domingo, 5 de julio de 2026

La amenaza de la calavera de cristal

 


“Hay algo en el aire que me dice hazlo, hazlo, hazlo”.

—Arturo Accio

 

—Hay cosas que es mejor no contar, todavía —decía Marietta, interrumpiéndose para tomar un sorbo de café—. Y algunas que será mejor que nunca se sepan. Así es mejor.

Asentí, resignado a que algunas de mis preguntas quedarían sin respuesta, mientras la mesera se llevaba mi taza anterior, e hice a un lado el libro de poesía de Arturo Accio que había estado leyendo mientras aguardaba a Marietta para que colocara una segunda taza. Bajo el delantal, la chica llevaba una camiseta verde, el uniforme de la Selección Nacional. El Mundial de Futbol era una obsesión generalizada.

Era la primera vez que veía a Marietta Là-bas en persona, y no me extrañaba que atrajera las miradas de quienes recién ingresaban al Madoka. Contra lo que algunos supondrían, su estatura y figura no eran las razones principales, sino su atuendo: un ajustado vestido corto de un rojo intenso, y una capa de igual color, la cual, aunque llevase la capucha colgada hacia atrás, no dejaba de ser una prenda inusual, por decir lo obvio. Unas gafas de cristales y montura rojas completaban una imagen que no podía pasar desapercibida. Noté un cambio: su cabello era negro de nuevo. La primera vez que la vi, un año atrás, en una fotografía, ostentaba una cabellera negra similar, aunque más corta; el retrato que hice de ella para el libro El collar de Milú, usando esa foto como referencia, así la retrataba. Mas poco después, unos videos, y una videollamada, la mostraron como una mujer rubia; al preguntarle en esa ocasión, durante nuestra primera comunicación directa —ella en Milán, yo en Guadalajara—, me explicó que su cabello era naturalmente rubio; antes de eso había usado una peluca para verse similar a su abuela, Celeste, cuyo estilo y nombre de oficio, utilizados cuando formó parte de la resistencia durante la ocupación Nazi de Francia, había heredado: Lady Satán.

Su cabello realmente parecía natural. Dejando de lado el gusto de algunas mujeres por cambiar su color, me sospechaba que su intención había sido desde el inicio ocultar verdadero color natural. Pero sus cejas eran oscuras. Cuando me dijo su apellido, en cambio, asumí que era un seudónimo inspirado por J.K. Huysmans; pero al buscar información sobre ella, aunque escasa, la que encontré me confirmó su apellido familiar. Me extrañaba, dadas sus actividades subversivas, que no se preocupara por ocultar su identidad, y así se lo planteé.

—No estamos en una historieta —repuso—; en estos días es casi imposible ocultar la identidad de ciertas personas y organizaciones. Pero no hay riesgo real para nadie.

En el asiento al lado de ella, sin dejar de mirar su celular, Tamara Drew carraspeó.

Marietta miró con una sonrisa torcida a la chica rubia, de cabello muy corto, que había venido con ella. Desde hacía más de medio año, había acogido a Tamara como su compañera en muchas de sus actividades y, sobre todo, como aprendiza en las Usanzas del linaje de Stregoneria o Brujería italiana al cual pertenecía su familia; Tammy era a su vez heredera de otro linaje notable, de la familia Drew de los Apalaches, al cual había pertenecido el renombrado investigador paranormal, el Dr. Desmond Drew. Pero a la par de su praxis personal de Brujería neopagana, Tammy seguía los pasos de otra antepasada suya que había sido inmortalizada en la cultura popular: la detective Nancy Drew, cuyas aventuras en los años 1930s habían sido novelizadas por Carolyn Keene, así como Will Eisner había sido cronista del Dr. Desmond Drew (1).

—Tú te encuentras segura en ese sentido —le aseguró Marietta—. Por eso hay algunas cosas que hago por mi cuenta; pero el tipo de personas a quienes les interesaría pararme, no son mafias, hacen las cosas de manera directa. Yo les intereso, tú no.

—Ahora resulta que no intereso —repuso Tamara, dejando el celular sobre la mesa; aunque era obvio que no lo decía en serio, sólo era un sarcasmo casual.

—Nada te hace feliz.

—Hablando de mafias —interrumpí—, en este país sí tenemos su equivalente. ¿Se puede saber qué vinieron a hacer, o tampoco es seguro decirlo?

Marietta asumió una actitud más seria.

—Ahora mismo tu ciudad tiene un problema grave con el suministro de agua.

—Sí, aguas negras mezcladas con el agua de uso diario. Y están cargadas con mercurio, plomo y metales pesados. El director del SIAPA (2) no ha dado la cara… —me interrumpí al pensar en ello— ¿No estás diciendo que…?

—De nuevo, hay cosas que es mejor no decir. Tal vez más delante.

Me quedé pensando en ello, sacudí la cabeza y pregunté:

—Entonces, me decías que estamos esperando a alguien.

—Llegó hace un par de minutos, está pidiendo una bebida —dijo Tammy, y señaló hacia la barra del café. Volteé, y reconocí de inmediato a la chica que se hallaba de espaldas a nosotros, hablando con una mesera; de piel cobriza, cabello corto y negro algo erizado, jeans, un top negro y una larga bufanda morada a pesar del calor—. Me parece que anticipó lo lento que está el servicio ahora que el personal está distraído con un programa sobre el Mundial en televisión —añadió Tammy—. Por lo menos tienen el sonido bajo.

En un momento, Jenny Everywhere se volvió y se aproximó sonriente a nuestra mesa.

—¡Hola! —saludó a Marietta con un abrazo, y a mí con un gesto, mientras Marietta la presentaba con Tammy—. ¿No vino Viveros?

Se refería a mi amigo y colega escritor Héctor Viveros; ambos la habíamos conocido casi un año atrás (3).

—Tenía otro compromiso —expliqué.

Jenny tomó asiento, y empezó a hurgar en su bolso; extrajo un papel doblado varias veces, y se lo tendió a Marietta.

—Aquí está lo prometido —dijo. Procedió a explicar que aquel joven periodista belga a quien habían conocido en Missouri un año atrás (4) le había pedido que se lo entregara a ella, cuando supo que la vería aquí. Marietta lo extendió sobre la mesa: era un mapa; en él estaba representada a detalle una isla. Tamara y yo nos inclinamos a mirar también, y noté el nombre del sitio, escrito en un extremo: Lamb Island. Esto me sorprendió.

La Isla Lamb, una pequeña isla privada cuyo propietario, el famoso psíquico Ari Heller, había convertido en una nación simbólica, cuya ciudadanía nominal podía ser adquirida, en forma de diploma, con los fondos recabados dirigidos a varias beneficiencias. ¿Por qué lo necesitaba Lady Satán?

—¿Qué planean hacer en la isla? —pregunté—. ¿Eso sí se puede saber?

—La Isla Lamb es privada, y pertenece a Ari Heller —dijo; caí en cuenta en que yo no había mencionado que lo sabía, pero no quise interrumpir uno de los raros momentos comunicativos de Marietta. Su acento francés era casi imperceptible—. Sí lo conoces, ¿verdad? El psíquico que se hizo famoso en los años 1970s y que convirtió en su sello personal doblar cucharas con telequinesis, incluso a través de una transmisión de televisión en vivo.

—Lo recuerdo —dije—. Todavía conservo una cuchara que se retorció cuando mi madre y mi abuela lo vieron en la televisión mexicana.

—Hace meses —prosiguió Marietta—, cuando empezó la guerra contra Irán, Heller la ofreció a Ronald Drumpf para que estableciera en ella una base para su fuerza de ataque aéreo contra los iraníes.

—Es lo contrario a lo que él decía que quería en su isla —señaló Tammy, sacudiendo la cabeza—. La presentaba como un “país” simbólico de armonía para toda la humanidad. Qué bueno que no se concretó esa propuesta.

—No se concretó, hasta donde se sabe —corrigió Marietta. La miré sorprendido.

—¿Entonces se hizo algo en secreto…?

—Eso es lo que pretendemos averiguar.

—¿Qué onda con estos tipos ricos y sus islas privadas? —se quejó Jenny—. No me ofrezco a acompañarlas; ya tuve suficiente de islas con la visita a la isla Eppenstein hace unas semanas (5).

