jueves, 13 de agosto de 2026

Enfrentamiento en la isla de Heller — La amenaza de la calavera de cristal III

 

 


(Versión en inglés aquí)


A su izquierda, varias residencias grandes y bien cuidadas con tejados holandeses hacían fila, estrechamente situadas entre sí; a la derecha de la calle, en cambio, una hilera de edificios departamentales miraban hacia el mar. Jenny Everywhere detuvo el auto alquilado en el punto donde la calle terminaba de manera abrupta. Allí donde remataba Hamilton Road, un camino estrecho, pavimentado, pero apenas suficiente para un solo auto, proseguía a través de una explanada de césped bien cuidado; un letrero con una figurita que indicaba su uso preferente peatonal lo identificaba como John Muir Way. Un centenar de metros más adelante, se desviaba a la izquierda, y desde la curva, poco más de ciento cincuenta metros más adelante, se encontraba la costa. Allá, en el océano, a poco menos de un kilómetro de la tierra firme, pudieron ver el montículo que constituía su objetivo. La isla de Lamb no podía tener más de unos cien metros de extensión, y no se veía ninguna construcción en ella. Pero aquí, al final de Hamilton Road, a la derecha se encontraba una caseta, y un letrero clavado en tierra que advertía: Emergency and Authorised Vehicles ONLY Beyond This Point. Un vigilante sentado en una silla miraba su celular, y no se molestó en alzar la vista cuando su auto paró no muy lejos de allí.

Jenny miró a su compañera de viaje. Marietta Là-bas, ataviada de rojo como acostumbraba, con la capucha de su capa colgando alrededor de su cuello de manera que el viento agitara su cabello negro, alzó las cejas.

—¿Qué hacemos? —preguntó Jenny— ¿Seguimos a la mala, quieres negociar con el vigilante, o shifteamos desde aquí? —sacudió la cabeza— Te dije que no tenía caso pasar por un auto.

—Prefiero tener siempre una segunda opción —explicó Marietta de manera casual—. De todas formas el camino pavimentado no llega a la costa, y aunque lo convenciéramos de permitirnos el paso, no creo que se quede conforme si atravesamos el césped. Así que hasta aquí llegamos —se colocó sus gafas de cristales rojos, y alzó la capucha sobre su cabeza, y le tendió la mano a Jenny—. ¿Vamos?

Jenny no tomó su mano; hizo una mueca, y repuso:

—Salgamos primero. Si shifteamos sentadas, vamos a llegar sentadas en el aire y nos caeremos. Además, recuerda que tenemos que pasar por algún otro sitio antes de llegar a la isla, y eso puede ser peor.

Marietta asintió. Ella misma seguía sin dar crédito del todo a las capacidades de la Shifter; o por lo menos, a la manera en que ella misma las explicaba o interpretaba. Si tomaba al pie de la letra las afirmaciones de Jenny, lo que hacía era shiftear de esta realidad a otra distinta; a otro universo, lo llamaba ella. Y de allí, regresar a este plano en el sitio deseado. Es decir, irían a ese otro “universo” un instante, recorrerían allí la distancia aproximada a la isla, y entonces regresarían, para encontrarse en ella. A Marietta le costaba creer esto; sin embargo, las había trasladado desde la ciudad de Guadalajara, en México, a North Berwick, en cuestión de minutos; estaban aquí, y no podía negarlo. Por otra parte, Marietta estaba acostumbrada a encontrarse con algunas brujas contaminadas por el mundo de la New Age y los “Lightworkers” que con frecuencia se referían a las prácticas y conceptos que ella conocía en términos de “vibraciones”, “frecuencias”, “portales”, y otras palabritas que a ella le crispaban los nervios como alguien que rascara un pizarrón con un tenedor. Algunas de estas brujas newajeras, las menos desquiciadas, realmente sabían hacer algunas cosas, aunque las explicaran con ese léxico seudocientífico. Suponía que con Jenny sería algo similar; pero aunque lo que ella denominaba otros universos fuese en realidad otros planos o dimensiones, su habilidad como Shifter era, en verdad, portentosa. Y Marietta, pragmática al final como toda bruja, estaba dispuesta a aprovechar las ventajas que Jenny ofrecía aunque no las entendiera del todo.

Pero Jenny se veía inquieta; su mirada se encontraba fija en la isla distante. Se percató de que Marietta la miraba, y explicó, con una sonrisa débil:

—Perdón… estaba recordando cuando fui con Laura, y con nuestras amigas Charlie y Kim, a la isla Little Saint James. Lo que encontramos allí fue muy… —sacudió la cabeza— Bueno, estamos a punto de invadir otra isla privada, y me hizo recordar.

Marietta colocó su mano sobre el antebrazo de Jenny.

—Entiendo; no te apures. Pero esto será muy distinto. Ari Heller será un desgraciado imperialista que apoya a Ronald Drumpf y la guerra en Palestina, pero en otros aspectos, hasta donde sé, es un hombre bastante decente, en lo que cabe, incluso generoso con causas benéficas. Por eso pienso que sus acciones y declaraciones en el último año se deben no a crueldad, sino a que el gobierno de su país lo tiene adoctrinado, por la manipulación mediática —su mano dio un último apretón—. Pero no encontraremos nada semejante a lo que hayas visto allá.

Jenny asintió, y sonrió agradecida; no eran sólo las cosas que habían encontrado en su exploración, sino aquella presencia extraña… aquello que el doctor chino que conocieron más tarde había denominado con el mote simplista de la Garra… lo que la perturbaba. Pocas veces había encontrado algo capaz de hacerle sentir totalmente fuera de control. Pero Marietta tenía razón; aquí no habría nada semejante. Además, Tamara Drew había tenido una excelente idea al retar públicamente a Ari Heller en su perfil de Facebook, de parte de Marietta; así, él creería que ella se encontraba hoy ocupada realizando algún conjuro, y no sospecharía —ni percibiría— que estaban en su isla. Era el momento ideal para explorarla sin oposición.

