(Versión en inglés aquí)
A su izquierda, varias residencias grandes y bien cuidadas con tejados holandeses hacían fila, estrechamente situadas entre sí; a la derecha de la calle, en cambio, una hilera de edificios departamentales miraban hacia el mar. Jenny Everywhere detuvo el auto alquilado en el punto donde la calle terminaba de manera abrupta. Allí donde remataba Hamilton Road, un camino estrecho, pavimentado, pero apenas suficiente para un solo auto, proseguía a través de una explanada de césped bien cuidado; un letrero con una figurita que indicaba su uso preferente peatonal lo identificaba como John Muir Way. Un centenar de metros más adelante, se desviaba a la izquierda, y desde la curva, poco más de ciento cincuenta metros más adelante, se encontraba la costa. Allá, en el océano, a poco menos de un kilómetro de la tierra firme, pudieron ver el montículo que constituía su objetivo. La isla de Lamb no podía tener más de unos cien metros de extensión, y no se veía ninguna construcción en ella. Pero aquí, al final de Hamilton Road, a la derecha se encontraba una caseta, y un letrero clavado en tierra que advertía: Emergency and Authorised Vehicles ONLY Beyond This Point. Un vigilante sentado en una silla miraba su celular, y no se molestó en alzar la vista cuando su auto paró no muy lejos de allí.
Jenny
miró a su compañera de viaje. Marietta Là-bas, ataviada de rojo como
acostumbraba, con la capucha de su capa colgando alrededor de su cuello de
manera que el viento agitara su cabello negro, alzó las cejas.
—¿Qué
hacemos? —preguntó Jenny— ¿Seguimos a la mala, quieres negociar con el
vigilante, o shifteamos desde aquí? —sacudió
la cabeza— Te dije que no tenía caso pasar por un auto.
—Prefiero
tener siempre una segunda opción —explicó Marietta de manera casual—. De todas
formas el camino pavimentado no llega a la costa, y aunque lo convenciéramos de
permitirnos el paso, no creo que se quede conforme si atravesamos el césped. Así
que hasta aquí llegamos —se colocó sus gafas de cristales rojos, y alzó la
capucha sobre su cabeza, y le tendió la mano a Jenny—. ¿Vamos?
Jenny
no tomó su mano; hizo una mueca, y repuso:
—Salgamos
primero. Si shifteamos sentadas, vamos a llegar sentadas en el aire y nos
caeremos. Además, recuerda que tenemos que pasar por algún otro sitio antes de
llegar a la isla, y eso puede ser peor.
Marietta
asintió. Ella misma seguía sin dar crédito del todo a las capacidades de la
Shifter; o por lo menos, a la manera en que ella misma las explicaba o
interpretaba. Si tomaba al pie de la letra las afirmaciones de Jenny, lo que
hacía era shiftear de esta realidad a otra distinta; a otro universo, lo
llamaba ella. Y de allí, regresar a este plano en el sitio deseado. Es decir,
irían a ese otro “universo” un instante, recorrerían allí la distancia aproximada
a la isla, y entonces regresarían, para encontrarse en ella. A Marietta le
costaba creer esto; sin embargo, las había trasladado desde la ciudad de
Guadalajara, en México, a North Berwick, en cuestión de minutos; estaban aquí,
y no podía negarlo. Por otra parte, Marietta estaba acostumbrada a encontrarse
con algunas brujas contaminadas por el mundo de la New Age y los “Lightworkers”
que con frecuencia se referían a las prácticas y conceptos que ella conocía en
términos de “vibraciones”, “frecuencias”, “portales”, y otras palabritas que a
ella le crispaban los nervios como alguien que rascara un pizarrón con un
tenedor. Algunas de estas brujas newajeras, las menos desquiciadas, realmente
sabían hacer algunas cosas, aunque las explicaran con ese léxico seudocientífico.
Suponía que con Jenny sería algo similar; pero aunque lo que ella denominaba
otros universos fuese en realidad otros planos o dimensiones, su habilidad como
Shifter era, en verdad, portentosa. Y Marietta, pragmática al final como toda
bruja, estaba dispuesta a aprovechar las ventajas que Jenny ofrecía aunque no
las entendiera del todo.
Pero
Jenny se veía inquieta; su mirada se encontraba fija en la isla distante. Se
percató de que Marietta la miraba, y explicó, con una sonrisa débil:
—Perdón…
estaba recordando cuando fui con Laura, y con nuestras amigas Charlie y Kim, a
la isla Little Saint James. Lo que encontramos allí fue muy… —sacudió la cabeza—
Bueno, estamos a punto de invadir otra isla privada, y me hizo recordar.
Marietta
colocó su mano sobre el antebrazo de Jenny.
—Entiendo;
no te apures. Pero esto será muy distinto. Ari Heller será un desgraciado
imperialista que apoya a Ronald Drumpf y la guerra en Palestina, pero en otros
aspectos, hasta donde sé, es un hombre bastante decente, en lo que cabe,
incluso generoso con causas benéficas. Por eso pienso que sus acciones y
declaraciones en el último año se deben no a crueldad, sino a que el gobierno
de su país lo tiene adoctrinado, por la manipulación mediática —su mano dio un
último apretón—. Pero no encontraremos nada semejante a lo que hayas visto
allá.
Jenny
asintió, y sonrió agradecida; no eran sólo las cosas que habían encontrado en
su exploración, sino aquella presencia
extraña… aquello que el doctor chino que conocieron más tarde había denominado
con el mote simplista de la Garra… lo que la perturbaba. Pocas veces había
encontrado algo capaz de hacerle sentir totalmente fuera de control. Pero
Marietta tenía razón; aquí no habría nada semejante. Además, Tamara Drew había
tenido una excelente idea al retar públicamente a Ari Heller en su perfil de
Facebook, de parte de Marietta; así, él creería que ella se encontraba hoy
ocupada realizando algún conjuro, y no sospecharía —ni percibiría— que estaban
en su isla. Era el momento ideal para explorarla sin oposición.