Mi mirada se desvió hacia el poemario de Arturo Accio sobre la mesa, e iba a hacer un tonto comentario humorístico, pero enmudecí al mirar a Jenny. Su rostro se mostró perturbado por el recuerdo de alguna experiencia sufrida allí. Por lo que sabía de ella, debía estar acostumbrada a muchas cosas; pero esa isla había sido escenario de algunas de las acciones más terribles. Mi imaginación intentó adivinar lo que pudieron haber hallado, y bloqueé esos pensamientos lo mejor que pude.

—Nos las arreglaremos —dijo Marietta.

—¿Y qué más he hecho Heller? —preguntó Jenny—. ¿Sigue apoyando psíquicamente a Drumpf?

—Parece que en ocasiones visita a las tropas de Israel para darles ánimos —contestó Tammy. Jenny la miró extrañada.

—¿Israel?

—Ari vive en Jerusalén —explicó Tammy—; por eso su oposición radical hacia Palestina.

—Obviamente, apoya a Drumpf no por ser pro—Estados Unidos —añadí—, sino porque Drumpf ha estado apoyando los intereses de Israel. Ha sido el único presidente que cedió a la insistencia de Neshayahu en que Norteamérica los apoye en su guerra. No puedo creer que muchos en Israel apoyan la alianza con un régimen que cuenta con todo el respaldo y participación de sus movimientos neonazis. Eso sí es pactar con el diablo, en el sentido popular.

—Y es sólo gracias a eso que nos encontramos ahora en la Tercera Guerra Mundial —completó Jenny, cruzándose de brazos y echándose atrás. Justo entonces, la mesera colocó frente a ella un latte y un pan tostado, y su rostro se iluminó.

Yo seguía el Facebook de Ari Heller desde hacía varios años; de hecho, había solicitado ciudadanía en su isla ya que me agradaba su proyecto, pero había renunciado a la misma luego de ver el video en que Heller ofrecía la isla para las tropas de Drumpf. Tomé mi celular y me asomé a mirar su perfil. No me esperaba encontrar una mención directa de México recién posteada por él.


—Ahora sí se pasó —dije. Me miraron con curiosidad, pero me quedé unos segundos leyendo, hasta que Jenny me dio un codazo suave; entonces dije—: Estoy viendo el post que acaba de hacer Ari hace un par de horas. Puso una fotografía suya con una calavera de cristal en las manos, como la que se dice que tenían Pancho Villa y Ambrose Bierce (6). Y dice… —empecé a leer en voz alta el post—: “Amigos, ¡le voy a otorgar al equipo de Inglaterra el máximo poder para vencer al de México el próximo lunes! ¡Esto lo haré con la ayuda de una antigua calavera mexicana de cristal! Hace muchos años que conservo esta reliquia, que bien podría ser de origen extraterrestre, desde que la descubrí telepáticamente, oculta en una pirámide maya” —en este punto, hice una pausa en la lectura y señalé—: Por cierto que hace unos años, ya había posteado fotografías de esa calavera; en esa ocasión no dijo nada de haberla “encontrado telepáticamente”; aseguró que el presidente mexicano López Portillo se la había obsequiado, y que le había dicho que la hallaron en alguna pirámide (7). Esta vez está alterando su versión para meterle drama. Sigo leyendo: “Me propongo hacer uso de la energía sobrenatural que contiene para llevar a Inglaterra a los cuartos de final. Claro, no hago milagros ni soy profeta, ¡pero haré todo que esté en mis manos! Pero deben saber que ya hay conspiraciones en marcha para sabotear al equipo de Inglaterra: los cárteles mexicanos han hecho apuestas de miles de millones al triunfo de México y no se detendrán ante nada, ni siquiera ante la violencia. Incluso están intentando cambiar el inicio del partido al mediodía, ¡en plena temporada de calor! El sabotaje ya comenzó. He percibido que los aficionados mexicanos, incluso algunos periodistas, buscan perturbar los preparativos de Inglaterra. Esperan hacer pública la ubicación del hotel donde se hospedan los jugadores para que los aficionados mexicanos puedan hacer fiesta toda la noche, haciendo imposible que duerman y descansen la noche previa al juego. Aunque no lo crean, tengo pasaporte mexicano y ¡fui agente secreto federal mexicano para el presidente López Portillo, quien me otorgó nacionalidad mexicana!”aquí etiqueta al director de la Selección de Inglaterra —aclaré—. “¡Yo sé de lo que hablo! ¡No corran ningún riesgo! Refuercen las medidas de seguridad para los jugadores y despidan de inmediato a todos los guardaespaldas mexicanos. Y no confíen en la comida, ¡no vaya a estar envenenada! Traigan sus propios alimentos”.

—Wow —dijo Jenny.

—¡Pero qué descaro! —exclamó Tamara— ¿Recomienda despedir a los guardaespaldas mexicanos de un día para otro? Puede dejar sin empleo a gente inocente por su paranoia. ¿Me dejas ver eso? —puse mi celular en su mano.

—Bueno, es psíquico —Jenny se encogió de hombros—. Y seguro que los narcos son aficionados.

—Habría sucedido muchas veces antes si hicieran ese tipo de cosas —señalé—. Pero él está hablando de su intención real de intervenir en los resultados por medios mágicos; simplemente está asumiendo que si él es capaz de eso, los cárteles también pueden intentarlo a su manera.

—Es psíquico, no mago —me corrigió Marietta—. Como sea, hay que poner esto en contexto. Heller es una celebridad; su opinión tiene peso. Y como alguien que ha apoyado públicamente al régimen racista de Drumpf, lo que dice es un desprestigio hacia los mexicanos, y pretende sustentarlo no sólo con sus “presentimientos” sino con su conocimiento personal de México. Si él tampoco ha hecho esto, digamos, en el Mundial anterior, entonces no puede ser casual que lo haga justo ahora, cuando MAGA ha cobrado fuerza y Drumpf ha estado amenazando con intervenir militarmente en México, utilizando a los cárteles como justificación.

—Es magia lo que dice que hará al valerse del cráneo… —insistí, pero me interrumpí— ¿Qué estás haciendo? —Tammy tecleaba algo en mi celular. Me lo devolvió con una sonrisa de satisfacción. Miré la pantalla: acababa de responder al post de Ari Heller, con las palabras: “Marietta Dice” y una imagen, una copia coloreada del retrato de Lady Satán que yo había dibujado el año anterior, al que le había añadido el texto, “¡Éntrale p**ra!”— ¡Oye! —protesté— Pero esto es desde mi cuenta!

Tammy se encogió de hombros.

—Ari se lo buscó; a ver de a cómo nos toca.


Marietta miró lo que Tammy había puesto, y alzó una ceja.

—No tenías por qué poner mi nombre de pila —dijo—. Como sea, tenemos cosas más importantes que un partido de futbol.

Tammy la miró sin abandonar su actitud algo fanfarrona.

—Míralo de esta forma —dijo—. Como dice Jenny, Ari es psíquico; si sus sentidos le advierten acerca de ti, ahora pensará que sólo vas a contrarrestar su influencia en el partido, y no sospechará que estaremos a su isla. Además, admítelo, ¿no se merece que le estropeemos su intento de meter la cuchara en el campeonato?

Marietta inclinó la cabeza, con una expresión que mostraba cómo Tammy la había impresionado.

—No puedo discutir eso —concedió—. Pero de todas formas nuestra prioridad es la isla. El contrahechizo para el partido te lo dejo a ti, aunque sabes que te apoyo.

—Va a ser pesado —señalé—. El truco de Ari siempre ha radicado en manipular las creencias del público. Le decía a la gente: “Coloquen una cuchara frente a su televisor; ahora concéntrense en mí, y doblaré la cuchara”; y la cuchara a veces se doblaba. Hacía que la gente se concentrara; habría muchos psíquicos viendo una transmisión nacional. Ellos mismos doblaban la cuchara, y Ari se quedaba con el crédito. En este caso, tendrá a todos sus fans creyendo en su poder, poniendo su fe en su trabajo con el cráneo; y seguramente cuenta con que muchos mexicanos, en particular algunos jugadores, duden porque temen que sus poderes sean eficaces.

—Por eso mismo puse la imagen con el retrato de Mari —repuso Tamara—. Así, saben que Lady Satán se opondrá a Ari, y la visualizarán como en ese dibujo; el lunes vamos a trabajar usando el dibujo como punto focal —guiñó un ojo—. Dos pueden jugar el mismo juego. ¿No querrá apoyarnos tu coven? —me preguntó de repente— Creo que tienen un punto de ventaja en este caso…

Yo no tenía mucho interés en apoyar a un equipo deportivo, pero escuché su argumento, y era sensato. De momento lo omito; como dijo Marietta, hay cosas que es mejor no contar… todavía.