Ambas mujeres se apearon del auto, y la capa de Marietta ondeó en el viento de aroma salino; el movimiento rojo y el ruido de las portezuelas al cerrarse hicieron que el vigilante alzara la mirada. Angous era viejo; se rehusaba a retirarse, y era vigoroso, por lo que los vecinos, que le tenían cariño, habían acordado dejarle estar en su puesto hasta que él mismo lo decidiera. Era, pues, bastante viejo para haber visto, de niño, a una mujer con una capa roja muy similar, y un antifaz, que había estado en North Berwick en tiempos de la Guerra Fría, buscando algo que unos agentes de más allá de la Cortina de Hierro codiciaban. La había visto impedir que tomasen como rehenes a sus padres en la posada que administraban. Sí; para Angous, aquel vistazo a la misteriosa Lady Satán había sido un momento de emoción inolvidable. Por eso, al ver a una mujer ataviada de manera muy similar, no prestó atención a la otra chica, de ropa ordinaria, con jeans, una bufanda y una especie de goggles sobre la cabeza; por un instante, sintió que lo tocaba el pasado. Y cuando las dos mujeres se tomaron de las manos y su vista se emborronó un instante, se frotó los ojos para mirarla mejor… pero al retirar sus manos, ambas habían desaparecido, dejando atrás su auto abandonado en mitad de la calle.

Angous, viejo habitante de las mucho más viejas tierras escocesas, había visto algunos fantasmas y wights en sus años acumulados, por lo que no dudó de sus sentidos; por el contrario, soltó una carcajada, convencido de que Lady Satán había regresado por un instante al mundo de los vivos para dejarse vislumbrar. No estaba tan errado, aunque esta Lady Satán no fuese un espíritu, sino la nieta de la mujer que había visto de niño en la posada de sus padres.

 

***

 

Ari Heller se incorporó de la mesa del desayuno con un gesto exasperado. Se dirigió a grandes zancadas a su escritorio, y tomó de la bandeja de su impresora la hoja que había salido de ella la noche anterior. Era un dibujo a color, una mujer con un vestido y una capa rojas bajo un firmamento nuboso, con un globo de diálogo a la manera de un cómic que decía “It’s on, ***ch!” Censurado, incluso, como si procediera de una publicación juvenil. Según había averiguado su staff, la cuenta que lo había posteado como respuesta a su post acerca de sus intenciones de apoyar con sus poderes psíquicos al equipo de Inglaterra en contra del de México en la Copa Mundial era, predeciblemente, la del artista que lo había realizado; un artista mexicano. Pero ya tenía noticias de la mujer representada allí, gracias a sus contactos del Mossad y del FBI; era conocida como Lady Satán, y según se rumoraba, realizaba acciones subversivas en contra del gobierno norteamericano desde hacía un par de años, no sólo de sabotaje, sino también valiéndose de brujería. Y a diferencia de muchos de los agentes de inteligencia con que solía dialogar, Ari Heller sabía que la brujería no era algo para desdeñar.

Desde que despertó esa mañana, Lady Satán había venido a su mente. Hoy, a la hora del partido de futbol entre Inglaterra y México, Heller se proponía concentrarse en el triunfo de los ingleses; había decidido imprimir esta imagen para bloquear, a través de ella, cualquier trabajo mágico que aquella bruja pidiese llevar a cabo a favor de los mexicanos. Pero conforme avanzaba el día, el presentimiento de que Lady Satán le causaría problemas era cada vez más intenso.

Dejó la ilustración en el escritorio y caminó hacia un librero; allí, en un espacio privilegiado, se hallaba una de las numerosas piezas excepcionales que formaban parte de su colección: una bella calavera de cristal, de tamaño natural, con la parte trasera del cráneo alargado horizontalmente. Lo había recibido como obsequio de manos del presidente de México, cuando éste lo invitó, con todos los gastos pagados, a ir a su país y llevar a cabo una demostración de sus facultades en la residencia presidencial de Los Pinos; entre 1976 y 1978, había descubierto vetas de petróleo valiéndose de un péndulo, y fungió como asesor en cuestiones psíquicas y esotéricas para el presidente López Portillo. Éste lo había recompensado generosamente; y entre otras cosas, le había regalado esta calavera, la cual, según le explicó, había sido encontrada en una pirámide. Heller estaba convencido de que la forma del cráneo había sido inspirada por visitantes extraterrestres.

Ya casi era la hora de ponerse a trabajar. Se proponía despertar toda la energía sobrenatural milenaria que impregnaba la calavera con sus poderes psíquicos, y utilizarla para impedir que el equipo mexicano pudiese meter un solo gol en el juego contra Inglaterra. Había prometido públicamente impulsar el triunfo de Inglaterra, y lo haría; no haría daño a los mexicanos, era algo que él no haría, pero sí los llevaría a la derrota.

Además de sujetar y bloquear a Lady Satán para que no pudiese oponerse a sus planes. La inquietud que experimentaba era una indicación de que ella tenía verdaderas posibilidades de presentar un obstáculo; se sentía ya vulnerado por ella, y después de todo, el mero hecho de tenerla presente era ya un logro para aquella bruja. Antes de trabajar sobre el partido de futbol, se ocuparía de ella. Y no podía permitirse subestimarla; seguramente ella estaría trabajando con su coven, y ya que se encontraba en México, probablemente también con el coven del ilustrador cuya cuenta había utilizado para retarlo. Ari Heller no trabajaba con ningún coven o equipo, si bien su declaración pública era algo aun más poderoso: sus innumerables fans y seguidores, creyentes en su poder psíquico, alimentarían su propósito con su fe acumulada en que él cumpliría su promesa; y era la energía de esa certeza colectiva, y no su fuerza propia, la que dirigiría hacia frustrar el juego de los mexicanos. El mismo método que le había funcionado tantas veces para un simple acto de doblar cucharas. Con eso, concentrado en la calavera de cristal y combinado con la energía de ésta, el éxito estaba asegurado.

Aun así, no iba a escatimar esfuerzos. Con la calavera en la mano, se detuvo a medio camino al dirigirse a su santuario privado, cambió de opinión y regresó a su escritorio. Tomó su celular, llamó, y dijo:

—Jack, necesito un pasaje para North Berwick de inmediato. Y por favor prepara el helicóptero.

—Sí señor Heller —respondió la voz de Jack al otro lado. Heller tomó la ilustración de Lady Satán, notando que por poco la olvidaba, y se encaminó al aeropuerto. El ejército israelí solía arreglar su transporte en cualquier horario cuando surgía alguna emergencia, como ahora, en agradecimiento a su apoyo moral y táctico a las tropas en Irán; eran ellos quienes habían puesto a su disposición un helicóptero privado en North Berwick, para poder trasladarse a la isla de Lamb cuando lo requería.

Se proponía utilizar todos los recursos a su alcance; en pocas ocasiones se había valido del lugar de poder que había localizado y potenciado en la cumbre de la isla de Lamb, y este era un momento idóneo para ello.