Ambas
mujeres se apearon del auto, y la capa de Marietta ondeó en el viento de aroma
salino; el movimiento rojo y el ruido de las portezuelas al cerrarse hicieron
que el vigilante alzara la mirada. Angous era viejo; se rehusaba a retirarse, y
era vigoroso, por lo que los vecinos, que le tenían cariño, habían acordado
dejarle estar en su puesto hasta que él mismo lo decidiera. Era, pues, bastante
viejo para haber visto, de niño, a una mujer con una capa roja muy similar, y un
antifaz, que había estado en North Berwick en tiempos de la Guerra Fría,
buscando algo que unos agentes de más allá de la Cortina de Hierro codiciaban. La
había visto impedir que tomasen como rehenes a sus padres en la posada que
administraban. Sí; para Angous, aquel vistazo a la misteriosa Lady Satán había
sido un momento de emoción inolvidable. Por eso, al ver a una mujer ataviada de
manera muy similar, no prestó atención a la otra chica, de ropa ordinaria, con
jeans, una bufanda y una especie de goggles sobre la cabeza; por un instante,
sintió que lo tocaba el pasado. Y cuando las dos mujeres se tomaron de las
manos y su vista se emborronó un instante, se frotó los ojos para mirarla
mejor… pero al retirar sus manos, ambas habían desaparecido, dejando atrás su
auto abandonado en mitad de la calle.
Angous,
viejo habitante de las mucho más viejas tierras escocesas, había visto algunos
fantasmas y wights en sus años acumulados, por lo que no dudó de sus sentidos;
por el contrario, soltó una carcajada, convencido de que Lady Satán había
regresado por un instante al mundo de los vivos para dejarse vislumbrar. No
estaba tan errado, aunque esta Lady Satán no fuese un espíritu, sino la nieta
de la mujer que había visto de niño en la posada de sus padres.
***
Ari
Heller se incorporó de la mesa del desayuno con un gesto exasperado. Se dirigió
a grandes zancadas a su escritorio, y tomó de la bandeja de su impresora la
hoja que había salido de ella la noche anterior. Era un dibujo a color, una
mujer con un vestido y una capa rojas bajo un firmamento nuboso, con un globo
de diálogo a la manera de un cómic que decía “It’s on, ***ch!” Censurado,
incluso, como si procediera de una publicación juvenil. Según había averiguado
su staff, la cuenta que lo había posteado como respuesta a su post acerca de
sus intenciones de apoyar con sus poderes psíquicos al equipo de Inglaterra en
contra del de México en la Copa Mundial era, predeciblemente, la del artista
que lo había realizado; un artista mexicano. Pero ya tenía noticias de la mujer
representada allí, gracias a sus contactos del Mossad y del FBI; era conocida
como Lady Satán, y según se rumoraba, realizaba acciones subversivas en contra
del gobierno norteamericano desde hacía un par de años, no sólo de sabotaje,
sino también valiéndose de brujería. Y a diferencia de muchos de los agentes de
inteligencia con que solía dialogar, Ari Heller sabía que la brujería no era
algo para desdeñar.
Desde
que despertó esa mañana, Lady Satán había venido a su mente. Hoy, a la hora del
partido de futbol entre Inglaterra y México, Heller se proponía concentrarse en
el triunfo de los ingleses; había decidido imprimir esta imagen para bloquear,
a través de ella, cualquier trabajo mágico que aquella bruja pidiese llevar a
cabo a favor de los mexicanos. Pero conforme avanzaba el día, el presentimiento
de que Lady Satán le causaría problemas era cada vez más intenso.
Dejó
la ilustración en el escritorio y caminó hacia un librero; allí, en un espacio
privilegiado, se hallaba una de las numerosas piezas excepcionales que formaban
parte de su colección: una bella calavera de cristal, de tamaño natural, con la
parte trasera del cráneo alargado horizontalmente. Lo había recibido como
obsequio de manos del presidente de México, cuando éste lo invitó, con todos
los gastos pagados, a ir a su país y llevar a cabo una demostración de sus
facultades en la residencia presidencial de Los Pinos; entre 1976 y 1978, había
descubierto vetas de petróleo valiéndose de un péndulo, y fungió como asesor en
cuestiones psíquicas y esotéricas para el presidente López Portillo. Éste lo
había recompensado generosamente; y entre otras cosas, le había regalado esta
calavera, la cual, según le explicó, había sido encontrada en una pirámide.
Heller estaba convencido de que la forma del cráneo había sido inspirada por
visitantes extraterrestres.
Ya
casi era la hora de ponerse a trabajar. Se proponía despertar toda la energía
sobrenatural milenaria que impregnaba la calavera con sus poderes psíquicos, y
utilizarla para impedir que el equipo mexicano pudiese meter un solo gol en el
juego contra Inglaterra. Había prometido públicamente impulsar el triunfo de
Inglaterra, y lo haría; no haría daño a los mexicanos, era algo que él no
haría, pero sí los llevaría a la derrota.
Además
de sujetar y bloquear a Lady Satán para que no pudiese oponerse a sus planes.
La inquietud que experimentaba era una indicación de que ella tenía verdaderas
posibilidades de presentar un obstáculo; se sentía ya vulnerado por ella, y
después de todo, el mero hecho de tenerla presente era ya un logro para aquella
bruja. Antes de trabajar sobre el partido de futbol, se ocuparía de ella. Y no
podía permitirse subestimarla; seguramente ella estaría trabajando con su
coven, y ya que se encontraba en México, probablemente también con el coven del
ilustrador cuya cuenta había utilizado para retarlo. Ari Heller no trabajaba
con ningún coven o equipo, si bien su declaración pública era algo aun más
poderoso: sus innumerables fans y seguidores, creyentes en su poder psíquico,
alimentarían su propósito con su fe acumulada en que él cumpliría su promesa; y
era la energía de esa certeza colectiva, y no su fuerza propia, la que
dirigiría hacia frustrar el juego de los mexicanos. El mismo método que le
había funcionado tantas veces para un simple acto de doblar cucharas. Con eso,
concentrado en la calavera de cristal y combinado con la energía de ésta, el
éxito estaba asegurado.
Aun
así, no iba a escatimar esfuerzos. Con la calavera en la mano, se detuvo a
medio camino al dirigirse a su santuario privado, cambió de opinión y regresó a
su escritorio. Tomó su celular, llamó, y dijo:
—Jack,
necesito un pasaje para North Berwick de inmediato. Y por favor prepara el
helicóptero.
—Sí
señor Heller —respondió la voz de Jack al otro lado. Heller tomó la ilustración
de Lady Satán, notando que por poco la olvidaba, y se encaminó al aeropuerto.
El ejército israelí solía arreglar su transporte en cualquier horario cuando
surgía alguna emergencia, como ahora, en agradecimiento a su apoyo moral y
táctico a las tropas en Irán; eran ellos quienes habían puesto a su disposición
un helicóptero privado en North Berwick, para poder trasladarse a la isla de
Lamb cuando lo requería.
Se
proponía utilizar todos los recursos a su alcance; en pocas ocasiones se había
valido del lugar de poder que había localizado y potenciado en la cumbre de la
isla de Lamb, y este era un momento idóneo para ello.
