lunes, 11 de mayo de 2026

La encomienda

  


(Una versión en inglés de este cuento puede leerse aquí)


“En la antigüedad, el rey representaba al reino en su persona. Ahora, tenemos un rey podrido, y empezó a corromperlo todo. El reino lo rechaza”.

Nancy y el misterio del grimorio

 

El auto ingresó por al camino amplio circundado de árboles. Un letrero, algo que no puede faltar para confirmar que se encontraba todavía en los Estados Unidos de América, identificaba la zona a la cual ingresaba como el Parque Nacional Shenandoah.

Aunque no estaba tan lejos de casa, Tamara Drew nunca había estado en Virginia. En realidad había viajado más por el país en los últimos meses, en compañía de Marietta Là Bas, de lo que lo había hecho en 17 años de vida. 18, se corrigió a sí misma; a partir de hoy, 18. Marietta se había marchado a Francia, donde estaría por una semana, y había ofrecido a Tammy la opción de acompañarla; había optado por quedarse. Aunque Marietta había mostrado la suficiente preocupación de cortesía por dejarla sola durante su cumpleaños, estaba segura que le causaba cierto alivio dejarla atrás; los medios a los que Marietta recurría para resolver ciertas situaciones legales y políticas eran bastante drásticos, y desde que había asumido con el abuelo Roy el compromiso de instruirla y resguardarla, había observado que cuidaba de no hacerla partícipe de ciertas cosas. Pero Tamara simplemente fingía no enterarse; no tenía deseos de integrarse a esas ocasiones, pero tampoco juzgaba a Marietta por ello. El mundo estaba en guerra; y ella intentaba hacer algo por mejorar las cosas. Eso era lo importante.

Marietta le había preguntado si regresaría a pasar su cumpleaños con el abuelo, pero tenía otros planes para aprovechar estos días; por eso estaba aquí. Así se lo dijo, y Marietta la escuchó con atención, se sonrió, y fue a buscar algo envuelto en un paño rojo que había colocado en su altar días atrás. Lo puso en sus manos, diciendo:

—Esto me lo encargó Ian, mi amigo el druida que vino a visitarme hace un par de semanas, ¿recuerdas? Lo viste antes de salir ese día. Tal vez podrías cumplir su encargo por mí… por lo que dices, su idea es afín a la tuya —y procedió a explicarle lo que Ian le había dicho…

Se apeó y se aproximó a la caseta; por supuesto, tenía que pagar peaje a la entrada. Damas y caballeros, esto es América. Un letrero vertical de metro y medio enumeraba las agotadoras prohibiciones y condiciones para ingresar a una zona forestal protegida; le tomó una foto con su celular para poder consultarla si fuera necesario. Un joven con un pequeño bigote sonrió al recibirla y reprimió un bostezo mientras le entregaba su boleto.

—Sólo estaré unas horas —dijo Tammy, y luego preguntó—: ¿Me podría decir cuáles fueron las zonas que visitó el rey?

Los medios, que continuaban desmenuzando la visita de los reyes de Inglaterra a la Casa Blanca, no habían dicho palabra acerca de sus otras actividades en territorio norteamericano; las más importantes, según creía Tammy. Y un par de días antes, la pareja real había visitado el parque Shenandoah.

—Sí, claro —el chico asomó la cabeza para llamar por la rendija de la ventanilla—: ¡Jane! ¿Puedes venir? —una joven morena con uniforme de ranger que se hallaba recargada en un árbol dejó una lata de refresco sobre una cerca de madera, y se aproximó. El joven le explicó la solicitud de Tammy.

—Ven conmigo —dijo, haciendo un gesto con la cabeza—, te llevo al mirador.

Tammy la siguió, ocultando su inconformidad; no quería tener niñera durante su visita. Pero lo pensó bien, y esto podía ser ideal.

