el
árbol, frustrada. No era sólo ver obstruidos sus planes; sino haberse delatado
de esa forma. Un error de principiante. Aunque después de todo, era principiante; aunque llevaba toda su
vida leyendo e imaginando, con los libros sobre su tía bisabuela Nancy, y
también los de los Hardy, los Tres Investigadores, por no decir los que
hablaban de Holmes, Poirot, Marple, y demás… llevaba apenas unos meses de
haberse decidido a realizar investigaciones en serio, justo a partir de conocer
a Marietta. ¡Seguramente Nancy había tenido sus traspiés!
Jane la miraba aguardando respuesta, y
decidió sincerarse. Algo que también iba contra toda lógica; la reacción de
rigor habría sido ofrecer alguna excusa, ser echada del parque, y regresar por
la noche a brincar vallas y eludir cámaras. Pero Jane le agradaba; además, era
inteligente. No le gustaba la idea de verse confrontada por ella de madrugada
si de algún modo anticipaba también esos planes. De manera que se sentó en la
roca donde días antes había estado el rey, y le habló de Marietta. No todo,
claro; únicamente la manera en que se había convertido en su maestra de
brujería de cerco, esas prácticas de magia, herbolaria y espiritualidad en las
que Marietta había sido iniciada en Europa, y que en una vertiente distinta,
Tamara había heredado de la familia Drew en los Apalaches, algo que la rama de
su tía bisabuela Nancy no había compartido. Le habló también dela visita de
Ian, el amigo druida de Marietta, y el encargo que le había hecho.
Ian había recibido a su vez la
encomienda de un amigo suyo, un viejo cunner o brujo del Altiplano escocés
quien había puesto en manos del rey de Inglaterra una piedra con una runa
grabada; una piedra procedente de unos peñascos cristalizados en las orillas
del lago Ness, que la leyenda tenía por los restos de un palacio de los
gigantes, donde habían habitado antes de retirarse a dormir bajo las montañas.
El cunner le había dicho al rey:
“Tu familia siempre ha dado su lugar a
las viejas Usanzas; incluso de manera que la gente con ojos para ver lo
supiera, desde que se instauró la Orden de la Jarretera. Ve, y coloca esta
piedra, al pie del árbol más viejo de un lugar sagrado de América, entre las
raíces del guardián de esa tierra. Allá también hay gigantes que duermen, y al
igual que los nuestros, algunos están despiertos ya. América está sufriendo
como la nación del Rey Pescador, el gobernante enfermo que se niega a
desaparecer y hunde en la decadencia a las tierras que representa al aferrarse
al trono. El Rey Pescador de nuestras leyendas acabó por aceptar su destino, y
por crear el puente que salvaría a su pueblo; pero el rey de América no hará
eso. Los gigantes necesitan agitarse y limpiar sus tierras de corruptos antes
que esas tierras queden estériles. Si tu mano, la mano de Albión, coloca la
piedra entre las raíces de un Guardián, éstos escucharán”.
El rey, que conocía lo bastante sobre la
tradición para respetar y comprender esto en cierto grado, había dado su
palabra; y su mano herida sin duda se debía a que había trazado la runa con su
sangre antes de enterrar la piedra, de acuerdo a las Usanzas.
El viejo Cunner le había dado entonces a
Ian, el druida, un frasco que contenía una infusión. Le había dicho que ésta
contenía los nombres y las sangres de tres clanes de brujos, uno del Altiplano,
otro del Black Forest, y otro de Gales; Ian debía encargarse de infundirla con
los nombres y la sangre de su orden druida, de manera que varias corrientes
sagradas de las Islas Británicas brindasen su fuerza y su respaldo al acto realizado;
al colocar el frasco en manos de Marietta, ésta había añadido a la infusión las
bendiciones de sus legados francés e italiano, y había encomendado a Tamara que
lo llevase al sitio donde el rey había colocado la piedra para que, antes de
derramarlo allí, lo infundiese también con el legado del clan de brujos de los
Apalaches al que pertenecía su familia, una vertiente de la Usanza arraigada en
las tierras norteamericanas. Semanas atrás, Tamara había estado presente en una
ceremonia sui generis cuando la Diosa
oscura se alzó del Irkalla (1),
para despertar en las tierras de América y empezar a limpiarlas; ahora, las
fuerzas de otros territorios se entretejerían con las de éste para formar un
entramado inquebrantable, y resguardar a la tierra antigua. De esta manera, cuando
la infusión fuese derramada para despertar (2). la piedra que el rey había colocado, asegurarían que los Durmientes bajo las
Colinas escuchasen el llamado, para actuar en favor de estas tierras.