***
Un
pasto largo crecía bajo sus pies. Marietta tuvo un momento de vértigo que cesó
de inmediato; estaba dando un paso, y al completarlo, un suelo totalmente
distinto se hallaba bajo sus pies, y además empinado; se encontraban en la
ladera de la colina que abarcaba prácticamente la totalidad de la isla. Un
sitio agradable a primera vista; era extraño ver una isla libre de toda
construcción humana, por pequeña que fuera. Claro, el acceso era difícil, dado
el peligro que presentaban las rocas adyacentes y las fuertes corrientes.
—Está
bonita —comentó Jenny—, pero no veo para qué la quiere Ari. ¿Es algo así como
un retiro, o un sitio para hacer sus picnics? Entonces sí lo entendería.
Marietta
sonrió.
—Con
ojos de bruja la cosa no es tan simple —repuso, mientras empezaba a caminar—.
Heller exploró la historia del lugar con su clarividencia; asegura que aquí
llegó a estar Scota, una hija de un faraón, que según la leyenda escrita en los
Lebor Ghábala Eireann, fue la madre
epónima de gaélicos y escoceses. Yo pienso que Scota es sólo un mito, pero sí
pudo haber alguna mujer egipcia que lo inspirase. Lo que sí pude constatar,
pues lo comprobé con un mapa de las Islas Británicas, es que aquí hay un cruce
importante de senderos feéricos, lo que comúnmente se llama líneas Ley;
corrientes de energía telúrica —Jenny asintió con la cabeza; estaba
familiarizada con el concepto—. Pero Heller no se quedó allí; él cree que Scota
encontró importante la disposición de la isla en relación con las islas
vecinos, Fidra y Cragleith, que sería similar a las posiciones relativas de las
pirámides de Egipto entre sí.
—Y
por lo tanto a las estrellas del cinturón de Orión —intervino Jenny—. ¡Hey,
como me decía Charlie, las cosas raras son lo mío!
Marietta
alzó las cejas.
—Nunca
me ha convencido lo de las estrellas de Orión y las pirámides, pero en fin,
estoy segura que a Heller no se le escapó eso. Él cree que Scota ocultó un
tesoro en esta isla, incluso pasó una noche aquí buscándolo. Fidra por cierto
fue visitada por Robert Louis Stevenson, y fue una de sus inspiraciones para La
isla del tesoro; tal vez eso influyó a su vez en Heller.
Mientras
caminaban por el perímetro de la isla, Marietta iba asumiendo un estado
receptivo; Heller tenía razón en una cosa, había una gran fuerza en esta tierra
antigua. El territorio escocés era intenso en vitalidad espiritual, y Lamb, una
extensión del mismo, no era excepción. Había algo muy activo allí, en lo
profundo…
La
isla de Lamb había pertenecido al lairdship de Dirleton hasta ser adquirida por
Ari Heller en 2009. En una isla que carecía de interés para la persona común,
fuera de que su inaccesibilidad para los navegantes le había ganado el mote de
“isla de los suicidios”, él había sido capaz de ver aquello que no era evidente
a la luz del día.
—Heller
tenía una gran idea al principio —dijo Marietta—. Declaró la isla de Lamb una
nación simbólica; un sitio abierto a todos los pueblos, y todas las creencias.
No importaba que nadie viviese aquí; su concepto era un prototipo simbólico
para una nación del futuro, un país sin restricciones o prejuicios; Heller
otorgaba ciudadanía a todas las víctimas pasadas y presentes de los juicios por
brujería. Y siendo contactado él mismo, declaró que cualquier visitante
extraterrestre era bienvenido aquí. Era utópico, pero con un aspecto útil;
podías solicitar nacionalidad simbólica, y los fondos recabados eran dirigidos
a causas benéficas.
—Pues
no suena mal para nada —observó Jenny—. Pero dices que Heller es drumpfista.
—Al
final es un ciudadano israelí —explicó Marietta—, y la propaganda de Neshayahu,
los medios sesgados, han hecho que vean en los Estados Unidos de Drumpf un
aliado valioso en su guerra contra el Estado islámico, que para ellos es
sinónimo de terrorismo. Claro que hay sectas radicales y organizaciones
terroristas, eso nadie lo puede negar; pero la propaganda se ha enfocado en
borrar los límites, en hacer creer que el Islam es sinónimo de dictadura y de
terrorismo. Neshayahu desprecia a Drumpf; pero lo ha impulsado a iniciar una
guerra desastrosa. Nos ha arrastrado a una Tercera Guerra Mundial sin mirar las
consecuencias. Y Ari Heller está cegado por esa visión. Aprovecha cada
oportunidad que tiene para atraer la atención de Drumpf y ofrecerle su ayuda,
pretende convertirse en su asesor y protector, así como lo hizo hace mucho con
el gobierno mexicano. Le ofreció su isla como base de reabastecimiento para las
fuerzas armadas que los Estados Unidos enviaban a Palestina, incluso posteó en
sus redes sociales una fotografía editada de un navío militar al lado de la
isla. Heller ha hablado del interés que Drumpf ha mostrado en apoderarse de
Groenlandia; declaró que allí se encontraba algo que sacudiría al mundo si se
supiera, y que estaba vinculado a la isla de Lamb. ¡Llegó al extremo de ofrecer
la isla como un posible estado norteamericano cincuenta y uno!
Jenny
se había enfadado con sólo escuchar todo esto.
—¿O
sea que pasó de presentar su isla como un paraíso de armonía entre los pueblos
a ponerla al servicio de un ejército y contribuir a la matanza sistemática de
civiles en Gaza? Está traicionando sus propios ideales. Entiendo que Drumpf sea
visto como aliado de su país, ¿pero qué no ve cómo ha convertido Norteamérica
en un Estado fascista? Siendo israelí, no entiendo cómo puede apoyarlo. ¡A ti y
a mí nos consta que los Neonazis son de los primeros en trabajar para Drumpf! (1) El
Nazismo hizo lo mismo, identificar a la corrupción económica de algunos grupos
con el judaísmo, para justificar su exterminio. Ahora ocurre lo mismo con el
Islam.
—Eso
sólo muestra que lo peor de la naturaleza humana puede salir cuando gente
ambiciosa está en el poder, no importa de qué bando, etnia, religión o
nacionalidad sea. Quien incita al odio y a la matanza es el enemigo, no importa
quién sea.
Ambas
guardaron silencio después de esto; sus ánimos eran más sombríos debido al giro
que había tomado la conversación. Pero en el caso de Lady Satán, era un
recordatorio de por qué estaban aquí, y reforzaba su determinación. Las
reiteradas ofertas de Heller a Drumpf no habían obtenido respuesta en las redes
sociales y los medios, pero cuestiones de inteligencia no se determinaban en
público, y ella sospechaba que ya se había resuelto algo.