—Debiste poner “Lady Satán” y no Marietta —apoyó Jenny la observación previa de ésta.

—Así no ahuyentamos a quienes se podrían asustar con lo de “Satán” —de nuevo, no tuvimos argumentos para refutarla. A sus dieciocho años, Tammy tenía una comprensión notable de la magia y de la parapsicología; Marietta no podía haberle enseñado tanto en unos meses. Comprendí por qué su agilidad mental era tan propicia para el ámbito detectivesco en el que se proponía hacer una carrera.

—Pues entonces —dijo Jenny, tras acabarse su segunda rebanada de pan tostado—, ¿supongo que veremos ese asunto del agua potable de la ciudad esta noche? Ya sé que te gusta hacer todo de noche.

Marietta se quitó las gafas rojas para limpiarlas, y sonrió.

—Siempre.

La conversación siguió otros rumbos, pero en el fondo, me quedé pensando en la cuestión. La Copa Mundial no me podía interesar menos; pero bajo estas circunstancias, por primera vez esperaba que México lograra el triunfo en el juego del lunes. Estos eran tiempos extraños…

 

Créditos

 

“La encomienda” Copyright © 2025 Luis G. Abbadie. Debe ser reproducida siempre acreditando al autor.

Tamara Drew es creación original de Luis G. Abbadie, y apareció por primera vez en Nancy y el misterio del grimorio. Siete pasos hacia el Abismo (Tubal Albainn, 2026).

Lady Satán, publicada originalmente en Dynamic Comics 2 (1941) y 3 (1942) y en Red Seal Comics 17 (1946) y subsecuentes, su versión más conocida fue creada por George Tuska; es del dominio público debido a singularidades legales.

El personaje Jenny Everywhere está disponible para su uso por cualquier persona, con una sola condición: este párrafo debe incluirse en cualquier publicación que involucre a Jenny Everywhere, para que otros puedan utilizar esta propiedad como deseen. Todos los derechos revertidos.

Ari Heller fue creado por Gonzalo Martré y Víctor Cruz en “La sobrenatural estatua de oro”, historia publicada en Fantomas la Amenaza Elegante 2—265 (1976); es retomado aquí a manera de homenaje a las obras de sus creadores.

Los Héroes Convocables es una serie de relatos que retoman a personajes clásicos de dominio público, huérfanos o con derechos liberados, para traerlos a enfrentar los desafíos del mundo actual.

Esta es una obra de ficción, en ella cualquier semejanza con personajes y situaciones reales se sujeta a las normas de la parodia, y no pretende en ningún momento constituir una representación fidedigna de la realidad.

No es el fin...


1) Tamara conoció a Marietta en Nancy y el misterio del grimorio.

2) Sistema Intermunicipal de los Servicios de Agua Potable y Alcantarillado.

3) En “Intermedio 3.5”.

4) El periodista es Tintín, y esto ocurrió en El collar de Milú - un misterio en tres centurias.

5) En Las Muchas Vidas de Octobriana: Tercera Guerra Mundial.

6) El vínculo entre ambos se explica en El último relato de Ambrose Bierce.

7) En un post del 26 de agosto de 2023.

The Threat of the Crystal Skull

  

 

“There’s something in the air telling me to do it, do it, do it.”

—Arturo Accio

 

“There are things that are better left unsaid, not yet,” Marietta said, pausing to take a sip of coffee. “And some that are better left unsaid. It’s better that way.”

I nodded, resigned to the fact that some of my questions would go unanswered, as the waitress took away my previous cup, and I set aside the book of poetry by Arturo Accio that I had been reading while waiting for Marietta to bring me a second cup. Under her apron, the girl wore a green t-shirt, the uniform of the National Team. The World Cup was a widespread obsession.

It was the first time I had seen Marietta Là-bas in person, and it didn’t surprise me that she attracted the attention of those who had just entered Madoka. Contrary to what some might assume, her height and figure weren't the main reasons, but rather her attire: a tight-fitting, short dress of intense red, and a matching cape, which, even with the hood folded back, was still an unusual garment, to say the least. Red-framed glasses completed an image that couldn't go unnoticed. I noticed a change: her hair was black again. The first time I saw her, a year earlier, in a photograph, she had similar black hair, although shorter; the portrait I took of her for the book Snowy’s Collar, using that photo as a reference, depicted her that way. But shortly afterward, some videos, and a video call, showed her as a blonde woman; when I asked her about it on that occasion, during our first direct communication—she in Milan, I in Guadalajara—she explained that her hair was naturally blonde; Before that, she had worn a wig to resemble her grandmother, Celeste, whose style and alias—used when she was part of the resistance during the Nazi occupation of France—she had inherited: Lady Satan.

Her hair really did look natural. Leaving aside some women's penchant for changing their hair color, I suspected that her intention from the beginning had been to conceal her true natural color. Her eyebrows were dark, though. When she told me her last name, however, I assumed it was a pseudonym inspired by J.K. Huysmans; but when I looked for information about her, however scarce, what I found confirmed her family name. Given her subversive activities, I found it strange that she wasn't concerned about concealing her identity, and I brought this up with her.

"We're not in a comic strip," she replied; "these days it's almost impossible to hide the identity of certain people and organizations. But there's no real risk to anyone."

In the seat next to her, still looking at her cell phone, Tamara Drew cleared her throat.

Marietta looked with a crooked smile at the short-haired blonde girl who had come with her. For more than six months, she had taken Tamara in as her partner in many of her activities and, above all, as an apprentice in the ways of the Italian lineage of Stregoneria, or Witchcraft, to which her family belonged. Tammy was, in turn, the heir to another notable lineage, the Drew family of Appalachia, to which the renowned paranormal investigator, Dr. Desmond Drew, had belonged. But alongside her personal practice of Neopagan Witchcraft, Tammy followed in the footsteps of another ancestor of hers who had been immortalized in popular culture: Detective Nancy Drew, whose adventures in the 1930s had been novelized by Carolyn Keene, just as Will Eisner had chronicled Dr. Desmond Drew.(1)

"You're safe in that regard," Marietta assured her. "That's why there are some things I do on my own." But the kind of people who would be interested in stopping me aren't mafias; they do things directly. I interest them, you don't.

"Now it turns out I'm not interesting," Tamara retorted, placing her cell phone on the table; although it was obvious she wasn't serious, it was just casual sarcasm.

"Nothing makes you happy."

"Speaking of mafias," I interrupted, "in this country we do have their equivalent. Can you tell me what they came here to do, or is it also too unsafe to say?" Marietta adopted a more serious demeanor.

"Right now your city has a serious problem with the water supply."

"Yes, sewage mixed with the drinking water. And it's loaded with mercury, lead, and heavy metals. The director of SIAPA (2) hasn't shown his face..." I interrupted myself, thinking about it. "Aren't you saying that...?"

"Again, there are things that are better left unsaid. Maybe later." I thought about it for a moment, shook my head, and asked:

"So, you were saying we're waiting for someone?"

"She arrived a couple of minutes ago, she's ordering a drink," Tammy said, pointing toward the café counter. I turned and immediately recognized the girl standing with her back to us, talking to a waitress; copper-skinned, with short, slightly spiky black hair, jeans, a black top, and a long purple scarf despite the heat. "I think she anticipated how slow the service is now that the staff is distracted by a World Cup program on TV," Tammy added. "At least they have the sound turned down."

A moment later, Jenny Everywhere turned around and approached our table with a smile.

“Hi!” she greeted Marietta with a hug, and me with a gesture, as Marietta introduced her to Tammy. “Didn’t Viveros come?”

She was referring to my friend and fellow writer Héctor Viveros; we had both met her almost a year ago. (3)

“He had another commitment,” I explained. Jenny sat down and began rummaging in her bag; she pulled out a piece of paper folded several times and handed it to Marietta.

“Here’s what I promised,” she said. She proceeded to explain that the young Belgian journalist they had met in Missouri a year earlier had asked her to give it to her when he learned he would see her there. Marietta spread it out on the table: it was a map; an island was depicted in detail on it. Tamara and I leaned over to look as well, and I noticed the name of the place written at one end: Lamb Island. This surprised me. Lamb Island, a small private island whose owner, the famous psychic Ari Heller, had transformed into a symbolic nation, whose nominal citizenship could be acquired, in the form of a diploma, with funds raised for various charities. Why did Lady Satan need it?

"What are you planning to do on the island?" I asked. "Is that something you might want to know?"