—…y eso es lo que vine a hacer —concluyó
Tammy—. Encontrar el sitio donde el rey había enterrado la piedra rúnica,
añadir mi propio aporte a la infusión, y derramarla para llamar a los espíritus
de esta tierra.
Guardó silencio, y miró a Jane; deseó
poder evitar sentirse como una alumna en la dirección de la escuela aguardando
su castigo.
Jane bajó la mirada; Tammy quiso
adivinar sus pensamientos, le pareció que quizá estaba buscando la manera de
decirle de manera terminante que debía marcharse y no regresar, sin ofenderla.
Jane se llevó una mano a los ojos y, con
un ademán que intentó ser discreto, se limpió una lágrima.
La miró apretando los labios con una
sonrisa incómoda, y se quitó el sombrero de ranger.
—Caray —dijo—. Me recordaste a mi madre.
Ella era Lakota, por eso soy morena. Su forma de hablar de algunas cosas… —se
limpió el otro ojo— fue algo muy similar, aunque con otras palabras. Mira…
¿cómo me dijiste que te llamas?
—Tamara.
—Tamara —Jane la miró, y era quien tenía
ahora una expresión incómoda, como si fuera a hacer una confesión—. Mi madre
también me dijo algo antes que yo viniera a Shenandoah. Lo último que me dijo;
me avisaron de su muerte dos meses después —guardó silencio un momento hasta recobrar
la compostura—. Me dijo… “Ese lugar es bueno, es un lugar viejo. No hay que
dejar que duerma; encuentra a los abuelos”.
Tammy se puso de pie, sin saber que
decir.
—No puedo impedir que hagas lo que te
encargaron —prosiguió Jane—. Aunque mi trabajo diga que no puedo permitirlo.
Tammy asintió, nerviosa.
—No tienes que dejarme sola —dijo—. Con
esto, sé que lo respetas… que lo entiendes —extrajo de su bolsillo el frasco
envuelto en paño rojo, lo desenvolvió, y añadió—: Creo… creo que deberías
infundir algo tuyo también.
—¿Qué…? —Jane se mostró confundida.
—Como tú te sientas. Pero hagamos esto…
por favor, acompáñame.
Jane asintió, y se aproximó, mientras
Tammy se agachaba a estudiar la tierra que circundaba al viejo árbol. Luego de
un momento, extendió una mano y apartó unas hierbas; éstas se levantaron con
todo y una rama de raíces de pasto.
—¿Ves esto? El pasto fue separado de la
tierra intentando no romperlo, y la tierra todavía está removida. Aquí es donde
el rey debe haber enterrado la piedra —entonces se irguió; apoyó una mano en el
tronco y se descalzó el pie izquierdo, para colocarlo en el pasto y sentir su
frescura. Respiró hondo, y cruzó los brazos en X Jane, observándola, imitó sus acciones,
demorándose un poco más en desabrochar su bota.
—Guardián de esta tierra, venimos ante
ti en nombre de los Antiguos, de los espíritus de Maestría, los ancestros de
este continente, y de los ancestros de Albainn —Tammy se inclinó de manera
breve y rápida, flexionando la cintura, hacia el árbol, con los ojos cerrados.
Jane había cerrado también los ojos, pero inclinó brevemente la cabeza al
repetir, en voz baja, esas palabras.
Tammy apoyó una rodilla en tierra,
extendió el paño rojo sobre el pasto, y extrajo el corcho que tapaba el frasco;
la tarea le tomó un par de minutos, Jane la observó y se colocó, junto a ella,
con una rodilla en tierra.
Tammy colocó el frasco sobre el paño
rojo, y extrajo de su bolsillo una pequeña navaja plegable. Pinchó su anular
izquierdo, y exprimió un par de gotas de sangre en su palma derecha.
Aproximó la mano a sus labios, y musitó:
—Syth.
Tubal —y escupió un poco de saliva en su palma. La mezcló con las gotas de
sangre con su dedo, y luego recogió la mezcla con éste; lo introdujo en el
frasco y lo sumergió en la infusión, murmurando—: Así infundo los nombres y la
sangre de mi linaje, en los nombres del Maestro y la Dama.
Miró entonces a Jane; le ofreció la
navaja.
Jane asintió, la tomó, y extrajo también
de su dedo unas gotas de sangre, recogiéndolas en su palma. Entonces, la
aproximó a sus labios y dijo:
—Wakan
Tanka tunakasila —escupió en su palma, e introdujo la mezcla de sangre y
saliva en la infusión.
La tendió hacia Tamara para
devolvérsela, pero ella no la tomó.
—Eres la última en la línea para
completar la infusión. Hazlo tú.
Jane vertió el líquido sobre la tierra,
en el sitio donde la piedra rúnica había sido enterrada, hasta que el frasco
quedó vacío.