 

***

 

Un pasto largo crecía bajo sus pies. Marietta tuvo un momento de vértigo que cesó de inmediato; estaba dando un paso, y al completarlo, un suelo totalmente distinto se hallaba bajo sus pies, y además empinado; se encontraban en la ladera de la colina que abarcaba prácticamente la totalidad de la isla. Un sitio agradable a primera vista; era extraño ver una isla libre de toda construcción humana, por pequeña que fuera. Claro, el acceso era difícil, dado el peligro que presentaban las rocas adyacentes y las fuertes corrientes.

—Está bonita —comentó Jenny—, pero no veo para qué la quiere Ari. ¿Es algo así como un retiro, o un sitio para hacer sus picnics? Entonces sí lo entendería.

Marietta sonrió.

—Con ojos de bruja la cosa no es tan simple —repuso, mientras empezaba a caminar—. Heller exploró la historia del lugar con su clarividencia; asegura que aquí llegó a estar Scota, una hija de un faraón, que según la leyenda escrita en los Lebor Ghábala Eireann, fue la madre epónima de gaélicos y escoceses. Yo pienso que Scota es sólo un mito, pero sí pudo haber alguna mujer egipcia que lo inspirase. Lo que sí pude constatar, pues lo comprobé con un mapa de las Islas Británicas, es que aquí hay un cruce importante de senderos feéricos, lo que comúnmente se llama líneas Ley; corrientes de energía telúrica —Jenny asintió con la cabeza; estaba familiarizada con el concepto—. Pero Heller no se quedó allí; él cree que Scota encontró importante la disposición de la isla en relación con las islas vecinos, Fidra y Cragleith, que sería similar a las posiciones relativas de las pirámides de Egipto entre sí.

—Y por lo tanto a las estrellas del cinturón de Orión —intervino Jenny—. ¡Hey, como me decía Charlie, las cosas raras son lo mío!

Marietta alzó las cejas.

—Nunca me ha convencido lo de las estrellas de Orión y las pirámides, pero en fin, estoy segura que a Heller no se le escapó eso. Él cree que Scota ocultó un tesoro en esta isla, incluso pasó una noche aquí buscándolo. Fidra por cierto fue visitada por Robert Louis Stevenson, y fue una de sus inspiraciones para La isla del tesoro; tal vez eso influyó a su vez en Heller.

Mientras caminaban por el perímetro de la isla, Marietta iba asumiendo un estado receptivo; Heller tenía razón en una cosa, había una gran fuerza en esta tierra antigua. El territorio escocés era intenso en vitalidad espiritual, y Lamb, una extensión del mismo, no era excepción. Había algo muy activo allí, en lo profundo…

La isla de Lamb había pertenecido al lairdship de Dirleton hasta ser adquirida por Ari Heller en 2009. En una isla que carecía de interés para la persona común, fuera de que su inaccesibilidad para los navegantes le había ganado el mote de “isla de los suicidios”, él había sido capaz de ver aquello que no era evidente a la luz del día.

—Heller tenía una gran idea al principio —dijo Marietta—. Declaró la isla de Lamb una nación simbólica; un sitio abierto a todos los pueblos, y todas las creencias. No importaba que nadie viviese aquí; su concepto era un prototipo simbólico para una nación del futuro, un país sin restricciones o prejuicios; Heller otorgaba ciudadanía a todas las víctimas pasadas y presentes de los juicios por brujería. Y siendo contactado él mismo, declaró que cualquier visitante extraterrestre era bienvenido aquí. Era utópico, pero con un aspecto útil; podías solicitar nacionalidad simbólica, y los fondos recabados eran dirigidos a causas benéficas.

—Pues no suena mal para nada —observó Jenny—. Pero dices que Heller es drumpfista.

—Al final es un ciudadano israelí —explicó Marietta—, y la propaganda de Neshayahu, los medios sesgados, han hecho que vean en los Estados Unidos de Drumpf un aliado valioso en su guerra contra el Estado islámico, que para ellos es sinónimo de terrorismo. Claro que hay sectas radicales y organizaciones terroristas, eso nadie lo puede negar; pero la propaganda se ha enfocado en borrar los límites, en hacer creer que el Islam es sinónimo de dictadura y de terrorismo. Neshayahu desprecia a Drumpf; pero lo ha impulsado a iniciar una guerra desastrosa. Nos ha arrastrado a una Tercera Guerra Mundial sin mirar las consecuencias. Y Ari Heller está cegado por esa visión. Aprovecha cada oportunidad que tiene para atraer la atención de Drumpf y ofrecerle su ayuda, pretende convertirse en su asesor y protector, así como lo hizo hace mucho con el gobierno mexicano. Le ofreció su isla como base de reabastecimiento para las fuerzas armadas que los Estados Unidos enviaban a Palestina, incluso posteó en sus redes sociales una fotografía editada de un navío militar al lado de la isla. Heller ha hablado del interés que Drumpf ha mostrado en apoderarse de Groenlandia; declaró que allí se encontraba algo que sacudiría al mundo si se supiera, y que estaba vinculado a la isla de Lamb. ¡Llegó al extremo de ofrecer la isla como un posible estado norteamericano cincuenta y uno!

Jenny se había enfadado con sólo escuchar todo esto.

—¿O sea que pasó de presentar su isla como un paraíso de armonía entre los pueblos a ponerla al servicio de un ejército y contribuir a la matanza sistemática de civiles en Gaza? Está traicionando sus propios ideales. Entiendo que Drumpf sea visto como aliado de su país, ¿pero qué no ve cómo ha convertido Norteamérica en un Estado fascista? Siendo israelí, no entiendo cómo puede apoyarlo. ¡A ti y a mí nos consta que los Neonazis son de los primeros en trabajar para Drumpf! (1) El Nazismo hizo lo mismo, identificar a la corrupción económica de algunos grupos con el judaísmo, para justificar su exterminio. Ahora ocurre lo mismo con el Islam.

—Eso sólo muestra que lo peor de la naturaleza humana puede salir cuando gente ambiciosa está en el poder, no importa de qué bando, etnia, religión o nacionalidad sea. Quien incita al odio y a la matanza es el enemigo, no importa quién sea.

Ambas guardaron silencio después de esto; sus ánimos eran más sombríos debido al giro que había tomado la conversación. Pero en el caso de Lady Satán, era un recordatorio de por qué estaban aquí, y reforzaba su determinación. Las reiteradas ofertas de Heller a Drumpf no habían obtenido respuesta en las redes sociales y los medios, pero cuestiones de inteligencia no se determinaban en público, y ella sospechaba que ya se había resuelto algo.