"Lamb Island is private, and it belongs to Ari Heller," she said; I realized I hadn't mentioned knowing this, but I didn't want to interrupt one of Marietta's rare communicative moments. Her French accent was almost imperceptible. "You do know him, right? The psychic who became famous in the 1970s and made bending spoons with telekinesis his trademark, even during a live television broadcast."

"I remember him," I said. "I still have a spoon that got twisted when my mother and grandmother saw him on Mexican television."

“Months ago,” Marietta continued, “when the war against Iran began, Heller offered it to Ronald Drumpf to establish a base there for his air strike force against the Iranians.”

“That’s the opposite of what he said he wanted on his island,” Tammy pointed out, shaking her head. “He presented it as a symbolic ‘country’ of harmony for all humanity. It’s a good thing that proposal didn’t materialize.”

“It didn’t materialize, as far as we know,” Marietta corrected. I looked at her, surprised.

“So something was done in secret…?”

“That’s what we intend to find out.”

“What’s up with these rich people and their private islands?” Jenny complained. “I’m not offering to accompany them; I had enough of islands with the visit to Eppenstein Island a few weeks ago.” My gaze drifted to the book of Arturo Accio’s poems on the table, and I was about to make a silly, humorous comment, but I fell silent when I looked at Jenny. Her face was troubled by the memory of some experience she'd had there. From what I knew of her, she must have been used to many things; but that island had been the scene of some of the most terrible events. My imagination tried to guess what they might have found, and I blocked those thoughts as best I could.

"We'll manage," Marietta said.

"And what else have I done, Heller?" Jenny asked. "Is she still giving Drumpf psychic support?"

"It seems she occasionally visits Israeli troops to encourage them," Tammy replied. Jenny looked at her, puzzled.

"Israel?"

"Ari lives in Jerusalem," Tammy explained; "that's why she's so vehemently opposed to Palestine."

"Obviously, she supports Drumpf not because she's pro-American," I added, "but because Drumpf has been supporting Israel's interests." He was the only president who gave in to Neshayahu's insistence that North America support them in their war. I can't believe that so many in Israel support an alliance with a regime that has the full backing and participation of its neo-Nazi movements. That's truly making a pact with the devil, in the popular sense.

"And it's only thanks to that that we find ourselves now in World War III," Jenny finished, crossing her arms and leaning back. Just then, the waitress placed a latte and toast in front of her, and her face lit up.

I had followed Ari Heller on Facebook for several years; in fact, I had applied for citizenship on his island because I liked his project, but I had withdrawn my application after seeing the video in which Heller offered the island for Drumpf's troops. I took out my phone and looked at his profile. I didn't expect to find a direct mention of Mexico recently posted by him.

“Now she’s really gone too far,” I said. They looked at me curiously, but I kept reading for a few seconds until Jenny gave me a gentle nudge. Then I said, “I’m looking at the post Ari just made a couple of hours ago. She posted a picture of herself holding a crystal skull, like the one Pancho Villa and Ambrose Bierce supposedly had. (6) And he says…” I began to read the post aloud, “‘Friends, I’m going to grant the England team the ultimate power to beat Mexico next Monday! I’ll do this with the help of an ancient Mexican crystal skull! I’ve kept this relic for many years, which could very well be of extraterrestrial origin, ever since I discovered it telepathically, hidden in a Mayan pyramid.’ At this point, I paused and pointed out, “By the way, a few years ago, I had already posted pictures of that skull; on that occasion, I didn’t say anything about having ‘found it telepathically.’” She claimed that Mexican President López Portillo had given it to her as a gift, and that he had told her it was found in a pyramid. (7) This time she's altering her story to add drama. I continue reading: “‘I intend to use the supernatural energy it contains to take England to the quarterfinals. Of course, I don't perform miracles or become a prophet, but I will do everything in my power! But you should know that conspiracies are already underway to sabotage the England team: Mexican cartels have placed billions of bets on Mexico's victory and will stop at nothing, not even violence. They are even trying to change the start time of the match to noon, in the middle of the hot season! The sabotage has already begun. I have noticed that Mexican fans, even some journalists, are trying to disrupt England's preparations. They hope to make public the location of the hotel where the players are staying so that Mexican fans can party all night, making it impossible for them to sleep and rest the night before the game. Believe it or not, I have a Mexican passport and I was a Mexican federal secret agent for President López Portillo, who granted me Mexican nationality!’ Here he tags the manager of the England national team,” I clarified. “‘I know what I’m talking about! Don’t take any risks! Reinforce security measures for the players and fire all the Mexican bodyguards immediately. And don’t trust the food, it might be poisoned! Bring your own food.’”

“Wow,” Jenny said.

“How outrageous!” Tamara exclaimed. “He’s recommending firing the Mexican bodyguards overnight? He could put innocent people out of work because of his paranoia. Can I see that?” I put my phone in her hand.

“Well, he is psychic,” Jenny shrugged. “And I’m sure the drug cartels are amateurs.”

“It would have happened many times before if they did that kind of thing,” I pointed out. “But he’s talking about his actual intention to interfere with the results through magical means; he’s simply assuming that if he’s capable of that, the cartels can try it in their own way.” “He’s a psychic, not a magician,” Marietta corrected me. “Anyway, we have to put this in context. Heller is a celebrity; his opinion carries weight. And as someone who has publicly supported Drumpf’s racist regime, what he’s saying is a smear campaign against Mexicans, and he intends to back it up not only with his ‘hunches’ but with his personal knowledge of Mexico. If he didn’t do this, say, during the previous World Cup, then it can’t be a coincidence that he’s doing it right now, when MAGA has gained strength and Drumpf has been threatening military intervention in Mexico, using the cartels as justification.”

“It’s magic he says he’ll do using his skull…” I insisted, but I was interrupted. “What are you doing?” Tammy was typing something on my phone. She handed it back to me with a satisfied smile. I looked at the screen: I had just replied to Ari Heller's post with the words "Marietta Says" and an image, a colored copy of the Lady Satan portrait I had drawn the previous year, to which I had added the text, "It's on, b****!" "Hey!" I protested. "But this is from my account!" Tammy shrugged.

"Ari brought it on himself; let's see how we get it."

Marietta looked at what Tammy had written and raised an eyebrow.

"You didn't have to use my first name," she said. "Anyway, we have more important things to do than a football match."

Tammy looked at her without abandoning her somewhat boastful attitude.

"Look at it this way," she said. "Like Jenny says, Ari is psychic; if his senses warn him about you, he'll think you're just going to counteract his influence on the match, and he won't suspect that we'll be on his island." Besides, admit it, doesn't he deserve for us to ruin his attempt to stick his spoon into the championship?

Marietta bowed her head, her expression showing how impressed Tammy had been.

“I can’t argue with that,” she conceded. “But anyway, our priority is the island. I’ll leave the counter-spell for the match to you, though you know I’ll support you on it.”

“It’s going to be tough,” I pointed out. “Ari’s trick has always been manipulating people’s beliefs. He’d tell people, ‘Put a spoon in front of your TV; now concentrate on me, and I’ll bend the spoon’; and sometimes the spoon would bend. He’d get people to concentrate; there would be a lot of psychics watching a national broadcast. They’d bend the spoon themselves, and Ari would take the credit. In this case, he’ll have all his fans believing in his power, putting their faith in his skull work; and he’s surely counting on many Mexicans, particularly some players, to doubt him because they fear his powers are effective.”

“That’s why I put up the picture with Mari’s portrait,” Tamara replied. So, they know Lady Satan will oppose Ari, and they'll visualize her like in that drawing; on Monday we're going to work using the drawing as a focal point—she winked. Two can play the same game. Won't your coven want to support us?—she asked me suddenly—I think they have an advantage in this case…

I wasn't particularly interested in supporting a sports team, but I listened to her argument, and it made sense. I'll omit it for now; as Marietta said, there are some things that are better left unsaid… yet.

"You should have put 'Lady Satan' and not Marietta," Jenny agreed with Marietta's earlier observation.

"That way we don't scare off those who might be frightened by 'Satan'"—again, we had no arguments to refute her. At eighteen, Tammy had a remarkable understanding of magic and parapsychology; Marietta couldn't have taught her so much in just a few months. I could see why her mental agility was so well-suited to the detective work she intended to pursue.

"Well then," Jenny said, after finishing her second slice of toast, "I suppose we'll look into that matter of the city's drinking water tonight? I know you like to do everything at night."

Marietta took off her red glasses to clean them and smiled.

"Always."