Marietta,
que iba más delante en ese momento, detuvo a Jenny con un gesto. Ésta se
aproximó con cautela y miró alrededor de unas matas, a lo que fuera que su
compañera espiaba. Había un helicóptero allí. Un hombre, presumiblemente el
piloto, se hallaba apoyado en un costado, fumando; llevaba el uniforme del
ejército israelí.
—Por
lo menos no es norteamericano —murmuró Jenny.
—Lo
que no le resta gravedad al asunto —replicó Marietta—. La presencia de un
ejército extranjero en territorio escocés constituye una violación de las leyes
internacionales, aunque no me sorprende. Heller ya ha trabajado con ellos
públicamente.
—Ahora
hay que ver qué es lo que hacen aquí. Esto es demasiado pequeño; quizá su
destacamento está al otro lado de la isla. Si subimos al cerro, podemos mirar
desde allí.
—Pero
también nos verían, aún hay luz del día. No; vamos a hacer algo más directo —Lady
Satán tomó una curiosa pistola alargada que traía oculta en su cintura, bajo
los pliegues de su capa. Jenny no había visto una similar.
—¡Oye,
no hace falta esa violencia! —Lady Satán la silenció con un ademán, y apuntó al
piloto.
—No
dispara balas —explicó, y apretó el gatillo. El hombre miró su pecho y soltó su
cigarrillo; alarmado, su mano buscó su radio portátil, lo tomó, y luego éste
cayó de sus dedos temblorosos; intentó caminar, dio un traspié y se fue de
bruces.
Lady
Satán caminó hacia él, con actitud tranquila pero mirando alrededor para
cerciorarse de que no había nadie más. Jenny la siguió, y vio cómo retiraba el
pequeño dardo del pecho del hombre, el cual las miraba con ojos desorbitados, y
sus labios se retorcían intentando hablar.
—Parálisis
muscular —explicó Lady Satán—. Durará lo suficiente para que sigamos
explorando. Ayúdame —Jenny lo tomó de los brazos, y Lady Satán sujetó sus
piernas; así, lo subieron al helicóptero para que no quedase a la vista. Jenny
subió primero, y tiró.
—¡Cuidado!
—exclamó Lady Satán. Jenny escuchó un chasquido detrás suyo.
—Las
manos en la cabeza —dijo una voz masculina. Jenny volteó, y miró directamente
al cañón de un rifle.
—Pero…
—¡Hazlo!
—el soldado agitó el arma; Jenny alzó las cejas, y se llevó las manos a la
cabeza, soltando a su prisionero. Marietta ya había soltado las piernas de
éste, de manera que se desplomó al suelo; Jenny se echó hacia atrás, y Marietta
disparó otro dardo hacia el agresor. El soldado miró su pecho, asustado: el
dardo sobresalía de su chaleco protector. Pero había dejado de apuntar a Jenny,
y ella aprovechó el momento: se echó de espaldas y sujetó el cañón del rifle,
tirando hacia abajo, y mientras éste se disparaba de manera inocua, ella cayó
sobre su espalda y soltó una patada al rostro del soldado, el cual cayó,
soltando el arma.
Unos
minutos más tarde, las dos mujeres tenían a ambos soldados inconscientes y, por
precaución, bien atados, a bordo del helicóptero.
—El
motor está caliente —señaló Lady Satán, tocando el metal—. Arribó hace poco. Lo
malo es que la toxina también le impide hablar, no podremos interrogarlo.
—Vamos
entonces —Jenny saltó fuera del helicóptero.
Lady
Satán ya caminaba directamente hacia la ladera, y empezó a subir. Había
detectado un cúmulo de maleza que tenía una tonalidad distinta, y no parecía
unificarse con el resto de la vegetación circundante. En cuanto lo alcanzó,
confirmó sus sospechas: se trataba de plantas artificiales, de plástico. No fue
difícil detectar los contornos de una puerta camuflada. Estaba cerrada, pero se
trataba de un simple cerrojo interno, ni siquiera requería una llave. Los
creadores no esperaban que nadie buscase algo allí. Sin embargo, estaba algo
atorada, y tuvieron que esforzarse juntas para abrirla. La puerta era
rectangular, de una anchura de tres metros y una altura de dos, y se abría
hacia abajo, como el puente levadizo de un castillo medieval.
Entraron
a un pasaje de anchura similar, lo bastante alto para caminar de pie,
apuntalado a la manera de una mina con vigas de acero. Lady Satán encendió una
linterna, y Jenny se alumbró el camino con su celular. Una decena de metros más
adelante, el túnel se ensanchaba aun más al llegar a un espacio amplio. Todo estaba
en tinieblas, por lo que no esperaban encontrar a nadie allí. ¿En dónde
estarían entonces los pasajeros del helicóptero?
Al
mirar dentro de aquel espacio subterráneo, ambas se detuvieron sorprendidas.
Allí había una treintena de enormes drones militares, con metrallas y, en
algunos casos, unas armas que semejaban superficialmente una bazuca.
—Tienen
logos del ejército norteamericano, y no de Israel —señaló Jenny. Marietta
asintió.
—Parece
que le tomaron la palabra a Heller. Y esto se pone cada vez peor; estoy segura
que los gobiernos de las Islas Británicas no saben nada de la presencia de este
pequeño arsenal extranjero.
—¿Es
lo que buscabas?
—Esperaba
más bien una base de reabastecimiento de combustible, un centro de
comunicaciones, o algo así. Pero no importa; en todos los casos, mi plan no
varía —Lady Satán empezó a colocar una especie de plastilina en el dron más
próximo; un rollo de cable delgado colgaba de su brazo.
—¿Explosivo
plástico? —Jenny estaba asombrada— ¿Dónde cargas todas esas cosas en ese
vestidito?
Lady
Satán le dedicó una sonrisa torcida.
—Miren
quién se asombra de mis pequeños trucos.
Prosiguió
colocando el explosivo, y los cables, en cada uno de los drones, mientras Jenny
miraba alrededor. En los rincones de aquella cueva artificial había algunos
equipos y herramientas, pero nada más. Encontró un frigorífico del cual extrajo
un Dr. Pepper; le ofreció uno a Marietta, pero ya se había concentrado en su
actividad de sabotaje y no quería distracciones. Jenny dejó una lata fuera para
dársela más tarde, cuando hubiera concluido; probó ponerla en el bolsillo de su
chamarra de mezclilla, y apenas cabía, pero se sostenía bien. Luego continuó
mirando alrededor; vio lo que parecía un cristal de cuarzo en el suelo, y se
acuclilló para tomarlo. Tuvo que aflojar la tierra un poco valiéndose de un
destornillador tomado de una caja de herramientas, pero consiguió sacarlo.