Los sucesos de las últimas semanas la habían motivado a  releer, por enésima ocasión, la vieja colección de novelas juveniles de Carolyn Keene que la habían acompañado desde su infancia, con una protagonista cuyo apellido compartía por herencia familiar, como sobrina nieta no sólo de Nancy sino de su primo el Dr. Desmond Drew. En el primer libro de la serie, El secreto del viejo reloj, la joven detective Nancy Drew dedicaba mucho tiempo a entrevistarse con quienes habían conocido en vida al viejo Crowley, cuyo legado necesitaba rastrear; había llegado a familiarizarse con un hombre al que nunca conoció en persona a través de quienes sí le conocían. Esta era su oportunidad de hacer lo mismo: saber más acerca de la visita del Rey de Inglaterra hablando con alguien que había estado aquí.

Jane abordó con ella el auto y le indicó dónde estacionarlo más adelante, de manera que estaría más próximo al camino que seguirían.

En el estacionamiento, dos patrullas se encontraban estacionadas. Un sujeto obeso con una gorra roja de MAGA vociferaba “¡no lo veo haciendo nada!” mientras un oficial de policía lo escuchaba con visible enfado. En medio de acusaciones de indolencia e incompetencia intercalaba una y otra vez, “¿qué no sabe quién soy?” Mientras Tammy paraba el auto, el oficial dijo con paciencia: “Necesito llenar el reporte, amigo”, provocando que el sujeto se hiciera el ofendido por hablarle con esa confianza.

El hombre con la gorra al fin hizo una pausa y tomó un Milky Way de una mochila en el asiento de su van, a través de la portezuela abierta, y empezó a masticar. La ranger Jane miró al sujeto, y luego le dirigió una mirada expresiva a Tammy alzando las cejas. El hombre miró con desagrado a la joven de piel oscura y dijo:

—¿Aquí le dan trabajo a ilegales? Eso explicaría mucho.

Jane hizo una mueca y sacudió la cabeza, sin duda reprimiendo alguna respuesta a ese comentario insolente. Se apearon del auto, y Tammy pasó junto a un chico rubio que se encontraba de pie junto a un cesto de basura, con un par de Milky Ways en la mano mientras mordía uno. La miró con fijeza al pasar, pero su expresión sombría no se suavizó; por un instante sus miradas se cruzaron, y notó sus ojeras y su sien amoratada por algún golpe. Siguió a Jane por un sendero pavimentado, mientras sentía la mirada del chico en su trasero.

—Por aquí —Jane señaló hacia arriba; el sendero subía por una colina, en una pendiente ligera.

—¿Y a ese tipo qué le pasa? —preguntó Tammy.

—Insiste en que robaron su reloj que había dejado sobre el tablero del auto. Claro que Bill le señaló el letrero que aclara, “no nos hacemos responsables por objetos de valor que no deje en la administración”, etcétera; pero ese imbécil es hermano de un diputado republicano y se siente dueño del mundo, hizo venir a la policía a perder tiempo. Seguro él mismo perdió el reloj en el bosque y no lo va a admitir. Sólo quiere hacernos ver incompetentes para creer que ganó una pelea que sólo él está peleando con nadie.

—Lo peor de lo peor ha estado saliendo de bajo las piedras —contestó Tammy—. Se sienten gran cosa por tener a uno de ellos en el poder.

“En fin. ¿Estabas aquí cuando vino la pareja real? —preguntó Tammy para cambiar el tema, y Jane se animó visiblemente al rememorar.

—Son muy gentiles —dijo—, eso me sorprendió. Siempre pensé que la realeza era arrogante, pero nada de eso. La reina era algo reservada, pero el rey insistió en sentarse a platicar con los rangers, era muy abierto. No me malentiendas, la realeza es algo que me parece obsoleto; pero aunque algo de eso tenía la reina, él era otra cosa, no sé, tal vez está más consciente de que traen cargando un aparato jerárquico que ya no significa mucho.

El mirador mostraba una extensión magnífica de bosque; Jane se ajustó el sombrero de ranger para evitar que el viento lo arrebatara. Una segunda pregunta se disipó sin ser formulada; Tammy decidió que ya con estar aquí había sido justificado el viaje por carretera. Jane observó su reacción, y guardó silencio para permitirle absorber el escenario.