The conversation moved on, but deep down, I kept thinking about the matter. The World Cup couldn't interest me less; but under these circumstances, for the first time, I hoped Mexico would win Monday's game. These were strange times…


Not the End...

 

Credits

“The Threat of the Crystal Skull” Copyright © 2025 Luis G. Abbadie. Debe ser reproducida siempre acreditando al autor.

Tamara Drew is an original creation of Luis G. Abbadie, and first appeared in Nancy y el misterio del grimorio. Siete pasos hacia el Abismo (Tubal Albainn, 2026).

Lady Satan, originally published in Dynamic Comics 2 (1941) and 3 (1942) and in Red Seal Comics 17 (1946) and subsequent issues, her best-known version was created by George Tuska; she is in the public domain due to legal peculiarities.

The character Jenny Everywhere is available for anyone to use, with one condition: this paragraph must be included in any publication involving Jenny Everywhere, so that others may use this property as they wish. All rights reversed.

Ari Heller was created by Gonzalo Martré and Víctor Cruz in “The Supernatural Golden Statue”, a story published in Fantomas la Amenaza Elegante 2-265 (1976); he is taken up again here as a tribute to the works of his creators.

The Available Heroes is a series of stories that bring back classic public domain characters, orphaned or open source, to face the challenges of today's world.

This is a work of fiction, in which any resemblance to real-life characters and situations is subject to the rules of parody, and is not intended in any way to constitute a faithful representation of reality. 


Notes 

1) Tamara met Marietta in Nancy y el misterio del grimorio. 

2) Intermunicipal System of Drinking Water and Sewerage Services.

3) In "Intermission 3.5"

4) The journalist in question is Tintin, and this took place in El collar de Milú - un misterio en tres centurias.

5) En Las Muchas Vidas de Octobriana: Tercera Guerra Mundial.

6) The link between both is explained in El último relato de Ambrose Bierce.

7) In a post dated August 26, 2023. 

lunes, 11 de mayo de 2026

La encomienda

  


(Una versión en inglés de este cuento puede leerse aquí)


“En la antigüedad, el rey representaba al reino en su persona. Ahora, tenemos un rey podrido, y empezó a corromperlo todo. El reino lo rechaza”.

Nancy y el misterio del grimorio

 

El auto ingresó por al camino amplio circundado de árboles. Un letrero, algo que no puede faltar para confirmar que se encontraba todavía en los Estados Unidos de América, identificaba la zona a la cual ingresaba como el Parque Nacional Shenandoah.

Aunque no estaba tan lejos de casa, Tamara Drew nunca había estado en Virginia. En realidad había viajado más por el país en los últimos meses, en compañía de Marietta Là Bas, de lo que lo había hecho en 17 años de vida. 18, se corrigió a sí misma; a partir de hoy, 18. Marietta se había marchado a Francia, donde estaría por una semana, y había ofrecido a Tammy la opción de acompañarla; había optado por quedarse. Aunque Marietta había mostrado la suficiente preocupación de cortesía por dejarla sola durante su cumpleaños, estaba segura que le causaba cierto alivio dejarla atrás; los medios a los que Marietta recurría para resolver ciertas situaciones legales y políticas eran bastante drásticos, y desde que había asumido con el abuelo Roy el compromiso de instruirla y resguardarla, había observado que cuidaba de no hacerla partícipe de ciertas cosas. Pero Tamara simplemente fingía no enterarse; no tenía deseos de integrarse a esas ocasiones, pero tampoco juzgaba a Marietta por ello. El mundo estaba en guerra; y ella intentaba hacer algo por mejorar las cosas. Eso era lo importante.

Marietta le había preguntado si regresaría a pasar su cumpleaños con el abuelo, pero tenía otros planes para aprovechar estos días; por eso estaba aquí. Así se lo dijo, y Marietta la escuchó con atención, se sonrió, y fue a buscar algo envuelto en un paño rojo que había colocado en su altar días atrás. Lo puso en sus manos, diciendo:

—Esto me lo encargó Ian, mi amigo el druida que vino a visitarme hace un par de semanas, ¿recuerdas? Lo viste antes de salir ese día. Tal vez podrías cumplir su encargo por mí… por lo que dices, su idea es afín a la tuya —y procedió a explicarle lo que Ian le había dicho…

Se apeó y se aproximó a la caseta; por supuesto, tenía que pagar peaje a la entrada. Damas y caballeros, esto es América. Un letrero vertical de metro y medio enumeraba las agotadoras prohibiciones y condiciones para ingresar a una zona forestal protegida; le tomó una foto con su celular para poder consultarla si fuera necesario. Un joven con un pequeño bigote sonrió al recibirla y reprimió un bostezo mientras le entregaba su boleto.

—Sólo estaré unas horas —dijo Tammy, y luego preguntó—: ¿Me podría decir cuáles fueron las zonas que visitó el rey?

Los medios, que continuaban desmenuzando la visita de los reyes de Inglaterra a la Casa Blanca, no habían dicho palabra acerca de sus otras actividades en territorio norteamericano; las más importantes, según creía Tammy. Y un par de días antes, la pareja real había visitado el parque Shenandoah.

—Sí, claro —el chico asomó la cabeza para llamar por la rendija de la ventanilla—: ¡Jane! ¿Puedes venir? —una joven morena con uniforme de ranger que se hallaba recargada en un árbol dejó una lata de refresco sobre una cerca de madera, y se aproximó. El joven le explicó la solicitud de Tammy.

—Ven conmigo —dijo, haciendo un gesto con la cabeza—, te llevo al mirador.

Tammy la siguió, ocultando su inconformidad; no quería tener niñera durante su visita. Pero lo pensó bien, y esto podía ser ideal.

Los sucesos de las últimas semanas la habían motivado a  releer, por enésima ocasión, la vieja colección de novelas juveniles de Carolyn Keene que la habían acompañado desde su infancia, con una protagonista cuyo apellido compartía por herencia familiar, como sobrina nieta no sólo de Nancy sino de su primo el Dr. Desmond Drew. En el primer libro de la serie, El secreto del viejo reloj, la joven detective Nancy Drew dedicaba mucho tiempo a entrevistarse con quienes habían conocido en vida al viejo Crowley, cuyo legado necesitaba rastrear; había llegado a familiarizarse con un hombre al que nunca conoció en persona a través de quienes sí le conocían. Esta era su oportunidad de hacer lo mismo: saber más acerca de la visita del Rey de Inglaterra hablando con alguien que había estado aquí.

Jane abordó con ella el auto y le indicó dónde estacionarlo más adelante, de manera que estaría más próximo al camino que seguirían.

En el estacionamiento, dos patrullas se encontraban estacionadas. Un sujeto obeso con una gorra roja de MAGA vociferaba “¡no lo veo haciendo nada!” mientras un oficial de policía lo escuchaba con visible enfado. En medio de acusaciones de indolencia e incompetencia intercalaba una y otra vez, “¿qué no sabe quién soy?” Mientras Tammy paraba el auto, el oficial dijo con paciencia: “Necesito llenar el reporte, amigo”, provocando que el sujeto se hiciera el ofendido por hablarle con esa confianza.

El hombre con la gorra al fin hizo una pausa y tomó un Milky Way de una mochila en el asiento de su van, a través de la portezuela abierta, y empezó a masticar. La ranger Jane miró al sujeto, y luego le dirigió una mirada expresiva a Tammy alzando las cejas. El hombre miró con desagrado a la joven de piel oscura y dijo:

—¿Aquí le dan trabajo a ilegales? Eso explicaría mucho.

Jane hizo una mueca y sacudió la cabeza, sin duda reprimiendo alguna respuesta a ese comentario insolente. Se apearon del auto, y Tammy pasó junto a un chico rubio que se encontraba de pie junto a un cesto de basura, con un par de Milky Ways en la mano mientras mordía uno. La miró con fijeza al pasar, pero su expresión sombría no se suavizó; por un instante sus miradas se cruzaron, y notó sus ojeras y su sien amoratada por algún golpe. Siguió a Jane por un sendero pavimentado, mientras sentía la mirada del chico en su trasero.

—Por aquí —Jane señaló hacia arriba; el sendero subía por una colina, en una pendiente ligera.

—¿Y a ese tipo qué le pasa? —preguntó Tammy.

—Insiste en que robaron su reloj que había dejado sobre el tablero del auto. Claro que Bill le señaló el letrero que aclara, “no nos hacemos responsables por objetos de valor que no deje en la administración”, etcétera; pero ese imbécil es hermano de un diputado republicano y se siente dueño del mundo, hizo venir a la policía a perder tiempo. Seguro él mismo perdió el reloj en el bosque y no lo va a admitir. Sólo quiere hacernos ver incompetentes para creer que ganó una pelea que sólo él está peleando con nadie.