Regresó al frigorífico; a un lado de éste se hallaba una caja con botellas de
agua, y lavó el cristal con una de ellas.
Lady
Satán se aproximó a mirar lo que hacía.
—¿Puedo
ver eso? —tomó el cristal y lo estudió con gran concentración. Entonces lo
cubrió entre ambas manos y cerró los ojos, guardando silencio. Jenny evitó
hacer ruido, aunque no estaba segura de lo que Lady Satán estaba haciendo. El
silencio se prolongó, y Jenny tomó su lata de refresco del suelo; bebió un sorbo
intentando no hacer ruido, mirando el rostro quieto de su compañera, y pegó un
brinco cuando los ojos de ésta se abrieron.
Lady
Satán se acuclilló, trazó un símbolo en la tierra suelta con su dedo índice, y
luego colocó su palma extendida sobre él.
Luego
de unos momentos, se incorporó.
—Es
piedra vitrificada —dijo, devolviendo el cristal a Jenny—. Las leyendas dicen
que son restos de las antiguas fortalezas de los gigantes. Y aquí hay algo; uno
de los Durmientes se encuentra bajo esta isla.
—¿Durmientes?
—Una
fuerza antigua, de caos, de la oscuridad de los primeros tiempos. Su tiempo ha
pasado, y reposan en espera de que sea su tiempo de nuevo. Seguramente fue eso
lo que atrajo a Heller. En algo tiene razón; ese sitio es potente… y ya veo qué
es lo que tiene en común con Groenlandia —miró a Jenny y se permitió de nuevo
una ligera sonrisa; pero esta vez era tensa, decidida—. Pero esa es nuestra
ventaja. Él puede reconocer lo que hay aquí, evocarlo… pero yo lo siento en mi
sangre.
“Vamos
ahora —Lady Satán se dirigió a la salida. Jenny la siguió, mientras daba
vueltas en su cabeza a lo que le había dicho. Gigantes, durmientes… ¿se refería
a algo como los Antiguos de Lovecraft? ¿O a otra cosa?
—Entonces,
¿nos vamos a la costa para detonar la cueva? —preguntó Jenny, una vez
estuvieron fuera, pero Lady Satán negó con la cabeza.
—Alguien
vino en ese helicóptero, quiero saber dónde están. Debe haber algo más en la
isla.
Empezó
a subir por la colina, y Jenny fue tras ella. El promontorio no era muy
empinado, y la subida era fácil. Lady Satán subía con pasos firmes, y en unos
minutos ya se encontraba próxima a la cima. Jenny no sentía urgencia, y aunque
intentaba no quedarse atrás, ponía más atención a sus alrededores, por si
alguna persona, o incluso una cámara, pudiera detectar su presencia.
El
suelo perdía poco a poco su inclinación; Lady Satán estaba llegando a su
objetivo, aprovechar la ventaja de la cumbre para mirar alrededor. Ahora que
los explosivos estaban plantados, no le preocupaba mucho ser vista, ya que en
cualquier momento podrían emprender una retirada rápida. Pero su avance paró de
golpe cuando, más allá de la curvatura de la cima, quedó a la vista un hombre. Inmóvil,
Lady Satán se encontró mirando a los ojos a Ari Heller.
***
Ari
Heller había abandonado el helicóptero con una pequeña mochila en sus manos; le
indicó al piloto que lo aguardara un par de horas. Con eso debía bastar. Subió
a la cumbre de la colina que constituía la mayor parte de la isla, y en unos
minutos llegó al sitio indicado. No vio a ningún soldado norteamericano por
allí; se alegró de ello, le evitaría seguir protocolos engorrosos para asegurar
que no le interrumpieran.
El
viento salado era fuerte allí arriba. Abrió la mochila y extrajo de ella tres
esferas de cuarzo del tamaño de un puño, las cuales colocó en huecos que hacía
mucho había hecho para alojarlos; él mismo se colocó en el centro del triángulo
que formaban. Tomó una botella de vino, y la derramó trazando una
circunferencia. Entonces extrajo el último objeto que había traído, y arrojó la
mochila vacía más allá del círculo, para sostener ese objeto en ambas manos.
Miró fijamente las cuencas oculares de la calavera de cristal.
Respiró
hondo, y cerró los ojos, dejando que la energía de la isla lo invadiera. Las
esferas que había colocado eran réplicas más pequeñas de otra esfera, más grande
y más vieja, que él mismo había enterrado en este punto; una esfera de cristal
que había pertenecido a Albert Einstein. Ari Heller lo ignoraba, pero Einstein
había sido él mismo depositario de ella a petición de una mujer que se habría
opuesto a los propósitos que ahora cultivaba él: una legendaria combatiente
rusa llamada Octobriana, la cual tarde o temprano vendría a reclamar su esfera;
pero eso no sucedería hoy.
Había
otro artefacto que había sepultado allí: un antiguo ídolo de Set-Typhon, que
había rescatado de las ruinas del castillo del barón Brouillard, en el pico de
Blocksberg, a finales de 1976, guiado por las visiones mal recordadas que le
había dejado un extraño episodio de letargo que había durado varios días.
Heller estaba convencido de que la entidad representada era realmente un
emisario extraterrestre procedente de la estrella polar, llamada Typhon o Tifón
por los magos egipcios.
Heller
comenzó a entonar un canto mántrico en lengua hebraica, el mismo que había
utilizado en unión con su amigo H.H. Juttak para contactar a los maestros
extrahumanos que ellos conocían como Los Nueve. Estaba convencido de que
aquello que reposaba latente en las entrañas de la isla era una inteligencia
extraterrestre; en caso de que hubiese hablado de ello con Lady Satán, ella
habría tomado esto como otro ejemplo de alguien que había descubierto algo muy
real aunque lo interpretase a través de la lente de sus preconcepciones
personales. Jenny, en caso de presenciar este diálogo hipotético, habría sugerido
que quizá sus perspectivas podrían tener ambas algo de cierto, a pesar de
aproximarse a aquella fuerza telúrica desde ángulos muy distintos.
Pero
semejante diálogo, por desgracia, jamás sería posible. Ahora mismo, sentándose
en el suelo, Heller colocaba la ilustración que representaba a Lady Satán sobre
el pasto, sosteniéndola con un par de guijarros; entonces mojó sus dedos con lo
que restaba del licor, y trazó una letra hebrea sobre la imagen, seguida de un
círculo alrededor. Con esto, él se concentró para obstruir específicamente
cualquier intervención mágica de Lady Satán sobre el partido de futbol que en
esos momentos se llevaba a cabo muy lejos de allí.