Luego de un momento, Tammy recordó su objetivo; sonrió como excusándose, y dijo:

—¿Me decías… acerca de las actividades de la pareja real?

—El rey accedió a juramentar a un grupo de nuevos rangers; más tarde, en las cabañas, conoció a Buddy, el águila calva que tenemos aquí, y luego develó unas piedras que simbolizan una nueva alianza de conservación entre Shenandoah y los Cairngorms en Escocia, con unas placas conmemorativas.

—Sí… —Tamara consideró la mejor manera de formular su pregunta fundamental; quizá lo mejor era hacerlo de manera directa—. ¿Y hubo algún sitio… no sé, algo que no fuera parte del recorrido formal que prepararon para él… donde el rey haya estado?

Jane se quedó pensando un momento.

—Hubo una ocasión. Preguntó cuáles eran los árboles más viejos. Esos serían los álamos amarillos; algunos tienen hasta 500 años. El rey pidió ver de cerca alguno de esos árboles, y lo llevamos allí. No está en la zona de acceso general, pero si quieres ir allí, no creo que haya problema; tampoco hay una restricción rigurosa, simplemente no es zona para turismo.

—¡Me encantaría verlo, por favor!

Jane la condujo por un sendero de tierra que circundaba una arboleda, pasaron un cercado bajo, de madera, con un letrero de “Sólo personal” y el sendero, más estrecho y recto, pero bien definido por el uso constante, las condujo poco más de medio kilómetro entre los árboles.

—La reina optó por regresar y sentarse —explicó Jane—, pero el Rey siguió a pie, aunque le ofrecieron traer un carrito motorizado de los que usamos en la zona turística para supervisar. Tiene unas fuerzas poco comunes a su edad.

—Ahora que es rey seguramente tiene pocas oportunidades de estar entre la naturaleza —Tammy admiraba el entorno; ella había crecido en los Apalaches, y le sorprendía cómo un entorno natural podía ser tan diferente en todos los aspectos de otro; para ella, que conocía de corazón el ambiente, los árboles y las plantas de su hogar más al norte, esto era otro mundo, a pesar que la distancia en un mapa no era mucha.

—Sí —Jane continuaba pensando en el rey—. Supe que él convirtió su finca a la agricultura ecológica en 1986; no ocultaba su pasión por la naturaleza a pesar que los medios de su país lo tomaron a burla, como si por ser de la familia real no tuviera derecho a lo que hay más allá de los palacios. Yo pienso que para él, a nivel personal, su visita aquí era lo más importante, y no ir a una convivencia diplomática con un presidente que quiere entregar a la tala todas las reservas ecológicas, que destruyó el jardín de Jackie Kennedy, que cree que los molinos de viento hacen daño y que hay que volver al uso de carbón. ¡Apenas esta mañana —a Jane le ganó el enojo— me enteré que el presidente acaba de hacer legal la cacería de trofeos en los parques nacionales!

Tammy la miró impactada. Eso era peor de lo que había imaginado.

—No creo que eso dure mucho, ni tampoco esta presidencia; pero tomará más tiem,po deshacer los daños. Tienes razón, estoy segura que venir era lo más importante para el rey —dijo Tammy, recordando lo que Marietta le había dicho—. Aquí está Norteamérica, el territorio vivo, no sólo un estafador que ve esto como materia de venta —se preguntó si sería prudente seguir hablando, pero no podía parar—. En Europa, los reyes eran representación y extensión de las tierras que gobernaban; no sólo eran propietarios, eran el rostro de esa tierra. Puede que algunos fueran tan malos como el presidente que tenemos ahora, pero en cualquier tierra hay gente buena y mala, y todos son parte de ella. El rey era, y es, un rol a ocupar, una pieza de algo más grande, no sólo una figura política.

Al fin calló, incómoda, pensando que podía haber sonado excéntrica. Jane la miraba mientras caminaban; por fin asintió con la cabeza.

—No lo había pensado. Me gusta eso. Mis padres siempre han dicho que somos parte del lugar donde vivimos; que somos parte de su alma —sonrió—. Pero en ese punto se pierden en anécdotas sobre cuando se conocieron en un evento New Age, la Convergencia Armónica de 1987.