—Lo peor de lo peor ha estado saliendo de bajo las piedras —contestó Tammy—. Se sienten gran cosa por tener a uno de ellos en el poder.

“En fin. ¿Estabas aquí cuando vino la pareja real? —preguntó Tammy para cambiar el tema, y Jane se animó visiblemente al rememorar.

—Son muy gentiles —dijo—, eso me sorprendió. Siempre pensé que la realeza era arrogante, pero nada de eso. La reina era algo reservada, pero el rey insistió en sentarse a platicar con los rangers, era muy abierto. No me malentiendas, la realeza es algo que me parece obsoleto; pero aunque algo de eso tenía la reina, él era otra cosa, no sé, tal vez está más consciente de que traen cargando un aparato jerárquico que ya no significa mucho.

El mirador mostraba una extensión magnífica de bosque; Jane se ajustó el sombrero de ranger para evitar que el viento lo arrebatara. Una segunda pregunta se disipó sin ser formulada; Tammy decidió que ya con estar aquí había sido justificado el viaje por carretera. Jane observó su reacción, y guardó silencio para permitirle absorber el escenario.

Luego de un momento, Tammy recordó su objetivo; sonrió como excusándose, y dijo:

—¿Me decías… acerca de las actividades de la pareja real?

—El rey accedió a juramentar a un grupo de nuevos rangers; más tarde, en las cabañas, conoció a Buddy, el águila calva que tenemos aquí, y luego develó unas piedras que simbolizan una nueva alianza de conservación entre Shenandoah y los Cairngorms en Escocia, con unas placas conmemorativas.

—Sí… —Tamara consideró la mejor manera de formular su pregunta fundamental; quizá lo mejor era hacerlo de manera directa—. ¿Y hubo algún sitio… no sé, algo que no fuera parte del recorrido formal que prepararon para él… donde el rey haya estado?

Jane se quedó pensando un momento.

—Hubo una ocasión. Preguntó cuáles eran los árboles más viejos. Esos serían los álamos amarillos; algunos tienen hasta 500 años. El rey pidió ver de cerca alguno de esos árboles, y lo llevamos allí. No está en la zona de acceso general, pero si quieres ir allí, no creo que haya problema; tampoco hay una restricción rigurosa, simplemente no es zona para turismo.

—¡Me encantaría verlo, por favor!

Jane la condujo por un sendero de tierra que circundaba una arboleda, pasaron un cercado bajo, de madera, con un letrero de “Sólo personal” y el sendero, más estrecho y recto, pero bien definido por el uso constante, las condujo poco más de medio kilómetro entre los árboles.

—La reina optó por regresar y sentarse —explicó Jane—, pero el Rey siguió a pie, aunque le ofrecieron traer un carrito motorizado de los que usamos en la zona turística para supervisar. Tiene unas fuerzas poco comunes a su edad.

—Ahora que es rey seguramente tiene pocas oportunidades de estar entre la naturaleza —Tammy admiraba el entorno; ella había crecido en los Apalaches, y le sorprendía cómo un entorno natural podía ser tan diferente en todos los aspectos de otro; para ella, que conocía de corazón el ambiente, los árboles y las plantas de su hogar más al norte, esto era otro mundo, a pesar que la distancia en un mapa no era mucha.

—Sí —Jane continuaba pensando en el rey—. Supe que él convirtió su finca a la agricultura ecológica en 1986; no ocultaba su pasión por la naturaleza a pesar que los medios de su país lo tomaron a burla, como si por ser de la familia real no tuviera derecho a lo que hay más allá de los palacios. Yo pienso que para él, a nivel personal, su visita aquí era lo más importante, y no ir a una convivencia diplomática con un presidente que quiere entregar a la tala todas las reservas ecológicas, que destruyó el jardín de Jackie Kennedy, que cree que los molinos de viento hacen daño y que hay que volver al uso de carbón. ¡Apenas esta mañana —a Jane le ganó el enojo— me enteré que el presidente acaba de hacer legal la cacería de trofeos en los parques nacionales!

Tammy la miró impactada. Eso era peor de lo que había imaginado.

—No creo que eso dure mucho, ni tampoco esta presidencia; pero tomará más tiem,po deshacer los daños. Tienes razón, estoy segura que venir era lo más importante para el rey —dijo Tammy, recordando lo que Marietta le había dicho—. Aquí está Norteamérica, el territorio vivo, no sólo un estafador que ve esto como materia de venta —se preguntó si sería prudente seguir hablando, pero no podía parar—. En Europa, los reyes eran representación y extensión de las tierras que gobernaban; no sólo eran propietarios, eran el rostro de esa tierra. Puede que algunos fueran tan malos como el presidente que tenemos ahora, pero en cualquier tierra hay gente buena y mala, y todos son parte de ella. El rey era, y es, un rol a ocupar, una pieza de algo más grande, no sólo una figura política.

Al fin calló, incómoda, pensando que podía haber sonado excéntrica. Jane la miraba mientras caminaban; por fin asintió con la cabeza.

—No lo había pensado. Me gusta eso. Mis padres siempre han dicho que somos parte del lugar donde vivimos; que somos parte de su alma —sonrió—. Pero en ese punto se pierden en anécdotas sobre cuando se conocieron en un evento New Age, la Convergencia Armónica de 1987.

Tammy sonrió y asintió. El abuelo también le hablaba de ese evento, aunque a veces satirizaba lo que calificaba de “excesos hippies”.

—Ya estamos llegando —anunció Jane—. Allí, esos tres troncos que comparten raíz; ese es uno de los álamos amarillos más viejos, tal vez el más viejo de todos.

Conforme se aproximaban, Tammy observó el enorme árbol; los troncos no eran muy gruesos, ella habría esperado un tronco enorme y ancho, pero no era así. Aunque, comparándolo con otros álamos circundantes, que eran bastante más delgados, sí se apreciaba una diferencia.

—Cuando llegó aquí, el rey simplemente se sentó en esa roca, y pidió que lo dejáramos solo unos minutos; dijo que deseaba absorber el ambiente. Incluso sus acompañantes o guardaespaldas se quedaron a una docena de metros y dándole la espalda —Tammy se aproximó al árbol y extendió su mano izquierda para tocarlo. Volteó a mirar a Jane, y ésta la observaba con una ceja arqueada—. Y, no, no voy a dejarte sola ni por unos minutos, lo siento.

Tammy suspiró con resignación. Esto no sería fácil. Esperaba no tener que regresar de manera furtiva.

—¿Qué pretendías hacer? —le preguntó Jane, aproximándose. Tamara estaba segura de que su expresión no había traicionado nada de sus pensamientos.

—¿Por qué me preguntas eso?

—Fuiste muy directa —dijo Jane—. No en la forma en que me hacías las preguntas; simplemente no había ninguna razón para que nadie supusiera que el rey se había apartado de su itinerario por un solo momento; y no solo preguntaste eso, sino que preguntaste en específico acerca del rey, como si supieras que esa desviación del programa no había incluido a la reina—Jane se cruzó de brazos—. Sabías que él pidió venir aquí. ¿Cómo es eso?

Tammy suspiró, y apoyó la espalda en el árbol, frustrada. No era sólo ver obstruidos sus planes; sino haberse delatado de esa forma. Un error de principiante. Aunque después de todo, era principiante; aunque llevaba toda su vida leyendo e imaginando, con los libros sobre su tía bisabuela Nancy, y también los de los Hardy, los Tres Investigadores, por no decir los que hablaban de Holmes, Poirot, Marple, y demás… llevaba apenas unos meses de haberse decidido a realizar investigaciones en serio, justo a partir de conocer a Marietta. ¡Seguramente Nancy había tenido sus traspiés!

Jane la miraba aguardando respuesta, y decidió sincerarse. Algo que también iba contra toda lógica; la reacción de rigor habría sido ofrecer alguna excusa, ser echada del parque, y regresar por la noche a brincar vallas y eludir cámaras. Pero Jane le agradaba; además, era inteligente. No le gustaba la idea de verse confrontada por ella de madrugada si de algún modo anticipaba también esos planes. De manera que se sentó en la roca donde días antes había estado el rey, y le habló de Marietta. No todo, claro; únicamente la manera en que se había convertido en su maestra de brujería de cerco, esas prácticas de magia, herbolaria y espiritualidad en las que Marietta había sido iniciada en Europa, y que en una vertiente distinta, Tamara había heredado de la familia Drew en los Apalaches, algo que la rama de su tía bisabuela Nancy no había compartido. Le habló también dela visita de Ian, el amigo druida de Marietta, y el encargo que le había hecho.