—Ni
un solo gol para México —declaró Heller en voz baja—; triunfo total para
Inglaterra. Lady Satán, nada puedes.
Colocó
entonces la calavera de cristal sobre el dibujo para obstruirlo por completo.
Con esto, determinó, en nada podría ella influir en el juego de la Copa
Mundial. No sospechaba que el futbol ni siquiera figuraba en los pensamientos
de su opositora en esos momentos.
Fijó
de nuevo la mirada en las cuencas de la calavera; sin parpadear, su vista se
enfocó hasta que sólo existía la calavera de cristal, inmersa en una
luminosidad metafísica que parecía emanar de ella, y que él veía no con sus
ojos, sino con su visión psíquica. En medio de esa blancura, por un instante,
unos ojos brillantemente azules le devolvieron la mirada; unos ojos femeninos.
¿Lady Satán?, se preguntó; pero no. Por un instante vislumbró un rostro pálido,
joven, con cabello rubio y corto. Si Ari Heller hubiera sabido de la existencia
de Tamara Drew, aprendiza de Lady Satán, la habría reconocido, ya que era ella
quien le presentaba oposición en su empeño en contra de los jugadores
mexicanos. Pero, de nuevo, él ignoraba esto.
Algo,
seguramente su propia percepción intensificada en su ritual, hizo que en ese
momento alzara la mirada hacia donde habría debido ver únicamente el
firmamento, y el horizonte marítimo; en cambio, se encontró mirando a otro par
de ojos femeninos, muy distintos, detrás de unas gafas rojas; los ojos de una
mujer embozada en rojo, con una capa que ondeaba al viento, y en ese instante
se alzaba desde la curvatura descendente de la colina. Por un instante, Ari
Heller estuvo seguro de que se encontraba mirando a la presencia astral de Lady
Satán; pero apretó los párpados, miró el entorno, y comprobó que,
imposiblemente, ella se encontraba aquí en persona.
***
Lady
Satán reaccionó de manera instintiva; extrajo su arma y apuntó a Ari Heller,
mientras éste se ponía de pie al verla. No su pistola de dardos, sino su
revólver. Los ojos de Heller estaban muy abiertos por el impacto de verla, y
ahora se llenaron de alarma al ver su arma. Extendió una mano hacia ella.
La
acción de Lady Satán había sido puramente defensiva; a no ser por la sorpresa
del momento, no habría apuntado su arma hacia un hombre desarmado. Pero ahora
percibió instintivamente que Heller estaba haciendo algo en contra suya.
Recapacitando, apuntó el cañón al suelo, al pasto, proponiéndose hacer un
disparo de advertencia. Presionó el gatillo, pero no hubo detonación.
Desconcertada,
lo accionó de nuevo una, otra vez. Ahora su atención no estaba en Heller sino
en su arma, y de haberse disparado la última vez, le habría dado
inadvertidamente al psíquico en el pecho. Pero algo impedía que se disparase.
Algo…
Heller.
Lady
Satán arrojó el arma al suelo, y caminó hacia él con determinación. Al subir un
poco más por la curvatura de la cumbre, la calavera de cristal entró en su
campo de visión.
—No
puedes estar aquí —dijo al fin Ari Heller.
—El
ejército norteamericano no puede estar aquí —repuso ella—. Y tampoco el
israelí.
—Esta
es mi isla, y es mi decisión.
—No
voy a entrar en debates con el rey de una isla vacía —Lady Satán se cruzó de
brazos, encarándolo a unos pocos metros de distancia.
—¿Hasta
dónde piensas llegar para asegurar el partido? —preguntó Heller de repente— ¿Te
pagaron por ello?
Lady
Satán lo miró perpleja; no tenía idea de lo que estaba hablando. Entonces
comprendió, y soltó una risita.
—¿Viniste
aquí sólo por lo del Mundial? ¿En serio crees que me importa un juego? —miró
hacia abajo, y notó por primera vez la disposición de los elementos rituales de
Heller. La calavera de cristal atrajo su atención; era extraordinaria. No había
visto una con esa forma craneal. Recordó la usanza maya de distorsionar sus
cráneos, y se preguntó si lo habrían creado ellos—. ¿Pero qué es esto? —se
acuclilló y tiró de la hoja de papel que se hallaba parcialmente cubierta por
la calavera: era el retrato de ella misma que Tammy había editado y posteado en
respuesta a Heller. Le dijo con una sonrisa cínica—: ¡Vaya, Ari, no creí que te
importara tanto!
—Era
una distracción —dijo entonces Ari Heller, comprendiéndolo—. Para que no
sospechara que vendrías aquí. Pero tú tampoco esperabas que yo viniera a la
isla —esta vez fue él quien sonrió—. Después de todo intuí tu engaño, y eso me
trajo.
Lady
Satán se incorporó, y lo pensó un momento.
—Y
al fin, ¿encontraste oposición a tus esfuerzos por influir el partido?
—No
fue suficiente —repuso él—. Estoy seguro que México se irá sin un solo gol, me
aseguré de ello.
Los
ojos de Heller se desviaron, y Lady Satán notó que Jenny Everywhere se
aproximaba a ellos, con pasos tranquilos; no parecía preocuparle la situación,
pues estaba mirando su celular.
—Pues
parece que tuviste éxito, Ari —dijo Jenny—, pero con ese último comentario te
puedes morder la lengua. Escuchen esto —Jenny presionó su celular para que
pudieran escuchar el audio de un reel, y la voz de algún comentarista decía:
“Así
concluye la trayectoria de México en el Mundial, con el triunfo de Inglaterra;
pero podemos estar de acuerdo en que los mexicanos fueron quienes jugaron
mejor, y no se retiran sin haber reclamado un gol en la cancha de su
adversario…”
Jenny
lo pausó, y les sonrió.
—Bueno
—esta vez fue Heller quien se cruzó de brazos y miró a Lady Satán con actitud
fanfarrona—. Puedes tener la satisfacción de que tus brujerías fueron bastante
fuertes para conseguir un gol, aunque logré el triunfo de Inglaterra.
—No
fueron “mis brujerías”, yo no hice nada —repuso Lady Satán—. Hay cierta chica
que acaba de cumplir los dieciocho que fue quien tuvo la idea de retarte con
ese dibujo; fue ella sola quien se te opuso. Sus “brujerías” —sonrió
mostrándole los dientes—; fue ella a quien te opusiste, y que por poco te gana.
Ari
ya no sonreía. El rostro de ojos azules y cabello corto que había vislumbrado
regresó a su memoria.