Tammy sonrió y asintió. El abuelo también le hablaba de ese evento, aunque a veces satirizaba lo que calificaba de “excesos hippies”.

—Ya estamos llegando —anunció Jane—. Allí, esos tres troncos que comparten raíz; ese es uno de los álamos amarillos más viejos, tal vez el más viejo de todos.

Conforme se aproximaban, Tammy observó el enorme árbol; los troncos no eran muy gruesos, ella habría esperado un tronco enorme y ancho, pero no era así. Aunque, comparándolo con otros álamos circundantes, que eran bastante más delgados, sí se apreciaba una diferencia.

—Cuando llegó aquí, el rey simplemente se sentó en esa roca, y pidió que lo dejáramos solo unos minutos; dijo que deseaba absorber el ambiente. Incluso sus acompañantes o guardaespaldas se quedaron a una docena de metros y dándole la espalda —Tammy se aproximó al árbol y extendió su mano izquierda para tocarlo. Volteó a mirar a Jane, y ésta la observaba con una ceja arqueada—. Y, no, no voy a dejarte sola ni por unos minutos, lo siento.

Tammy suspiró con resignación. Esto no sería fácil. Esperaba no tener que regresar de manera furtiva.

—¿Qué pretendías hacer? —le preguntó Jane, aproximándose. Tamara estaba segura de que su expresión no había traicionado nada de sus pensamientos.

—¿Por qué me preguntas eso?

—Fuiste muy directa —dijo Jane—. No en la forma en que me hacías las preguntas; simplemente no había ninguna razón para que nadie supusiera que el rey se había apartado de su itinerario por un solo momento; y no solo preguntaste eso, sino que preguntaste en específico acerca del rey, como si supieras que esa desviación del programa no había incluido a la reina—Jane se cruzó de brazos—. Sabías que él pidió venir aquí. ¿Cómo es eso?

Tammy suspiró, y apoyó la espalda en el árbol, frustrada. No era sólo ver obstruidos sus planes; sino haberse delatado de esa forma. Un error de principiante. Aunque después de todo, era principiante; aunque llevaba toda su vida leyendo e imaginando, con los libros sobre su tía bisabuela Nancy, y también los de los Hardy, los Tres Investigadores, por no decir los que hablaban de Holmes, Poirot, Marple, y demás… llevaba apenas unos meses de haberse decidido a realizar investigaciones en serio, justo a partir de conocer a Marietta. ¡Seguramente Nancy había tenido sus traspiés!

Jane la miraba aguardando respuesta, y decidió sincerarse. Algo que también iba contra toda lógica; la reacción de rigor habría sido ofrecer alguna excusa, ser echada del parque, y regresar por la noche a brincar vallas y eludir cámaras. Pero Jane le agradaba; además, era inteligente. No le gustaba la idea de verse confrontada por ella de madrugada si de algún modo anticipaba también esos planes. De manera que se sentó en la roca donde días antes había estado el rey, y le habló de Marietta. No todo, claro; únicamente la manera en que se había convertido en su maestra de brujería de cerco, esas prácticas de magia, herbolaria y espiritualidad en las que Marietta había sido iniciada en Europa, y que en una vertiente distinta, Tamara había heredado de la familia Drew en los Apalaches, algo que la rama de su tía bisabuela Nancy no había compartido. Le habló también dela visita de Ian, el amigo druida de Marietta, y el encargo que le había hecho.

Ian había recibido a su vez la encomienda de un amigo suyo, un viejo cunner o brujo del Altiplano escocés quien había puesto en manos del rey de Inglaterra una piedra con una runa grabada; una piedra procedente de unos peñascos cristalizados en las orillas del lago Ness, que la leyenda tenía por los restos de un palacio de los gigantes, donde habían habitado antes de retirarse a dormir bajo las montañas. El cunner le había dicho al rey:

“Tu familia siempre ha dado su lugar a las viejas Usanzas; incluso de manera que la gente con ojos para ver lo supiera, desde que se instauró la Orden de la Jarretera. Ve, y coloca esta piedra, al pie del árbol más viejo de un lugar sagrado de América, entre las raíces del guardián de esa tierra. Allá también hay gigantes que duermen, y al igual que los nuestros, algunos están despiertos ya. América está sufriendo como la nación del Rey Pescador, el gobernante enfermo que se niega a desaparecer y hunde en la decadencia a las tierras que representa al aferrarse al trono. El Rey Pescador de nuestras leyendas acabó por aceptar su destino, y por crear el puente que salvaría a su pueblo; pero el rey de América no hará eso. Los gigantes necesitan agitarse y limpiar sus tierras de corruptos antes que esas tierras queden estériles. Si tu mano, la mano de Albión, coloca la piedra entre las raíces de un Guardián, éstos escucharán”.

El rey, que conocía lo bastante sobre la tradición para respetar y comprender esto en cierto grado, había dado su palabra; y su mano herida sin duda se debía a que había trazado la runa con su sangre antes de enterrar la piedra, de acuerdo a las Usanzas.

El viejo Cunner le había dado entonces a Ian, el druida, un frasco que contenía una infusión. Le había dicho que ésta contenía los nombres y las sangres de tres clanes de brujos, uno del Altiplano, otro del Black Forest, y otro de Gales; Ian debía encargarse de infundirla con los nombres y la sangre de su orden druida, de manera que varias corrientes sagradas de las Islas Británicas brindasen su fuerza y su respaldo al acto realizado; al colocar el frasco en manos de Marietta, ésta había añadido a la infusión las bendiciones de sus legados francés e italiano, y había encomendado a Tamara que lo llevase al sitio donde el rey había colocado la piedra para que, antes de derramarlo allí, lo infundiese también con el legado del clan de brujos de los Apalaches al que pertenecía su familia, una vertiente de la Usanza arraigada en las tierras norteamericanas. Semanas atrás, Tamara había estado presente en una ceremonia sui generis cuando la Diosa oscura se alzó del Irkalla (1), para despertar en las tierras de América y empezar a limpiarlas; ahora, las fuerzas de otros territorios se entretejerían con las de éste para formar un entramado inquebrantable, y resguardar a la tierra antigua. De esta manera, cuando la infusión fuese derramada para despertar (2). la piedra que el rey había colocado, asegurarían que los Durmientes bajo las Colinas escuchasen el llamado, para actuar en favor de estas tierras.

—…y eso es lo que vine a hacer —concluyó Tammy—. Encontrar el sitio donde el rey había enterrado la piedra rúnica, añadir mi propio aporte a la infusión, y derramarla para llamar a los espíritus de esta tierra.

Guardó silencio, y miró a Jane; deseó poder evitar sentirse como una alumna en la dirección de la escuela aguardando su castigo.

Jane bajó la mirada; Tammy quiso adivinar sus pensamientos, le pareció que quizá estaba buscando la manera de decirle de manera terminante que debía marcharse y no regresar, sin ofenderla.

Jane se llevó una mano a los ojos y, con un ademán que intentó ser discreto, se limpió una lágrima.

La miró apretando los labios con una sonrisa incómoda, y se quitó el sombrero de ranger.

—Caray —dijo—. Me recordaste a mi madre. Ella era Lakota, por eso soy morena. Su forma de hablar de algunas cosas… —se limpió el otro ojo— fue algo muy similar, aunque con otras palabras. Mira… ¿cómo me dijiste que te llamas?

—Tamara.

—Tamara —Jane la miró, y era quien tenía ahora una expresión incómoda, como si fuera a hacer una confesión—. Mi madre también me dijo algo antes que yo viniera a Shenandoah. Lo último que me dijo; me avisaron de su muerte dos meses después —guardó silencio un momento hasta recobrar la compostura—. Me dijo… “Ese lugar es bueno, es un lugar viejo. No hay que dejar que duerma; encuentra a los abuelos”.

Tammy se puso de pie, sin saber que decir.

—No puedo impedir que hagas lo que te encargaron —prosiguió Jane—. Aunque mi trabajo diga que no puedo permitirlo.

Tammy asintió, nerviosa.