Marietta, que iba más delante en ese momento, detuvo a Jenny con un gesto. Ésta se aproximó con cautela y miró alrededor de unas matas, a lo que fuera que su compañera espiaba. Había un helicóptero allí. Un hombre, presumiblemente el piloto, se hallaba apoyado en un costado, fumando; llevaba el uniforme del ejército israelí.

—Por lo menos no es norteamericano —murmuró Jenny.

—Lo que no le resta gravedad al asunto —replicó Marietta—. La presencia de un ejército extranjero en territorio escocés constituye una violación de las leyes internacionales, aunque no me sorprende. Heller ya ha trabajado con ellos públicamente.

—Ahora hay que ver qué es lo que hacen aquí. Esto es demasiado pequeño; quizá su destacamento está al otro lado de la isla. Si subimos al cerro, podemos mirar desde allí.

—Pero también nos verían, aún hay luz del día. No; vamos a hacer algo más directo —Lady Satán tomó una curiosa pistola alargada que traía oculta en su cintura, bajo los pliegues de su capa. Jenny no había visto una similar.

—¡Oye, no hace falta esa violencia! —Lady Satán la silenció con un ademán, y apuntó al piloto.

—No dispara balas —explicó, y apretó el gatillo. El hombre miró su pecho y soltó su cigarrillo; alarmado, su mano buscó su radio portátil, lo tomó, y luego éste cayó de sus dedos temblorosos; intentó caminar, dio un traspié y se fue de bruces.

Lady Satán caminó hacia él, con actitud tranquila pero mirando alrededor para cerciorarse de que no había nadie más. Jenny la siguió, y vio cómo retiraba el pequeño dardo del pecho del hombre, el cual las miraba con ojos desorbitados, y sus labios se retorcían intentando hablar.

—Parálisis muscular —explicó Lady Satán—. Durará lo suficiente para que sigamos explorando. Ayúdame —Jenny lo tomó de los brazos, y Lady Satán sujetó sus piernas; así, lo subieron al helicóptero para que no quedase a la vista. Jenny subió primero, y tiró.

—¡Cuidado! —exclamó Lady Satán. Jenny escuchó un chasquido detrás suyo.

—Las manos en la cabeza —dijo una voz masculina. Jenny volteó, y miró directamente al cañón de un rifle.

—Pero…

—¡Hazlo! —el soldado agitó el arma; Jenny alzó las cejas, y se llevó las manos a la cabeza, soltando a su prisionero. Marietta ya había soltado las piernas de éste, de manera que se desplomó al suelo; Jenny se echó hacia atrás, y Marietta disparó otro dardo hacia el agresor. El soldado miró su pecho, asustado: el dardo sobresalía de su chaleco protector. Pero había dejado de apuntar a Jenny, y ella aprovechó el momento: se echó de espaldas y sujetó el cañón del rifle, tirando hacia abajo, y mientras éste se disparaba de manera inocua, ella cayó sobre su espalda y soltó una patada al rostro del soldado, el cual cayó, soltando el arma.

Unos minutos más tarde, las dos mujeres tenían a ambos soldados inconscientes y, por precaución, bien atados, a bordo del helicóptero.

—El motor está caliente —señaló Lady Satán, tocando el metal—. Arribó hace poco. Lo malo es que la toxina también le impide hablar, no podremos interrogarlo.

—Vamos entonces —Jenny saltó fuera del helicóptero.

Lady Satán ya caminaba directamente hacia la ladera, y empezó a subir. Había detectado un cúmulo de maleza que tenía una tonalidad distinta, y no parecía unificarse con el resto de la vegetación circundante. En cuanto lo alcanzó, confirmó sus sospechas: se trataba de plantas artificiales, de plástico. No fue difícil detectar los contornos de una puerta camuflada. Estaba cerrada, pero se trataba de un simple cerrojo interno, ni siquiera requería una llave. Los creadores no esperaban que nadie buscase algo allí. Sin embargo, estaba algo atorada, y tuvieron que esforzarse juntas para abrirla. La puerta era rectangular, de una anchura de tres metros y una altura de dos, y se abría hacia abajo, como el puente levadizo de un castillo medieval.

Entraron a un pasaje de anchura similar, lo bastante alto para caminar de pie, apuntalado a la manera de una mina con vigas de acero. Lady Satán encendió una linterna, y Jenny se alumbró el camino con su celular. Una decena de metros más adelante, el túnel se ensanchaba aun más al llegar a un espacio amplio. Todo estaba en tinieblas, por lo que no esperaban encontrar a nadie allí. ¿En dónde estarían entonces los pasajeros del helicóptero?

Al mirar dentro de aquel espacio subterráneo, ambas se detuvieron sorprendidas. Allí había una treintena de enormes drones militares, con metrallas y, en algunos casos, unas armas que semejaban superficialmente una bazuca.

—Tienen logos del ejército norteamericano, y no de Israel —señaló Jenny. Marietta asintió.

—Parece que le tomaron la palabra a Heller. Y esto se pone cada vez peor; estoy segura que los gobiernos de las Islas Británicas no saben nada de la presencia de este pequeño arsenal extranjero.

—¿Es lo que buscabas?

—Esperaba más bien una base de reabastecimiento de combustible, un centro de comunicaciones, o algo así. Pero no importa; en todos los casos, mi plan no varía —Lady Satán empezó a colocar una especie de plastilina en el dron más próximo; un rollo de cable delgado colgaba de su brazo.

—¿Explosivo plástico? —Jenny estaba asombrada— ¿Dónde cargas todas esas cosas en ese vestidito?

Lady Satán le dedicó una sonrisa torcida.

—Miren quién se asombra de mis pequeños trucos.

Prosiguió colocando el explosivo, y los cables, en cada uno de los drones, mientras Jenny miraba alrededor. En los rincones de aquella cueva artificial había algunos equipos y herramientas, pero nada más. Encontró un frigorífico del cual extrajo un Dr. Pepper; le ofreció uno a Marietta, pero ya se había concentrado en su actividad de sabotaje y no quería distracciones. Jenny dejó una lata fuera para dársela más tarde, cuando hubiera concluido; probó ponerla en el bolsillo de su chamarra de mezclilla, y apenas cabía, pero se sostenía bien. Luego continuó mirando alrededor; vio lo que parecía un cristal de cuarzo en el suelo, y se acuclilló para tomarlo. Tuvo que aflojar la tierra un poco valiéndose de un destornillador tomado de una caja de herramientas, pero consiguió sacarlo. Regresó al frigorífico; a un lado de éste se hallaba una caja con botellas de agua, y lavó el cristal con una de ellas.