—Es
lo que sacas por equivocarte de bando —añadió Jenny—, y por andar incitando a
que los británicos dejaran sin empleo a sus empleados mexicanos (2).
Lady
Satán se acuclilló para mirar la calavera de cristal.
—Es
una maravilla —comentó, con genuina admiración—. Bien podría ser la misma que
estuvo en posesión de Ambrose Bierce y de Pancho Villa, ¿no creen? —entonces
musitó unas palabras, unos nombres, en una lengua arcaica, que Heller no
alcanzó a escuchar, y se llevó la punta de su dedo índice a los labios. Con su
saliva, muy rápido antes que Ari Heller alcanzara a reaccionar más allá de una
protesta perpleja, trazó en la frente de la calavera un símbolo; el mismo que
había trazado antes en el suelo de tierra del almacén clandestino de armas.
Luego colocó la palma de la mano sobre el cráneo, cerró los ojos y habló, en un
susurro, ignorando la voz de Heller; no le hablaba a él, sino a aquello que se
encontraba en lo profundo de la isla, algo vasto, algo antiguo. Sus palabras, inaudibles
para oídos humanos, resonaron a través de la calavera y del suelo mismo—:
Espíritu bajo la tierra y las aguas, aparta tu fuerza de las manos de este
hombre que se ha proclamado rey de la isla y que sirve a los enemigos del
territorio; despójalo de aquello que ha tomado de ti. Bendiciones de luz y
oscuridad. ¡Iä! ¡Fhtagn!
Tras
sentir que algo resonaba en respuesta, Lady Satán se puso en pie, satisfecha, y
vio que Jenny se había interpuesto para impedir que Ari Heller la
interrumpiera.
—Bueno,
entonces, ¿a qué viniste? —preguntó Heller, un poco más tranquilo al ver que
ella no pretendía apropiarse de la calavera—. Me queda claro que no me buscabas
a mí. ¿Era cuestión de espionaje? ¿Vas a denunciar la presencia del armamento
norteamericano con la OTAN?
—¿Cuál
armamento? —Lady Satán se encogió de hombros— Si no hay nada.
Sus
dedos presionaron el detonador que guardaba en su palma, y una explosión sorda
cimbró la isla bajo sus pies. Ari Heller miró alrededor, perplejo, sin
comprender lo que había sucedido. Volteó a sus espaldas en busca de la fuente
de aquel estruendo, y cuando se volvió de nuevo, apenas percibió de reojo a
Lady Satán y a su compañera; al encarar de nuevo el sitio donde habían estado
un momento antes, ya no había nadie. No podían haberse alejado tan rápido
colina abajo; habían desaparecido. Entonces palideció.
—El
helicóptero —musitó, y se apresuró a descender por la ladera. ¡Si lo que había
explotado era el helicóptero, quedaría varado en la isla! Bajó lo suficiente
para alcanzar a ver el vehículo, y cerciorarse de que se encontraba intacto.
Con alivio, regresó a la cima, molesto, disponiéndose a recoger sus
pertenencias y emprender el regreso a su hogar en la Vieja Jaffa. Se detuvo,
paralizado, al mirar el centro de su círculo mágico: ¡la calavera de cristal
había desaparecido! Allí sólo estaban las piedras con que había sostenido el
dibujo de Lady Satán. Esas malditas brujas habían esperado a que se distrajera
para…
Algo
más atrajo su atención. Se agachó a mirar: allí, en el pasto, justo en el sitio
donde había estado la calavera de cristal momentos antes, había algo rojo; pintura
fresca de spray, que impregnaba las hojas de pasto y la tierra húmeda debajo.
No era fácil discernir los trazos, pero se trataba de una letra. Heller recordó
colérico que Lady Satán solía firmar algunas de sus actividades con una letra S
en pintura roja; pero eso no parecía una S. No; definitivamente era una letra
distinta.
Entonces
la identificó.
Y
Ari Heller soltó un grito ronco de furia impotente; ahora sabía que Lady Satán
y su compañera no habían sido los únicos intrusos en la isla de Lamb.
***
Al
otro día, un servidor se presentó a la puerta de la casa alquilada por Marietta
y Tamara para su estancia en Guadalajara. Había ido, por supuesto, a conocer el
resultado de su incursión; además, quería saber cómo había sido la experiencia de
Tammy en el ritual para contrarrestar a Ari Heller. Antes que nada, Marietta insistió
en ordenar una merienda a un restaurante cercano. Entonces nos acomodamos en la
sala, y Marietta y Jenny comenzaron a narrarnos su aventura.
En
eso estábamos cuando sonó el timbre. Tamara fue a abrir, y Jenny la siguió para
ayudarle a recibir la orden de comida; pero no se trataba del mensajero.
En
el porche se encontraba una mujer cuyos rasgos delataban ascendencia mixta,
japonesa con algo de europea, y un peinado corto de estilo acorde, alta y
atlética; vestía un traje entallado y moderno, algo exótico.
—Buenas
tardes —dijo con un ligero acento, nada menos que francés—, ¿tú eres Tamara
Drew? Las busco a ti y a Marietta Là-bas.
Tamara
y Jenny se miraron, perplejas.
—Perdón
por venir sin avisar —dijo, con una sonrisa cordial—. Mi patrón les ruega lo
disculpen; le habría gustado presentarse directamente con ustedes, pero se
encuentra en medio de un asunto absorbente, en Moscú —tendió una tarjeta a
Tamara, y vimos cómo la miraba con mucha atención. Luego le pasó la tarjeta a
Jenny, la cual soltó un pequeño silbido de asombro. Entonces, sin cuestionar
más, Tammy se hizo a un lado e invitó a la recién llegada a pasar con un ademán.
Marietta y yo nos miramos, extrañados. Tammy nos presentó con ella,
identificando a cada persona presente, y en lugar de darnos la mano, la
desconocida optó por hacer una reverencia muy al estilo oriental.
—Un
placer. Pueden llamarme Escorpión.
—Tammy…
—el tono de Marietta constituía un sutil cuestionamiento. Por toda respuesta,
Tamara miró a Jenny, y ella entregó la tarjeta de presentación a Marietta. La
miré también, mientras ella la estudiaba. No había texto, únicamente una letra
en tinta roja, trazada simulando toscos trazos de pintura que escurría; una
letra que decía muchísimo:
En efecto, ahora sabíamos quién era el misterioso patrón de esta mujer, y por qué se hacía llamar por el nombre de un signo del Zodiaco. Marietta la invitó a sentarse.