—No tienes que dejarme sola —dijo—. Con esto, sé que lo respetas… que lo entiendes —extrajo de su bolsillo el frasco envuelto en paño rojo, lo desenvolvió, y añadió—: Creo… creo que deberías infundir algo tuyo también.

—¿Qué…? —Jane se mostró confundida.

—Como tú te sientas. Pero hagamos esto… por favor, acompáñame.

Jane asintió, y se aproximó, mientras Tammy se agachaba a estudiar la tierra que circundaba al viejo árbol. Luego de un momento, extendió una mano y apartó unas hierbas; éstas se levantaron con todo y una rama de raíces de pasto.

—¿Ves esto? El pasto fue separado de la tierra intentando no romperlo, y la tierra todavía está removida. Aquí es donde el rey debe haber enterrado la piedra —entonces se irguió; apoyó una mano en el tronco y se descalzó el pie izquierdo, para colocarlo en el pasto y sentir su frescura. Respiró hondo, y cruzó los brazos en X  Jane, observándola, imitó sus acciones, demorándose un poco más en desabrochar su bota.

—Guardián de esta tierra, venimos ante ti en nombre de los Antiguos, de los espíritus de Maestría, los ancestros de este continente, y de los ancestros de Albainn —Tammy se inclinó de manera breve y rápida, flexionando la cintura, hacia el árbol, con los ojos cerrados. Jane había cerrado también los ojos, pero inclinó brevemente la cabeza al repetir, en voz baja, esas palabras.

Tammy apoyó una rodilla en tierra, extendió el paño rojo sobre el pasto, y extrajo el corcho que tapaba el frasco; la tarea le tomó un par de minutos, Jane la observó y se colocó, junto a ella, con una rodilla en tierra.

Tammy colocó el frasco sobre el paño rojo, y extrajo de su bolsillo una pequeña navaja plegable. Pinchó su anular izquierdo, y exprimió un par de gotas de sangre en su palma derecha.

Aproximó la mano a sus labios, y musitó:

Syth. Tubal —y escupió un poco de saliva en su palma. La mezcló con las gotas de sangre con su dedo, y luego recogió la mezcla con éste; lo introdujo en el frasco y lo sumergió en la infusión, murmurando—: Así infundo los nombres y la sangre de mi linaje, en los nombres del Maestro y la Dama.

Miró entonces a Jane; le ofreció la navaja.

Jane asintió, la tomó, y extrajo también de su dedo unas gotas de sangre, recogiéndolas en su palma. Entonces, la aproximó a sus labios y dijo:

Wakan Tanka tunakasila —escupió en su palma, e introdujo la mezcla de sangre y saliva en la infusión.

La tendió hacia Tamara para devolvérsela, pero ella no la tomó.

—Eres la última en la línea para completar la infusión. Hazlo tú.

Jane vertió el líquido sobre la tierra, en el sitio donde la piedra rúnica había sido enterrada, hasta que el frasco quedó vacío.

Ambas quedaron en silencio un momento, y se alzó un viento cada vez más fuerte y sonoro; muchas hojas pasaron volando a su alrededor, las aves revolotearon con fuerza. Ninguna dijo nada, pero compartieron la certeza de que habían sido escuchadas; no sólo ellas, Marietta, Ian, el cunner, el rey, los clanes, los ancestros. La tierra había escuchado.

—Ahora sólo queda aguardar —dijo Tammy, poniéndose en pie.

—Y ayudar —agregó Jane, con una sonrisa débil—. A Dios rogando, y con el mazo dando.

Claro —Tammy se alegró de no haber sido quien lo dijo; en buena parte, había asumido su aprendizaje con Marietta porque sabía que ella, como Lady Satán, no sólo había asumido un nombre iniciático sino una identidad de resistencia social proactiva. Oír a Jane decir esto reafirmó su certeza de que no eran sólo ellas, sino muchas personas, cada vez más, dispuestas a cambiar las cosas antes que empeorasen. Pero sólo apoyarían a las fuerzas del Destino, y del Territorio, las cuales producirían el verdadero cambio.