Lady Satán se aproximó a mirar lo que hacía.

—¿Puedo ver eso? —tomó el cristal y lo estudió con gran concentración. Entonces lo cubrió entre ambas manos y cerró los ojos, guardando silencio. Jenny evitó hacer ruido, aunque no estaba segura de lo que Lady Satán estaba haciendo. El silencio se prolongó, y Jenny tomó su lata de refresco del suelo; bebió un sorbo intentando no hacer ruido, mirando el rostro quieto de su compañera, y pegó un brinco cuando los ojos de ésta se abrieron.

Lady Satán se acuclilló, trazó un símbolo en la tierra suelta con su dedo índice, y luego colocó su palma extendida sobre él.

Luego de unos momentos, se incorporó.

—Es piedra vitrificada —dijo, devolviendo el cristal a Jenny—. Las leyendas dicen que son restos de las antiguas fortalezas de los gigantes. Y aquí hay algo; uno de los Durmientes se encuentra bajo esta isla.

—¿Durmientes?

—Una fuerza antigua, de caos, de la oscuridad de los primeros tiempos. Su tiempo ha pasado, y reposan en espera de que sea su tiempo de nuevo. Seguramente fue eso lo que atrajo a Heller. En algo tiene razón; ese sitio es potente… y ya veo qué es lo que tiene en común con Groenlandia —miró a Jenny y se permitió de nuevo una ligera sonrisa; pero esta vez era tensa, decidida—. Pero esa es nuestra ventaja. Él puede reconocer lo que hay aquí, evocarlo… pero yo lo siento en mi sangre.

“Vamos ahora —Lady Satán se dirigió a la salida. Jenny la siguió, mientras daba vueltas en su cabeza a lo que le había dicho. Gigantes, durmientes… ¿se refería a algo como los Antiguos de Lovecraft? ¿O a otra cosa?

—Entonces, ¿nos vamos a la costa para detonar la cueva? —preguntó Jenny, una vez estuvieron fuera, pero Lady Satán negó con la cabeza.

—Alguien vino en ese helicóptero, quiero saber dónde están. Debe haber algo más en la isla.

Empezó a subir por la colina, y Jenny fue tras ella. El promontorio no era muy empinado, y la subida era fácil. Lady Satán subía con pasos firmes, y en unos minutos ya se encontraba próxima a la cima. Jenny no sentía urgencia, y aunque intentaba no quedarse atrás, ponía más atención a sus alrededores, por si alguna persona, o incluso una cámara, pudiera detectar su presencia.

El suelo perdía poco a poco su inclinación; Lady Satán estaba llegando a su objetivo, aprovechar la ventaja de la cumbre para mirar alrededor. Ahora que los explosivos estaban plantados, no le preocupaba mucho ser vista, ya que en cualquier momento podrían emprender una retirada rápida. Pero su avance paró de golpe cuando, más allá de la curvatura de la cima, quedó a la vista un hombre. Inmóvil, Lady Satán se encontró mirando a los ojos a Ari Heller.

 

***

 

Ari Heller había abandonado el helicóptero con una pequeña mochila en sus manos; le indicó al piloto que lo aguardara un par de horas. Con eso debía bastar. Subió a la cumbre de la colina que constituía la mayor parte de la isla, y en unos minutos llegó al sitio indicado. No vio a ningún soldado norteamericano por allí; se alegró de ello, le evitaría seguir protocolos engorrosos para asegurar que no le interrumpieran.

El viento salado era fuerte allí arriba. Abrió la mochila y extrajo de ella tres esferas de cuarzo del tamaño de un puño, las cuales colocó en huecos que hacía mucho había hecho para alojarlos; él mismo se colocó en el centro del triángulo que formaban. Tomó una botella de vino, y la derramó trazando una circunferencia. Entonces extrajo el último objeto que había traído, y arrojó la mochila vacía más allá del círculo, para sostener ese objeto en ambas manos. Miró fijamente las cuencas oculares de la calavera de cristal.

Respiró hondo, y cerró los ojos, dejando que la energía de la isla lo invadiera. Las esferas que había colocado eran réplicas más pequeñas de otra esfera, más grande y más vieja, que él mismo había enterrado en este punto; una esfera de cristal que había pertenecido a Albert Einstein. Ari Heller lo ignoraba, pero Einstein había sido él mismo depositario de ella a petición de una mujer que se habría opuesto a los propósitos que ahora cultivaba él: una legendaria combatiente rusa llamada Octobriana, la cual tarde o temprano vendría a reclamar su esfera; pero eso no sucedería hoy.

Había otro artefacto que había sepultado allí: un antiguo ídolo de Set-Typhon, que había rescatado de las ruinas del castillo del barón Brouillard, en el pico de Blocksberg, a finales de 1976, guiado por las visiones mal recordadas que le había dejado un extraño episodio de letargo que había durado varios días. Heller estaba convencido de que la entidad representada era realmente un emisario extraterrestre procedente de la estrella polar, llamada Typhon o Tifón por los magos egipcios.

Heller comenzó a entonar un canto mántrico en lengua hebraica, el mismo que había utilizado en unión con su amigo H.H. Juttak para contactar a los maestros extrahumanos que ellos conocían como Los Nueve. Estaba convencido de que aquello que reposaba latente en las entrañas de la isla era una inteligencia extraterrestre; en caso de que hubiese hablado de ello con Lady Satán, ella habría tomado esto como otro ejemplo de alguien que había descubierto algo muy real aunque lo interpretase a través de la lente de sus preconcepciones personales. Jenny, en caso de presenciar este diálogo hipotético, habría sugerido que quizá sus perspectivas podrían tener ambas algo de cierto, a pesar de aproximarse a aquella fuerza telúrica desde ángulos muy distintos.

Pero semejante diálogo, por desgracia, jamás sería posible. Ahora mismo, sentándose en el suelo, Heller colocaba la ilustración que representaba a Lady Satán sobre el pasto, sosteniéndola con un par de guijarros; entonces mojó sus dedos con lo que restaba del licor, y trazó una letra hebrea sobre la imagen, seguida de un círculo alrededor. Con esto, él se concentró para obstruir específicamente cualquier intervención mágica de Lady Satán sobre el partido de futbol que en esos momentos se llevaba a cabo muy lejos de allí.