Ambas quedaron en silencio un momento, y
se alzó un viento cada vez más fuerte y sonoro; muchas hojas pasaron volando a
su alrededor, las aves revolotearon con fuerza. Ninguna dijo nada, pero
compartieron la certeza de que habían sido escuchadas; no sólo ellas, Marietta,
Ian, el cunner, el rey, los clanes, los ancestros. La tierra había escuchado.
—Ahora sólo queda aguardar —dijo Tammy,
poniéndose en pie.
—Y ayudar —agregó Jane, con una sonrisa
débil—. A Dios rogando, y con el mazo dando.
Claro —Tammy se alegró de no haber sido
quien lo dijo; en buena parte, había asumido su aprendizaje con Marietta porque
sabía que ella, como Lady Satán, no sólo había asumido un nombre iniciático
sino una identidad de resistencia social proactiva. Oír a Jane decir esto
reafirmó su certeza de que no eran sólo ellas, sino muchas personas, cada vez
más, dispuestas a cambiar las cosas antes que empeorasen. Pero sólo apoyarían a
las fuerzas del Destino, y del Territorio, las cuales producirían el verdadero
cambio.
Caminaron de regreso, casi en silencio;
ambas estaban todavía asimilando la experiencia. Tammy se sentía ligeramente
mareada, a pesar que la operación mágica no había sido tan intensa… en
apariencia. Claro, los Durmientes eran fuerzas vastas, y no se podía hacer un
contacto “leve” con una marejada.
Llegaron al estacionamiento; el sujeto
con la gorra de MAGA iba de acá para allá, fumando un puro a pesar de los
señalamientos que prohibían esto con claridad, y uno de los policías se hallaba
sentado en una banca, con un aspecto de hastío, junto a uno de los rangers. El
chico se hallaba recostado en los asientos de la van, y su madre parloteaba en
su celular, hablando de las intransigencias y desinterés de los rangers.
Tammy se volvió entonces hacia Jane y le
dedicó una sonrisa amplia, exagerada; extendió loa brazos, haciendo
aspavientos.
—¡Muchísimas gracias! Ha sido
maravilloso conocer este lugar, gracias por tantas molestias que te tomaste —dijo
Tammy en voz alta mientras Jane la miraba como si se hubiera vuelto loca. Tammy
prosiguió, caminando de espaldas para colocarse delante de Jane sin detenerse—
Este lugar es tan bello que… —la exclamación de advertencia de Jane llegó
tarde, y las caderas de Tammy golpearon de lleno contra el cesto de basura,
volcándolo; trastabilló, volteando para ver el desastre causado, y empezó a
caminar sobre la basura desparramada, intentando recuperar el equilibrio.
La segunda envoltura de Milky Way que
pisó crujió de manera ruidosa.
—¡Cielos! ¿Qué acabo de pisar? —se
agachó y alzó en alto un reloj de pulsera dorado, que se quebrado
irremediablemente con su pisotón—. ¡Cielos! Esto estaba en esa envoltura de
chocolate. ¡Con razón hizo tanto ruido cuando ese señor de la gorra arrojó una
envoltura al bote cuando pasamos hace rato!
El rostro del policía se iluminó; se
incorporó de su asiento y vino a tomar el reloj. Tammy se lo entregó, y buscó
su celular. Era sin duda muy costoso, pero había quedado partido en dos.
—Así que “ese señor de la gorra” tiró
una envoltura que hizo mucho ruido, ¿eh? —repitió el oficial, sonriendo. El
aludido vino furioso hacia ellos.
—¡Yo no hice nada de eso! —vociferó, y
su rostro se puso rojo al ver el reloj arruinado—. ¡Kevin!— rugió, volviéndose
hacia su van, donde el chico se había enderezado y lo observaba todo con una
sonrisa burlona—. ¡Tú hiciste esto idiota! —el hombre fue hacia él con grandes
zancadas, lo sujetó de la camisa, y alzó el puño dispuesto a darle un golpe en
plena cara a su hijo. “¡Bob!”, chilló su esposa, y luego añadió, hablando a su
celular: “Luego te hablo”.
El puñetazo fue descargado cuando, al
mismo tiempo, el hombre se fue de bruces sobre el costado de la van; Tammy
había pateado el pie en que se apoyaba para hacerlo caer. El puño pasó
inofensivamente sobre la cabeza del chico, mientras la nariz del hombre
chasqueaba contra el borde de la portezuela abierta. Se enderezó para encarar a
Tammy, llevándose una mano a la nariz que ya empezaba a sangrar. Empezó a
soltar imprecaciones contra ella, y la amenazó con el puño.