Caminaron de regreso, casi en silencio; ambas estaban todavía asimilando la experiencia. Tammy se sentía ligeramente mareada, a pesar que la operación mágica no había sido tan intensa… en apariencia. Claro, los Durmientes eran fuerzas vastas, y no se podía hacer un contacto “leve” con una marejada.

Llegaron al estacionamiento; el sujeto con la gorra de MAGA iba de acá para allá, fumando un puro a pesar de los señalamientos que prohibían esto con claridad, y uno de los policías se hallaba sentado en una banca, con un aspecto de hastío, junto a uno de los rangers. El chico se hallaba recostado en los asientos de la van, y su madre parloteaba en su celular, hablando de las intransigencias y desinterés de los rangers.

Tammy se volvió entonces hacia Jane y le dedicó una sonrisa amplia, exagerada; extendió loa brazos, haciendo aspavientos.

—¡Muchísimas gracias! Ha sido maravilloso conocer este lugar, gracias por tantas molestias que te tomaste —dijo Tammy en voz alta mientras Jane la miraba como si se hubiera vuelto loca. Tammy prosiguió, caminando de espaldas para colocarse delante de Jane sin detenerse— Este lugar es tan bello que… —la exclamación de advertencia de Jane llegó tarde, y las caderas de Tammy golpearon de lleno contra el cesto de basura, volcándolo; trastabilló, volteando para ver el desastre causado, y empezó a caminar sobre la basura desparramada, intentando recuperar el equilibrio.

La segunda envoltura de Milky Way que pisó crujió de manera ruidosa.

—¡Cielos! ¿Qué acabo de pisar? —se agachó y alzó en alto un reloj de pulsera dorado, que se quebrado irremediablemente con su pisotón—. ¡Cielos! Esto estaba en esa envoltura de chocolate. ¡Con razón hizo tanto ruido cuando ese señor de la gorra arrojó una envoltura al bote cuando pasamos hace rato!

El rostro del policía se iluminó; se incorporó de su asiento y vino a tomar el reloj. Tammy se lo entregó, y buscó su celular. Era sin duda muy costoso, pero había quedado partido en dos.

—Así que “ese señor de la gorra” tiró una envoltura que hizo mucho ruido, ¿eh? —repitió el oficial, sonriendo. El aludido vino furioso hacia ellos.

—¡Yo no hice nada de eso! —vociferó, y su rostro se puso rojo al ver el reloj arruinado—. ¡Kevin!— rugió, volviéndose hacia su van, donde el chico se había enderezado y lo observaba todo con una sonrisa burlona—. ¡Tú hiciste esto idiota! —el hombre fue hacia él con grandes zancadas, lo sujetó de la camisa, y alzó el puño dispuesto a darle un golpe en plena cara a su hijo. “¡Bob!”, chilló su esposa, y luego añadió, hablando a su celular: “Luego te hablo”.

El puñetazo fue descargado cuando, al mismo tiempo, el hombre se fue de bruces sobre el costado de la van; Tammy había pateado el pie en que se apoyaba para hacerlo caer. El puño pasó inofensivamente sobre la cabeza del chico, mientras la nariz del hombre chasqueaba contra el borde de la portezuela abierta. Se enderezó para encarar a Tammy, llevándose una mano a la nariz que ya empezaba a sangrar. Empezó a soltar imprecaciones contra ella, y la amenazó con el puño.

Tammy retrocedió unos pasos y señaló con su índice el celular que sostenía en su otra mano.

—Adelante, puede golpearme; el video de cómo intentó golpear a su hijo se vio muy claro.

El hombre se volvió a mirar al oficial.

—¡Arreste a esta zorra! —ordenó— Usted vio cómo me atacó. Vea cómo estoy sangrando.

—No lo creo —repuso el oficial.

—¿Qué no sabe quién soy? Imbécil, me encargaré de que no vuelva a encontrar empleo en este país. ¡Confisque ahora mismo el celular a esa zorra!

—No hay problema —dijo Tammy, con una ligera sonrisa—. Sólo déjeme concluir la transmisión en vivo en Instagram. Por cierto que etiqueté a su hermano el funcionario; esto ya tiene muchas vistas.