—Ni un solo gol para México —declaró Heller en voz baja—; triunfo total para Inglaterra. Lady Satán, nada puedes.

Colocó entonces la calavera de cristal sobre el dibujo para obstruirlo por completo. Con esto, determinó, en nada podría ella influir en el juego de la Copa Mundial. No sospechaba que el futbol ni siquiera figuraba en los pensamientos de su opositora en esos momentos.

Fijó de nuevo la mirada en las cuencas de la calavera; sin parpadear, su vista se enfocó hasta que sólo existía la calavera de cristal, inmersa en una luminosidad metafísica que parecía emanar de ella, y que él veía no con sus ojos, sino con su visión psíquica. En medio de esa blancura, por un instante, unos ojos brillantemente azules le devolvieron la mirada; unos ojos femeninos. ¿Lady Satán?, se preguntó; pero no. Por un instante vislumbró un rostro pálido, joven, con cabello rubio y corto. Si Ari Heller hubiera sabido de la existencia de Tamara Drew, aprendiza de Lady Satán, la habría reconocido, ya que era ella quien le presentaba oposición en su empeño en contra de los jugadores mexicanos. Pero, de nuevo, él ignoraba esto.

Algo, seguramente su propia percepción intensificada en su ritual, hizo que en ese momento alzara la mirada hacia donde habría debido ver únicamente el firmamento, y el horizonte marítimo; en cambio, se encontró mirando a otro par de ojos femeninos, muy distintos, detrás de unas gafas rojas; los ojos de una mujer embozada en rojo, con una capa que ondeaba al viento, y en ese instante se alzaba desde la curvatura descendente de la colina. Por un instante, Ari Heller estuvo seguro de que se encontraba mirando a la presencia astral de Lady Satán; pero apretó los párpados, miró el entorno, y comprobó que, imposiblemente, ella se encontraba aquí en persona.

 

***

 

Lady Satán reaccionó de manera instintiva; extrajo su arma y apuntó a Ari Heller, mientras éste se ponía de pie al verla. No su pistola de dardos, sino su revólver. Los ojos de Heller estaban muy abiertos por el impacto de verla, y ahora se llenaron de alarma al ver su arma. Extendió una mano hacia ella.

La acción de Lady Satán había sido puramente defensiva; a no ser por la sorpresa del momento, no habría apuntado su arma hacia un hombre desarmado. Pero ahora percibió instintivamente que Heller estaba haciendo algo en contra suya. Recapacitando, apuntó el cañón al suelo, al pasto, proponiéndose hacer un disparo de advertencia. Presionó el gatillo, pero no hubo detonación.

Desconcertada, lo accionó de nuevo una, otra vez. Ahora su atención no estaba en Heller sino en su arma, y de haberse disparado la última vez, le habría dado inadvertidamente al psíquico en el pecho. Pero algo impedía que se disparase. Algo…

Heller.

Lady Satán arrojó el arma al suelo, y caminó hacia él con determinación. Al subir un poco más por la curvatura de la cumbre, la calavera de cristal entró en su campo de visión.

—No puedes estar aquí —dijo al fin Ari Heller.

—El ejército norteamericano no puede estar aquí —repuso ella—. Y tampoco el israelí.

—Esta es mi isla, y es mi decisión.

—No voy a entrar en debates con el rey de una isla vacía —Lady Satán se cruzó de brazos, encarándolo a unos pocos metros de distancia.

—¿Hasta dónde piensas llegar para asegurar el partido? —preguntó Heller de repente— ¿Te pagaron por ello?

Lady Satán lo miró perpleja; no tenía idea de lo que estaba hablando. Entonces comprendió, y soltó una risita.

—¿Viniste aquí sólo por lo del Mundial? ¿En serio crees que me importa un juego? —miró hacia abajo, y notó por primera vez la disposición de los elementos rituales de Heller. La calavera de cristal atrajo su atención; era extraordinaria. No había visto una con esa forma craneal. Recordó la usanza maya de distorsionar sus cráneos, y se preguntó si lo habrían creado ellos—. ¿Pero qué es esto? —se acuclilló y tiró de la hoja de papel que se hallaba parcialmente cubierta por la calavera: era el retrato de ella misma que Tammy había editado y posteado en respuesta a Heller. Le dijo con una sonrisa cínica—: ¡Vaya, Ari, no creí que te importara tanto!

—Era una distracción —dijo entonces Ari Heller, comprendiéndolo—. Para que no sospechara que vendrías aquí. Pero tú tampoco esperabas que yo viniera a la isla —esta vez fue él quien sonrió—. Después de todo intuí tu engaño, y eso me trajo.

Lady Satán se incorporó, y lo pensó un momento.

—Y al fin, ¿encontraste oposición a tus esfuerzos por influir el partido?

—No fue suficiente —repuso él—. Estoy seguro que México se irá sin un solo gol, me aseguré de ello.

Los ojos de Heller se desviaron, y Lady Satán notó que Jenny Everywhere se aproximaba a ellos, con pasos tranquilos; no parecía preocuparle la situación, pues estaba mirando su celular.

—Pues parece que tuviste éxito, Ari —dijo Jenny—, pero con ese último comentario te puedes morder la lengua. Escuchen esto —Jenny presionó su celular para que pudieran escuchar el audio de un reel, y la voz de algún comentarista decía:

“Así concluye la trayectoria de México en el Mundial, con el triunfo de Inglaterra; pero podemos estar de acuerdo en que los mexicanos fueron quienes jugaron mejor, y no se retiran sin haber reclamado un gol en la cancha de su adversario…”

Jenny lo pausó, y les sonrió.

—Bueno —esta vez fue Heller quien se cruzó de brazos y miró a Lady Satán con actitud fanfarrona—. Puedes tener la satisfacción de que tus brujerías fueron bastante fuertes para conseguir un gol, aunque logré el triunfo de Inglaterra.

—No fueron “mis brujerías”, yo no hice nada —repuso Lady Satán—. Hay cierta chica que acaba de cumplir los dieciocho que fue quien tuvo la idea de retarte con ese dibujo; fue ella sola quien se te opuso. Sus “brujerías” —sonrió mostrándole los dientes—; fue ella a quien te opusiste, y que por poco te gana.

Ari ya no sonreía. El rostro de ojos azules y cabello corto que había vislumbrado regresó a su memoria.