Ian había recibido a su vez la encomienda de un amigo suyo, un viejo cunner o brujo del Altiplano escocés quien había puesto en manos del rey de Inglaterra una piedra con una runa grabada; una piedra procedente de unos peñascos cristalizados en las orillas del lago Ness, que la leyenda tenía por los restos de un palacio de los gigantes, donde habían habitado antes de retirarse a dormir bajo las montañas. El cunner le había dicho al rey:

“Tu familia siempre ha dado su lugar a las viejas Usanzas; incluso de manera que la gente con ojos para ver lo supiera, desde que se instauró la Orden de la Jarretera. Ve, y coloca esta piedra, al pie del árbol más viejo de un lugar sagrado de América, entre las raíces del guardián de esa tierra. Allá también hay gigantes que duermen, y al igual que los nuestros, algunos están despiertos ya. América está sufriendo como la nación del Rey Pescador, el gobernante enfermo que se niega a desaparecer y hunde en la decadencia a las tierras que representa al aferrarse al trono. El Rey Pescador de nuestras leyendas acabó por aceptar su destino, y por crear el puente que salvaría a su pueblo; pero el rey de América no hará eso. Los gigantes necesitan agitarse y limpiar sus tierras de corruptos antes que esas tierras queden estériles. Si tu mano, la mano de Albión, coloca la piedra entre las raíces de un Guardián, éstos escucharán”.

El rey, que conocía lo bastante sobre la tradición para respetar y comprender esto en cierto grado, había dado su palabra; y su mano herida sin duda se debía a que había trazado la runa con su sangre antes de enterrar la piedra, de acuerdo a las Usanzas.

El viejo Cunner le había dado entonces a Ian, el druida, un frasco que contenía una infusión. Le había dicho que ésta contenía los nombres y las sangres de tres clanes de brujos, uno del Altiplano, otro del Black Forest, y otro de Gales; Ian debía encargarse de infundirla con los nombres y la sangre de su orden druida, de manera que varias corrientes sagradas de las Islas Británicas brindasen su fuerza y su respaldo al acto realizado; al colocar el frasco en manos de Marietta, ésta había añadido a la infusión las bendiciones de sus legados francés e italiano, y había encomendado a Tamara que lo llevase al sitio donde el rey había colocado la piedra para que, antes de derramarlo allí, lo infundiese también con el legado del clan de brujos de los Apalaches al que pertenecía su familia, una vertiente de la Usanza arraigada en las tierras norteamericanas. Semanas atrás, Tamara había estado presente en una ceremonia sui generis cuando la Diosa oscura se alzó del Irkalla (1), para despertar en las tierras de América y empezar a limpiarlas; ahora, las fuerzas de otros territorios se entretejerían con las de éste para formar un entramado inquebrantable, y resguardar a la tierra antigua. De esta manera, cuando la infusión fuese derramada para despertar (2). la piedra que el rey había colocado, asegurarían que los Durmientes bajo las Colinas escuchasen el llamado, para actuar en favor de estas tierras.

—…y eso es lo que vine a hacer —concluyó Tammy—. Encontrar el sitio donde el rey había enterrado la piedra rúnica, añadir mi propio aporte a la infusión, y derramarla para llamar a los espíritus de esta tierra.

Guardó silencio, y miró a Jane; deseó poder evitar sentirse como una alumna en la dirección de la escuela aguardando su castigo.

Jane bajó la mirada; Tammy quiso adivinar sus pensamientos, le pareció que quizá estaba buscando la manera de decirle de manera terminante que debía marcharse y no regresar, sin ofenderla.

Jane se llevó una mano a los ojos y, con un ademán que intentó ser discreto, se limpió una lágrima.

La miró apretando los labios con una sonrisa incómoda, y se quitó el sombrero de ranger.

—Caray —dijo—. Me recordaste a mi madre. Ella era Lakota, por eso soy morena. Su forma de hablar de algunas cosas… —se limpió el otro ojo— fue algo muy similar, aunque con otras palabras. Mira… ¿cómo me dijiste que te llamas?

—Tamara.

—Tamara —Jane la miró, y era quien tenía ahora una expresión incómoda, como si fuera a hacer una confesión—. Mi madre también me dijo algo antes que yo viniera a Shenandoah. Lo último que me dijo; me avisaron de su muerte dos meses después —guardó silencio un momento hasta recobrar la compostura—. Me dijo… “Ese lugar es bueno, es un lugar viejo. No hay que dejar que duerma; encuentra a los abuelos”.

Tammy se puso de pie, sin saber que decir.

—No puedo impedir que hagas lo que te encargaron —prosiguió Jane—. Aunque mi trabajo diga que no puedo permitirlo.

Tammy asintió, nerviosa.

—No tienes que dejarme sola —dijo—. Con esto, sé que lo respetas… que lo entiendes —extrajo de su bolsillo el frasco envuelto en paño rojo, lo desenvolvió, y añadió—: Creo… creo que deberías infundir algo tuyo también.

—¿Qué…? —Jane se mostró confundida.

—Como tú te sientas. Pero hagamos esto… por favor, acompáñame.

Jane asintió, y se aproximó, mientras Tammy se agachaba a estudiar la tierra que circundaba al viejo árbol. Luego de un momento, extendió una mano y apartó unas hierbas; éstas se levantaron con todo y una rama de raíces de pasto.

—¿Ves esto? El pasto fue separado de la tierra intentando no romperlo, y la tierra todavía está removida. Aquí es donde el rey debe haber enterrado la piedra —entonces se irguió; apoyó una mano en el tronco y se descalzó el pie izquierdo, para colocarlo en el pasto y sentir su frescura. Respiró hondo, y cruzó los brazos en X  Jane, observándola, imitó sus acciones, demorándose un poco más en desabrochar su bota.

—Guardián de esta tierra, venimos ante ti en nombre de los Antiguos, de los espíritus de Maestría, los ancestros de este continente, y de los ancestros de Albainn —Tammy se inclinó de manera breve y rápida, flexionando la cintura, hacia el árbol, con los ojos cerrados. Jane había cerrado también los ojos, pero inclinó brevemente la cabeza al repetir, en voz baja, esas palabras.

Tammy apoyó una rodilla en tierra, extendió el paño rojo sobre el pasto, y extrajo el corcho que tapaba el frasco; la tarea le tomó un par de minutos, Jane la observó y se colocó, junto a ella, con una rodilla en tierra.

Tammy colocó el frasco sobre el paño rojo, y extrajo de su bolsillo una pequeña navaja plegable. Pinchó su anular izquierdo, y exprimió un par de gotas de sangre en su palma derecha.

Aproximó la mano a sus labios, y musitó:

Syth. Tubal —y escupió un poco de saliva en su palma. La mezcló con las gotas de sangre con su dedo, y luego recogió la mezcla con éste; lo introdujo en el frasco y lo sumergió en la infusión, murmurando—: Así infundo los nombres y la sangre de mi linaje, en los nombres del Maestro y la Dama.

Miró entonces a Jane; le ofreció la navaja.

Jane asintió, la tomó, y extrajo también de su dedo unas gotas de sangre, recogiéndolas en su palma. Entonces, la aproximó a sus labios y dijo:

Wakan Tanka tunakasila —escupió en su palma, e introdujo la mezcla de sangre y saliva en la infusión.

La tendió hacia Tamara para devolvérsela, pero ella no la tomó.

—Eres la última en la línea para completar la infusión. Hazlo tú.

Jane vertió el líquido sobre la tierra, en el sitio donde la piedra rúnica había sido enterrada, hasta que el frasco quedó vacío.

Ambas quedaron en silencio un momento, y se alzó un viento cada vez más fuerte y sonoro; muchas hojas pasaron volando a su alrededor, las aves revolotearon con fuerza. Ninguna dijo nada, pero compartieron la certeza de que habían sido escuchadas; no sólo ellas, Marietta, Ian, el cunner, el rey, los clanes, los ancestros. La tierra había escuchado.

—Ahora sólo queda aguardar —dijo Tammy, poniéndose en pie.

—Y ayudar —agregó Jane, con una sonrisa débil—. A Dios rogando, y con el mazo dando.