—Mi
patrón ha dado seguimiento a la creciente intervención de Ari Heller en la
Guerra Mundial —explicó Escorpión—. Y al darse cuenta del desafío público que
usted le hizo —miraba a Marietta—, decidió aprovechar la oportunidad para hacer
contacto; pero el asunto de Moscú se interpuso, y me encomendó a mí darle
seguimiento. Él únicamente se acercó en dos oportunidades —me miró—. Claro que
hemos leído las crónicas que usted ha ido publicando en su blog, Ars Necronómica; y en la más reciente,
menciona la ocasión en que ustedes conversaban y notaron a un hombre extraño
que les miraba. Asumieron que se trataba de un agente del Mossad. En realidad,
era mi patrón; él se comportó de manera deliberadamente sospechosa para hacerse
notar, una pequeña diversión suya.
Tamara
Drew y yo nos miramos, asombrados, al comprender a quién habíamos visto
realmente ese día, encubierto con un disfraz.
—La
segunda ocasión fue en la isla —prosiguió Escorpión—. Él estaba allí cuando
ustedes encararon a Ari Heller; de hecho —añadió con una pequeña sonrisa— se
retiró de allí con una nueva adición para su colección personal; ¡la calavera
de cristal!
—¡Bien!
—exclamó Jenny, y nos reímos al imaginar la frustración de Ari Heller al ser
despojado de su preciada calavera. Era bien sabido que el patrón de Escorpión
era un gran amante y promotor del arte y la historia, y supimos que la calavera
había quedado a buen resguardo; y a salvo de que Heller pretendiera darle mal
uso de nuevo.
—Mi
patrón ha estado vigilando las acciones de Ari Heller desde que él y yo lo
encontramos, en 1976, en un castillo del Blocksberg, los montes Hartz. A raíz
de ciertas cosas que ocurrieron allí, Heller pasó varias semanas en una especie
de… coma, digamos (3).
Pero se recuperó de ese estado, y casi enseguida, se marchó a su prolongada
serie de actividades aquí en México, aceptando la invitación del presidente
López Portillo que anteriormente había declinado.
“Esa
experiencia cambió mucho la perspectiva del señor Fa… de mi patrón, en lo que
se refiere a Heller y a sus facultades. Eventualmente supimos que Ari Heller
había rescatado de las ruinas de ese castillo una estatua, y creemos que la
llevó a la isla; estando allí, intentó encontrarla, sin éxito —Escorpión miró a
Marietta sabiendo que sabría de lo que hablaba—. Una estatua de Set-Typhon.
Marietta
se puso tensa.
—¿De
casualidad tuvo algo que ver el barón Brouillard?
—Espera
espera —dijo Jenny—. ¿Dijiste en 1976? Yo diría que tienes unos cuarenta años a
lo mucho.
Escorpión
sonrió.
—El
profesor Semo debería hacer públicos sus tratamientos de preservación —dijo,
con deliberada vaguedad; entonces cambió el tema—. Pues bien; mi patrón
consideró conveniente confirmar algo que, según creemos, ustedes ya han observado:
hay fuerzas detrás de los movimientos políticos actuales que han desviado al
mundo con toda intención para hundirnos en la Tercera Guerra Mundial. Para
detener el crecimiento de las dictaduras fascistas y apocalípticas, es
necesario ser conscientes de esas fuerzas. Reencaminar al mundo hacia su
destino apropiado, que fue escrito por los acontecimientos del pasado.
—Veo
que el señor F entiende lo que algunas personas estamos haciendo —replicó
Marietta.
—Hay
más gente consciente de esto y en lucha activa de lo que muchos sospechan —Escorpión
asintió—. Claro que no existe ninguna organización, como la fantasmal “AntiFa”
que el gobierno norteamericano utiliza como excusa para perseguir a sus
detractores; esto es más similar a lo que H.G. Wells denominó una “conspiración
abierta”. Una “gran masa asimilativa, dispersa y sin cohesión, de movimientos,
grupos y sociedades”. No puede ser neutralizada porque no hay un núcleo, un
líder; hay un número cada vez mayor de individuos, y de círculos pequeños, que
ven lo que está mal en el mundo y adoptan estrategias en común para oponerse a
ello. Un trabajo en equipo generalizado, sin que exista un equipo como tal. La
humanidad resistiéndose al retroceso.
Marietta
asintió.
—Las
fuerzas del Destino están en todos nosotros —afirmó.
En
ese momento el timbre sonó de nuevo, y Jenny fue a recibir la cena; el resto
callamos, pero las palabras de Lady Satán hacían eco silente en la habitación.
Créditos
“Enfrentamiento en la isla de Heller — La amenaza de la calavera de
cristal III” Copyright © 2026 Luis G. Abbadie. Debe ser reproducida siempre
acreditando al autor.
Tamara Drew es creación original de Luis G. Abbadie, y apareció por
primera vez en Nancy y el misterio del grimorio. Siete pasos hacia el
Abismo (Tubal Albainn, 2026).
Lady Satán, publicada originalmente en Dynamic Comics 2
(1941) y 3 (1942) y en Red Seal Comics 17 (1946) y
subsecuentes, su versión más conocida fue creada por George Tuska; es del
dominio público debido a singularidades legales.
El personaje Jenny Everywhere está disponible para su uso por cualquier
persona, con una sola condición: este párrafo debe incluirse en cualquier
publicación que involucre a Jenny Everywhere, para que otros puedan utilizar
esta propiedad como deseen. Todos los derechos revertidos.
Fantomas fue creado por Marcel Allain y Pierre Souvestre en 1911, y
actualmente es de dominio público. Su versión mexicana fue adaptada por
Guillermo Mendizábal y Rubén Lara en 1966.
Ari Heller fue creado por Gonzalo Martré y Víctor Cruz en “La
sobrenatural estatua de oro”, historia publicada en Fantomas la Amenaza
Elegante 2-265 (1976); es retomado aquí a manera de homenaje a las obras de sus
creadores.
Los Héroes Convocables es una serie de relatos que retoman a personajes
clásicos de dominio público, huérfanos o con derechos liberados, para traerlos
a enfrentar los desafíos del mundo actual.
Esta es una obra de ficción, en ella cualquier semejanza con personajes
y situaciones reales se sujeta a las normas de la parodia, y no pretende en
ningún momento constituir una representación fidedigna de la realidad.
1) Jenny y Lady Satán se enfrentaron a la organización neonazi Orden del Sol Negro en El collar de Milú: Una aventura en tres centurias y en Intermedio 3.5.
3) Una crónica detallada se encuentra en “La sobrenatural estatua de oro”, por
Gonzalo Martré y Víctor Cruz, historia publicada en Fantomas la Amenaza Elegante 2-265 (1976)



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