Tammy retrocedió unos pasos y señaló con
su índice el celular que sostenía en su otra mano.
—Adelante, puede golpearme; el video de
cómo intentó golpear a su hijo se vio muy claro.
El hombre se volvió a mirar al oficial.
—¡Arreste a esta zorra! —ordenó— Usted
vio cómo me atacó. Vea cómo estoy sangrando.
—No lo creo —repuso el oficial.
—¿Qué no sabe quién soy? Imbécil, me
encargaré de que no vuelva a encontrar empleo en este país. ¡Confisque ahora
mismo el celular a esa zorra!
—No hay problema —dijo Tammy, con una
ligera sonrisa—. Sólo déjeme concluir la transmisión en vivo en Instagram. Por
cierto que etiqueté a su hermano el funcionario; esto ya tiene muchas vistas.
Por una vez, el hombre se quedó sin
palabras. El oficial aprovechó para aproximarse al muchacho, quien se había
apeado de la van y lo veía todo con la expresión de un niño en un circo.
—Muchacho, si quieres presentar una
denuncia, ahora es el momento; mi pareja ya me había dicho que al revisar las
cámaras para identificar al ladrón, vio cómo tu padre te dejó ese ojo morado
luego de bajar de su vehículo. La trabajadora social del parque ya viene hacia
acá, y no tienes que regresar a casa si no lo deseas.
—¡Súbete a la camioneta ahora mismo
imbécil! —gritó el hombre, y habría forzado a su hijo a hacerlo, pero Jane y
Tammy le bloquearon el paso mientras el oficial conducía al muchacho hacia la
cabaña de la cual en ese momento salía el otro oficial en compañía de dos
rangers.
Una vez el muchacho estuvo a salvo, en
la oficina de la trabajadora social, y el oficial hubo tomado testimonio de
Tammy —además de compartirle el enlace del video, que a estas alturas había
sido compartido más de 40 veces—, Jane acompañó a Tammy a su auto.
—Fue el muchacho quien tiró el reloj,
¿verdad? —dijo Jane.
—Claro, para desquitarse de su padre.
—¿Tú lo viste?
—No hizo falta; vi cómo estaban las
cosas, y para cuando llegamos al árbol ya había pensado qué hacer, claro,
siempre y cuando no se hubieran marchado.
—Personas como él siempre prolongan las
cosas, por fortuna —Jane la miró con curiosidad—. Estás llena de sorpresas.
—Nah —Tammy abordó su auto y le sonrió—.
Soy un libro abierto. ¡Uno de Carolyn Keene!
Jane ya iba de regreso a la cabaña de
administración cuando recordó al fin ese nombre, y entendió la referencia, con
una risita.
La
primera aventura de Tammy Drew puede ser leída en Nancy y el misterio del grimorio. Siete pasos hacia el Abismo
(Tubal Albainn, 2026).
Créditos
“La
encomienda” Copyright © 2025 Luis G. Abbadie. Debe ser reproducida siempre
acreditando al autor.
Tamara Drew es creación original de Luis G. Abbadie, y apareció por primera vez en Nancy y el misterio del grimorio. Siete pasos hacia el Abismo (Tubal Albainn, 2026).
Nancy Drew, cuyo creador conceptual fue Edward Stratemeyer, fue desarrollada y caracterizada por Mildred Wirt Benson, bajo el seudónimo Carolyn Keene, utilizado hasta la actualidad por la mayoría de sus cronistas. Apareció por primera vez en Secret of the Old Clock (1930) y ha tenido numerosas adaptaciones en series de televisión, películas y videojuegos. Sus primeras cuatro novelas han caído en el dominio público, y únicamente elementos de esta versión original son utilizados aquí. Historias y personajes posteriores continúan protegidos por la ley de Copyright y como marca registrada.
Lady Satán, publicada originalmente en Dynamic Comics 2 (1941) y 3 (1942) y en Red Seal Comics 17 (1946) y subsecuentes, su versión más conocida fue creada por George Tuska; es del dominio público debido a singularidades legales.
El Dr. Desmond Drew, investigador paranormal, fue creado por Will Eisner and Jerry Grandenetti en las páginas de Rangers Comics #47 (Junio 1949), bajo el título “The Secret Files of Dr. Drew”; es del dominio público debido a singularidades legales.
Los Héroes Convocables es una serie de relatos que retoman a personajes clásicos de dominio público, huérfanos o con derechos liberados, para traerlos a enfrentar los desafíos del mundo actual.
Esta es una obra de ficción, en ella cualquier semejanza con personajes y situaciones reales se sujeta a las normas de la parodia, y no pretende en ningún momento constituir una representación fidedigna de la realidad.