Por una vez, el hombre se quedó sin palabras. El oficial aprovechó para aproximarse al muchacho, quien se había apeado de la van y lo veía todo con la expresión de un niño en un circo.

—Muchacho, si quieres presentar una denuncia, ahora es el momento; mi pareja ya me había dicho que al revisar las cámaras para identificar al ladrón, vio cómo tu padre te dejó ese ojo morado luego de bajar de su vehículo. La trabajadora social del parque ya viene hacia acá, y no tienes que regresar a casa si no lo deseas.

—¡Súbete a la camioneta ahora mismo imbécil! —gritó el hombre, y habría forzado a su hijo a hacerlo, pero Jane y Tammy le bloquearon el paso mientras el oficial conducía al muchacho hacia la cabaña de la cual en ese momento salía el otro oficial en compañía de dos rangers.

Una vez el muchacho estuvo a salvo, en la oficina de la trabajadora social, y el oficial hubo tomado testimonio de Tammy —además de compartirle el enlace del video, que a estas alturas había sido compartido más de 40 veces—, Jane acompañó a Tammy a su auto.

—Fue el muchacho quien tiró el reloj, ¿verdad? —dijo Jane.

—Claro, para desquitarse de su padre.

—¿Tú lo viste?

—No hizo falta; vi cómo estaban las cosas, y para cuando llegamos al árbol ya había pensado qué hacer, claro, siempre y cuando no se hubieran marchado.

—Personas como él siempre prolongan las cosas, por fortuna —Jane la miró con curiosidad—. Estás llena de sorpresas.

—Nah —Tammy abordó su auto y le sonrió—. Soy un libro abierto. ¡Uno de Carolyn Keene!

Jane ya iba de regreso a la cabaña de administración cuando recordó al fin ese nombre, y entendió la referencia, con una risita.

 

 

La primera aventura de Tammy Drew puede ser leída en Nancy y el misterio del grimorio. Siete pasos hacia el Abismo (Tubal Albainn, 2026).

 

Créditos

“La encomienda” Copyright © 2025 Luis G. Abbadie. Debe ser reproducida siempre acreditando al autor.

Tamara Drew es creación original de Luis G. Abbadie, y apareció por primera vez en Nancy y el misterio del grimorio. Siete pasos hacia el Abismo (Tubal Albainn, 2026).

Nancy Drew, cuyo creador conceptual fue Edward Stratemeyer, fue desarrollada y caracterizada por Mildred Wirt Benson, bajo el seudónimo Carolyn Keene, utilizado hasta la actualidad por la mayoría de sus cronistas. Apareció por primera vez en Secret of the Old Clock (1930) y ha tenido numerosas adaptaciones en series de televisión, películas y videojuegos. Sus primeras cuatro novelas han caído en el dominio público, y únicamente elementos de esta versión original son utilizados aquí. Historias y personajes posteriores continúan protegidos por la ley de Copyright y como marca registrada.

Lady Satán, publicada originalmente en Dynamic Comics 2 (1941) y 3 (1942) y en Red Seal Comics 17 (1946) y subsecuentes, su versión más conocida fue creada por George Tuska; es del dominio público debido a singularidades legales.

El Dr. Desmond Drew, investigador paranormal, fue creado por Will Eisner and Jerry Grandenetti en las páginas de Rangers Comics #47 (Junio 1949), bajo el título “The Secret Files of Dr. Drew”; es del dominio público debido a singularidades legales.

Los Héroes Convocables es una serie de relatos que retoman a personajes clásicos de dominio público, huérfanos o con derechos liberados, para traerlos a enfrentar los desafíos del mundo actual.

Esta es una obra de ficción, en ella cualquier semejanza con personajes y situaciones reales se sujeta a las normas de la parodia, y no pretende en ningún momento constituir una representación fidedigna de la realidad.


Notas

1) Esto ocurrió en Nancy y el secreto del grimorio.

 2) La New Age actual usaría la palabra “activar”, la cual me desagrada en este contexto pero incluyo por el bien de la claridad.


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