—Es lo que sacas por equivocarte de bando —añadió Jenny—, y por andar incitando a que los británicos dejaran sin empleo a sus empleados mexicanos (2).

Lady Satán se acuclilló para mirar la calavera de cristal.

—Es una maravilla —comentó, con genuina admiración—. Bien podría ser la misma que estuvo en posesión de Ambrose Bierce y de Pancho Villa, ¿no creen? —entonces musitó unas palabras, unos nombres, en una lengua arcaica, que Heller no alcanzó a escuchar, y se llevó la punta de su dedo índice a los labios. Con su saliva, muy rápido antes que Ari Heller alcanzara a reaccionar más allá de una protesta perpleja, trazó en la frente de la calavera un símbolo; el mismo que había trazado antes en el suelo de tierra del almacén clandestino de armas. Luego colocó la palma de la mano sobre el cráneo, cerró los ojos y habló, en un susurro, ignorando la voz de Heller; no le hablaba a él, sino a aquello que se encontraba en lo profundo de la isla, algo vasto, algo antiguo. Sus palabras, inaudibles para oídos humanos, resonaron a través de la calavera y del suelo mismo—: Espíritu bajo la tierra y las aguas, aparta tu fuerza de las manos de este hombre que se ha proclamado rey de la isla y que sirve a los enemigos del territorio; despójalo de aquello que ha tomado de ti. Bendiciones de luz y oscuridad. ¡Iä! ¡Fhtagn!

Tras sentir que algo resonaba en respuesta, Lady Satán se puso en pie, satisfecha, y vio que Jenny se había interpuesto para impedir que Ari Heller la interrumpiera.

—Bueno, entonces, ¿a qué viniste? —preguntó Heller, un poco más tranquilo al ver que ella no pretendía apropiarse de la calavera—. Me queda claro que no me buscabas a mí. ¿Era cuestión de espionaje? ¿Vas a denunciar la presencia del armamento norteamericano con la OTAN?

—¿Cuál armamento? —Lady Satán se encogió de hombros— Si no hay nada.

Sus dedos presionaron el detonador que guardaba en su palma, y una explosión sorda cimbró la isla bajo sus pies. Ari Heller miró alrededor, perplejo, sin comprender lo que había sucedido. Volteó a sus espaldas en busca de la fuente de aquel estruendo, y cuando se volvió de nuevo, apenas percibió de reojo a Lady Satán y a su compañera; al encarar de nuevo el sitio donde habían estado un momento antes, ya no había nadie. No podían haberse alejado tan rápido colina abajo; habían desaparecido. Entonces palideció.

—El helicóptero —musitó, y se apresuró a descender por la ladera. ¡Si lo que había explotado era el helicóptero, quedaría varado en la isla! Bajó lo suficiente para alcanzar a ver el vehículo, y cerciorarse de que se encontraba intacto. Con alivio, regresó a la cima, molesto, disponiéndose a recoger sus pertenencias y emprender el regreso a su hogar en la Vieja Jaffa. Se detuvo, paralizado, al mirar el centro de su círculo mágico: ¡la calavera de cristal había desaparecido! Allí sólo estaban las piedras con que había sostenido el dibujo de Lady Satán. Esas malditas brujas habían esperado a que se distrajera para…

Algo más atrajo su atención. Se agachó a mirar: allí, en el pasto, justo en el sitio donde había estado la calavera de cristal momentos antes, había algo rojo; pintura fresca de spray, que impregnaba las hojas de pasto y la tierra húmeda debajo. No era fácil discernir los trazos, pero se trataba de una letra. Heller recordó colérico que Lady Satán solía firmar algunas de sus actividades con una letra S en pintura roja; pero eso no parecía una S. No; definitivamente era una letra distinta.

Entonces la identificó.

Y Ari Heller soltó un grito ronco de furia impotente; ahora sabía que Lady Satán y su compañera no habían sido los únicos intrusos en la isla de Lamb.

 

***

 

Al otro día, un servidor se presentó a la puerta de la casa alquilada por Marietta y Tamara para su estancia en Guadalajara. Había ido, por supuesto, a conocer el resultado de su incursión; además, quería saber cómo había sido la experiencia de Tammy en el ritual para contrarrestar a Ari Heller. Antes que nada, Marietta insistió en ordenar una merienda a un restaurante cercano. Entonces nos acomodamos en la sala, y Marietta y Jenny comenzaron a narrarnos su aventura.

En eso estábamos cuando sonó el timbre. Tamara fue a abrir, y Jenny la siguió para ayudarle a recibir la orden de comida; pero no se trataba del mensajero.

En el porche se encontraba una mujer cuyos rasgos delataban ascendencia mixta, japonesa con algo de europea, y un peinado corto de estilo acorde, alta y atlética; vestía un traje entallado y moderno, algo exótico.

—Buenas tardes —dijo con un ligero acento, nada menos que francés—, ¿tú eres Tamara Drew? Las busco a ti y a Marietta Là-bas.

Tamara y Jenny se miraron, perplejas.

—Perdón por venir sin avisar —dijo, con una sonrisa cordial—. Mi patrón les ruega lo disculpen; le habría gustado presentarse directamente con ustedes, pero se encuentra en medio de un asunto absorbente, en Moscú —tendió una tarjeta a Tamara, y vimos cómo la miraba con mucha atención. Luego le pasó la tarjeta a Jenny, la cual soltó un pequeño silbido de asombro. Entonces, sin cuestionar más, Tammy se hizo a un lado e invitó a la recién llegada a pasar con un ademán. Marietta y yo nos miramos, extrañados. Tammy nos presentó con ella, identificando a cada persona presente, y en lugar de darnos la mano, la desconocida optó por hacer una reverencia muy al estilo oriental.

—Un placer. Pueden llamarme Escorpión.

—Tammy… —el tono de Marietta constituía un sutil cuestionamiento. Por toda respuesta, Tamara miró a Jenny, y ella entregó la tarjeta de presentación a Marietta. La miré también, mientras ella la estudiaba. No había texto, únicamente una letra en tinta roja, trazada simulando toscos trazos de pintura que escurría; una letra que decía muchísimo:

 

En efecto, ahora sabíamos quién era el misterioso patrón de esta mujer, y por qué se hacía llamar por el nombre de un signo del Zodiaco. Marietta la invitó a sentarse.