Claro —Tammy se alegró de no haber sido quien lo dijo; en buena parte, había asumido su aprendizaje con Marietta porque sabía que ella, como Lady Satán, no sólo había asumido un nombre iniciático sino una identidad de resistencia social proactiva. Oír a Jane decir esto reafirmó su certeza de que no eran sólo ellas, sino muchas personas, cada vez más, dispuestas a cambiar las cosas antes que empeorasen. Pero sólo apoyarían a las fuerzas del Destino, y del Territorio, las cuales producirían el verdadero cambio.

Caminaron de regreso, casi en silencio; ambas estaban todavía asimilando la experiencia. Tammy se sentía ligeramente mareada, a pesar que la operación mágica no había sido tan intensa… en apariencia. Claro, los Durmientes eran fuerzas vastas, y no se podía hacer un contacto “leve” con una marejada.

Llegaron al estacionamiento; el sujeto con la gorra de MAGA iba de acá para allá, fumando un puro a pesar de los señalamientos que prohibían esto con claridad, y uno de los policías se hallaba sentado en una banca, con un aspecto de hastío, junto a uno de los rangers. El chico se hallaba recostado en los asientos de la van, y su madre parloteaba en su celular, hablando de las intransigencias y desinterés de los rangers.

Tammy se volvió entonces hacia Jane y le dedicó una sonrisa amplia, exagerada; extendió loa brazos, haciendo aspavientos.

—¡Muchísimas gracias! Ha sido maravilloso conocer este lugar, gracias por tantas molestias que te tomaste —dijo Tammy en voz alta mientras Jane la miraba como si se hubiera vuelto loca. Tammy prosiguió, caminando de espaldas para colocarse delante de Jane sin detenerse— Este lugar es tan bello que… —la exclamación de advertencia de Jane llegó tarde, y las caderas de Tammy golpearon de lleno contra el cesto de basura, volcándolo; trastabilló, volteando para ver el desastre causado, y empezó a caminar sobre la basura desparramada, intentando recuperar el equilibrio.

La segunda envoltura de Milky Way que pisó crujió de manera ruidosa.

—¡Cielos! ¿Qué acabo de pisar? —se agachó y alzó en alto un reloj de pulsera dorado, que se quebrado irremediablemente con su pisotón—. ¡Cielos! Esto estaba en esa envoltura de chocolate. ¡Con razón hizo tanto ruido cuando ese señor de la gorra arrojó una envoltura al bote cuando pasamos hace rato!

El rostro del policía se iluminó; se incorporó de su asiento y vino a tomar el reloj. Tammy se lo entregó, y buscó su celular. Era sin duda muy costoso, pero había quedado partido en dos.

—Así que “ese señor de la gorra” tiró una envoltura que hizo mucho ruido, ¿eh? —repitió el oficial, sonriendo. El aludido vino furioso hacia ellos.

—¡Yo no hice nada de eso! —vociferó, y su rostro se puso rojo al ver el reloj arruinado—. ¡Kevin!— rugió, volviéndose hacia su van, donde el chico se había enderezado y lo observaba todo con una sonrisa burlona—. ¡Tú hiciste esto idiota! —el hombre fue hacia él con grandes zancadas, lo sujetó de la camisa, y alzó el puño dispuesto a darle un golpe en plena cara a su hijo. “¡Bob!”, chilló su esposa, y luego añadió, hablando a su celular: “Luego te hablo”.

El puñetazo fue descargado cuando, al mismo tiempo, el hombre se fue de bruces sobre el costado de la van; Tammy había pateado el pie en que se apoyaba para hacerlo caer. El puño pasó inofensivamente sobre la cabeza del chico, mientras la nariz del hombre chasqueaba contra el borde de la portezuela abierta. Se enderezó para encarar a Tammy, llevándose una mano a la nariz que ya empezaba a sangrar. Empezó a soltar imprecaciones contra ella, y la amenazó con el puño.

Tammy retrocedió unos pasos y señaló con su índice el celular que sostenía en su otra mano.

—Adelante, puede golpearme; el video de cómo intentó golpear a su hijo se vio muy claro.

El hombre se volvió a mirar al oficial.

—¡Arreste a esta zorra! —ordenó— Usted vio cómo me atacó. Vea cómo estoy sangrando.

—No lo creo —repuso el oficial.

—¿Qué no sabe quién soy? Imbécil, me encargaré de que no vuelva a encontrar empleo en este país. ¡Confisque ahora mismo el celular a esa zorra!

—No hay problema —dijo Tammy, con una ligera sonrisa—. Sólo déjeme concluir la transmisión en vivo en Instagram. Por cierto que etiqueté a su hermano el funcionario; esto ya tiene muchas vistas.

Por una vez, el hombre se quedó sin palabras. El oficial aprovechó para aproximarse al muchacho, quien se había apeado de la van y lo veía todo con la expresión de un niño en un circo.

—Muchacho, si quieres presentar una denuncia, ahora es el momento; mi pareja ya me había dicho que al revisar las cámaras para identificar al ladrón, vio cómo tu padre te dejó ese ojo morado luego de bajar de su vehículo. La trabajadora social del parque ya viene hacia acá, y no tienes que regresar a casa si no lo deseas.

—¡Súbete a la camioneta ahora mismo imbécil! —gritó el hombre, y habría forzado a su hijo a hacerlo, pero Jane y Tammy le bloquearon el paso mientras el oficial conducía al muchacho hacia la cabaña de la cual en ese momento salía el otro oficial en compañía de dos rangers.

Una vez el muchacho estuvo a salvo, en la oficina de la trabajadora social, y el oficial hubo tomado testimonio de Tammy —además de compartirle el enlace del video, que a estas alturas había sido compartido más de 40 veces—, Jane acompañó a Tammy a su auto.

—Fue el muchacho quien tiró el reloj, ¿verdad? —dijo Jane.

—Claro, para desquitarse de su padre.

—¿Tú lo viste?

—No hizo falta; vi cómo estaban las cosas, y para cuando llegamos al árbol ya había pensado qué hacer, claro, siempre y cuando no se hubieran marchado.

—Personas como él siempre prolongan las cosas, por fortuna —Jane la miró con curiosidad—. Estás llena de sorpresas.

—Nah —Tammy abordó su auto y le sonrió—. Soy un libro abierto. ¡Uno de Carolyn Keene!

Jane ya iba de regreso a la cabaña de administración cuando recordó al fin ese nombre, y entendió la referencia, con una risita.

 

 

La primera aventura de Tammy Drew puede ser leída en Nancy y el misterio del grimorio. Siete pasos hacia el Abismo (Tubal Albainn, 2026).

 

Créditos

“La encomienda” Copyright © 2025 Luis G. Abbadie. Debe ser reproducida siempre acreditando al autor.

Tamara Drew es creación original de Luis G. Abbadie, y apareció por primera vez en Nancy y el misterio del grimorio. Siete pasos hacia el Abismo (Tubal Albainn, 2026).

Nancy Drew, cuyo creador conceptual fue Edward Stratemeyer, fue desarrollada y caracterizada por Mildred Wirt Benson, bajo el seudónimo Carolyn Keene, utilizado hasta la actualidad por la mayoría de sus cronistas. Apareció por primera vez en Secret of the Old Clock (1930) y ha tenido numerosas adaptaciones en series de televisión, películas y videojuegos. Sus primeras cuatro novelas han caído en el dominio público, y únicamente elementos de esta versión original son utilizados aquí. Historias y personajes posteriores continúan protegidos por la ley de Copyright y como marca registrada.

Lady Satán, publicada originalmente en Dynamic Comics 2 (1941) y 3 (1942) y en Red Seal Comics 17 (1946) y subsecuentes, su versión más conocida fue creada por George Tuska; es del dominio público debido a singularidades legales.

El Dr. Desmond Drew, investigador paranormal, fue creado por Will Eisner and Jerry Grandenetti en las páginas de Rangers Comics #47 (Junio 1949), bajo el título “The Secret Files of Dr. Drew”; es del dominio público debido a singularidades legales.

Los Héroes Convocables es una serie de relatos que retoman a personajes clásicos de dominio público, huérfanos o con derechos liberados, para traerlos a enfrentar los desafíos del mundo actual.

Esta es una obra de ficción, en ella cualquier semejanza con personajes y situaciones reales se sujeta a las normas de la parodia, y no pretende en ningún momento constituir una representación fidedigna de la realidad.


Notas

1) Esto ocurrió en Nancy y el secreto del grimorio.

 2) La New Age actual usaría la palabra “activar”, la cual me desagrada en este contexto pero incluyo por el bien de la claridad.