—Mi patrón ha dado seguimiento a la creciente intervención de Ari Heller en la Guerra Mundial —explicó Escorpión—. Y al darse cuenta del desafío público que usted le hizo —miraba a Marietta—, decidió aprovechar la oportunidad para hacer contacto; pero el asunto de Moscú se interpuso, y me encomendó a mí darle seguimiento. Él únicamente se acercó en dos oportunidades —me miró—. Claro que hemos leído las crónicas que usted ha ido publicando en su blog, Ars Necronómica; y en la más reciente, menciona la ocasión en que ustedes conversaban y notaron a un hombre extraño que les miraba. Asumieron que se trataba de un agente del Mossad. En realidad, era mi patrón; él se comportó de manera deliberadamente sospechosa para hacerse notar, una pequeña diversión suya.

Tamara Drew y yo nos miramos, asombrados, al comprender a quién habíamos visto realmente ese día, encubierto con un disfraz.

—La segunda ocasión fue en la isla —prosiguió Escorpión—. Él estaba allí cuando ustedes encararon a Ari Heller; de hecho —añadió con una pequeña sonrisa— se retiró de allí con una nueva adición para su colección personal; ¡la calavera de cristal!

—¡Bien! —exclamó Jenny, y nos reímos al imaginar la frustración de Ari Heller al ser despojado de su preciada calavera. Era bien sabido que el patrón de Escorpión era un gran amante y promotor del arte y la historia, y supimos que la calavera había quedado a buen resguardo; y a salvo de que Heller pretendiera darle mal uso de nuevo.

—Mi patrón ha estado vigilando las acciones de Ari Heller desde que él y yo lo encontramos, en 1976, en un castillo del Blocksberg, los montes Hartz. A raíz de ciertas cosas que ocurrieron allí, Heller pasó varias semanas en una especie de… coma, digamos (3). Pero se recuperó de ese estado, y casi enseguida, se marchó a su prolongada serie de actividades aquí en México, aceptando la invitación del presidente López Portillo que anteriormente había declinado.

“Esa experiencia cambió mucho la perspectiva del señor Fa… de mi patrón, en lo que se refiere a Heller y a sus facultades. Eventualmente supimos que Ari Heller había rescatado de las ruinas de ese castillo una estatua, y creemos que la llevó a la isla; estando allí, intentó encontrarla, sin éxito —Escorpión miró a Marietta sabiendo que sabría de lo que hablaba—. Una estatua de Set-Typhon.

Marietta se puso tensa.

—¿De casualidad tuvo algo que ver el barón Brouillard?

—Espera espera —dijo Jenny—. ¿Dijiste en 1976? Yo diría que tienes unos cuarenta años a lo mucho.

Escorpión sonrió.

—El profesor Semo debería hacer públicos sus tratamientos de preservación —dijo, con deliberada vaguedad; entonces cambió el tema—. Pues bien; mi patrón consideró conveniente confirmar algo que, según creemos, ustedes ya han observado: hay fuerzas detrás de los movimientos políticos actuales que han desviado al mundo con toda intención para hundirnos en la Tercera Guerra Mundial. Para detener el crecimiento de las dictaduras fascistas y apocalípticas, es necesario ser conscientes de esas fuerzas. Reencaminar al mundo hacia su destino apropiado, que fue escrito por los acontecimientos del pasado.

—Veo que el señor F entiende lo que algunas personas estamos haciendo —replicó Marietta.

—Hay más gente consciente de esto y en lucha activa de lo que muchos sospechan —Escorpión asintió—. Claro que no existe ninguna organización, como la fantasmal “AntiFa” que el gobierno norteamericano utiliza como excusa para perseguir a sus detractores; esto es más similar a lo que H.G. Wells denominó una “conspiración abierta”. Una “gran masa asimilativa, dispersa y sin cohesión, de movimientos, grupos y sociedades”. No puede ser neutralizada porque no hay un núcleo, un líder; hay un número cada vez mayor de individuos, y de círculos pequeños, que ven lo que está mal en el mundo y adoptan estrategias en común para oponerse a ello. Un trabajo en equipo generalizado, sin que exista un equipo como tal. La humanidad resistiéndose al retroceso.

Marietta asintió.

—Las fuerzas del Destino están en todos nosotros —afirmó.

En ese momento el timbre sonó de nuevo, y Jenny fue a recibir la cena; el resto callamos, pero las palabras de Lady Satán hacían eco silente en la habitación.

 

Créditos

 

“Enfrentamiento en la isla de Heller — La amenaza de la calavera de cristal III” Copyright © 2026 Luis G. Abbadie. Debe ser reproducida siempre acreditando al autor.

Tamara Drew es creación original de Luis G. Abbadie, y apareció por primera vez en Nancy y el misterio del grimorio. Siete pasos hacia el Abismo (Tubal Albainn, 2026).

Lady Satán, publicada originalmente en Dynamic Comics 2 (1941) y 3 (1942) y en Red Seal Comics 17 (1946) y subsecuentes, su versión más conocida fue creada por George Tuska; es del dominio público debido a singularidades legales.

El personaje Jenny Everywhere está disponible para su uso por cualquier persona, con una sola condición: este párrafo debe incluirse en cualquier publicación que involucre a Jenny Everywhere, para que otros puedan utilizar esta propiedad como deseen. Todos los derechos revertidos.

Fantomas fue creado por Marcel Allain y Pierre Souvestre en 1911, y actualmente es de dominio público. Su versión mexicana fue adaptada por Guillermo Mendizábal y Rubén Lara en 1966. 

Ari Heller fue creado por Gonzalo Martré y Víctor Cruz en “La sobrenatural estatua de oro”, historia publicada en Fantomas la Amenaza Elegante 2-265 (1976); es retomado aquí a manera de homenaje a las obras de sus creadores.

Los Héroes Convocables es una serie de relatos que retoman a personajes clásicos de dominio público, huérfanos o con derechos liberados, para traerlos a enfrentar los desafíos del mundo actual.

Esta es una obra de ficción, en ella cualquier semejanza con personajes y situaciones reales se sujeta a las normas de la parodia, y no pretende en ningún momento constituir una representación fidedigna de la realidad.

 

Notas:

1) Jenny y Lady Satán se enfrentaron a la organización neonazi Orden del Sol Negro en El collar de Milú: Una aventura en tres centurias y en Intermedio 3.5.

 2) Como se vio en la parte I.

3) Una crónica detallada se encuentra en “La sobrenatural estatua de oro”, por Gonzalo Martré y Víctor Cruz, historia publicada en Fantomas la Amenaza Elegante 2-265 (1976)

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