domingo, 31 de agosto de 2025

Hasta abajo en el Tótem - Un episodio de Los Héroes Convocables


 Hasta abajo en el tótem

Episodio Anexo de Los Héroes Convocables

Autor y artista: Luis G. Abbadie

(También puedes leer la versión en inglés aquí)

El primer deber de un revolucionario es hacer la revolución.

—Ernesto “Che” Guevara

Con un negro odio en su corazón hacia todos los opresores, Lady Satán se apresura hacia el edificio de gobierno…  

—George Tuska

Prólogo

Bajo el firmamento nocturno, una pira ardía en el centro del claro de la hacienda. Una mujer rubia de vestido negro agitaba las llamas con una vara, mientras un hombre con un traje marrón descuidado colocaba un cáliz con vino rojo en un altar dispuesto en el suelo sobre un mantel oscuro, a un lado de un pentáculo de madera. Varios implementos y objetos se hallaban colocados alrededor, todo listo para un ritual de novilunio. Una mujer envuelta en un manto rojo se aproximó desde el edificio de la hacienda; era la única que llevaba su vestimenta ceremonial, aunque por otra parte, era también la única que vestía su manto en muchas ocasiones fuera del entorno ritual, para llevar a cabo ciertas actividades.

—Ya está todo —dijo Desdemona Mather, mientras echaba otro leño al fuego.

Muchas gracias —dijo Marietta Là-bas, con una sonrisa—. Ahora será mejor que entren mientras trabajo.

—Deberías dejar que te apoyemos —protestó Rosen Cruz—, con los tres, alcanzaremos mayor potencia.

—Ya me ayudaron bastante con esto —repuso ella—. Esto lo haré sola; trabajar con las fuerzas del destino es peligroso, porque harán que confrontemos todas nuestras deudas; nuestro karma. Yo estoy dispuesta, esto lo vale, pero no es necesario desencadenar lo mismo para ustedes. Además —añadió, mirando de manera significativa a Desdemona— será mucho más seguro que tú encares la deuda que ya sabes en tus propios términos.

Desdemona apretó los labios, y asintió.

—Vamos, Rosen —dijo, volviéndose hacia la hacienda, y añadió—: Vete con mucho cuidado.

Marietta sonrió de nuevo.

—Siempre.

—¡Ja! —respondió Desdemona ruidosamente, sin voltear.

Marietta aguardó a que cerraran la puerta tras de sí, y se volvió hacia el fuego. Alzó la capucha del manto y cubrió su cabeza. Tomó el athame del altar y sostuvo la hoja doble de la daga entre las llamas, un momento; entonces marchó hacia el norte, y empezó a caminar con pasos firmes a lo largo del perímetro señalado con rocas, haciendo una pausa y un gesto en el aire al llegar a cada uno de los puntos cardinales. Caminó tres veces alrededor, murmurando nombres de poder; luego regresó al centro, y tocó tres veces el pentáculo con el athame. Alzó los brazos en V y declaró:

—Me encuentro bajo las mismas estrellas bajo las cuales celebraron mis ancestros, para pronunciar los mismos nombres por los cuales los conocemos desde que nos los enseñó la Santa Strega. ¡Guardianes de las cuatro direcciones, brinden su fuerza a este rito, para que mi voz sea escuchada!

Si figura habría resultado imponente para quien la viese; Marietta Là-bas, la mujer relajada y elegante que había ingresado al círculo, había sido sustituida por Lady Satán, la bruja.

Extrajo una ampolleta de un bolsillo de su manto, y lo colocó sobre el pentáculo. Pinchó su dedo índice de la mano izquierda con la punta del athame hasta que brotó una gota de sangre; entonces, hizo la señal de Voor, la mano cornuta, con su derecha mientras tocaba la ampolleta con el dedo pinchado.

Un vendaval se desató justo cuando comenzó a entonar, con voz potente, un antiguo conjuro, como si los elementos se unieran a su llamado:

Tisiphone uocisque meæ secura Megæra,

non agitis sæuis Erebi per inane flagellis

infelicem animam? Iam uos ego nomine uero

eliciam Stygiasque canes in luce superna

destituam; per busta sequar per funera custos,

expellam tumulis, abigam uos omnibus urnis.

Teque deis, ad quos alio procedere uultu

ficta soles, Hecate pallenti tabida forma,

ostendam faciemque Erebi mutare uetabo.

Eloquar immenso terræ sub pondere quæ te

contineant, Hennæa, dapes, quo fœdere mæstum

regem noctis ames, quæ te contagia passam

noluerit reuocare Ceres. Tibi, pessime mundi

arbiter, immittam ruptis Titana cauernis,

et subito feriere die. Paretis, an ille

compellandus erit, quo numquam terra uocato

non concussa tremit, qui Gorgona cernit apertam

uerberibusque suis trepidam castigat Erinyn,

indespecta tenet uobis qui Tartara, cuius

uos estis superi, Stygias qui peierat undas?[1]

Lady Satán permaneció con los brazos en alto, sus ojos cerrados, entregándose a la fuerza del viento con una sonrisa fiera; cuando éste aminoró, abrió los ojos.

Cruzó los brazos en X, e hizo una reverencia.

Había sido escuchada.

 

En el interior de la hacienda, Rosen Cruz servía un par de vasos de vino, e hizo una pausa al escuchar el estruendo del clima; los cristales de las ventanas retemblaron. Miró a Desdemona; vio cómo la recorría un escalofrío.

—Han venido —dijo con voz débil.

Rosen dejó la botella en la barra y dio un trago a su vaso con enfado.

—Tendríamos que estar allí, con ella. Bueno, yo tendría que estar.

—Ella tiene razón —repuso la joven—. Sabes bien lo que puede desencadenar trabajar con… ellas. Y no estamos listos; yo, para la herencia de mi madre. Y tú, bueno, lo que te viste forzado a hacer cuando ocurrió lo de Montauk…

Rosen hizo una mueca.

—Eso y tantas otras cosas; he tenido tiempo de sobra para meterme en broncas, así que tengo todo un catálogo de opciones —calló un momento, con expresión sombría—. Sí… Mari tiene razón. Pero no me gusta. Ella asegura tener menos riesgo inmediato, pero nadie está libre, mucho menos cuando ha trabajado con el sendero de la mano izquierda. Debí…

—Llegará nuestro turno —dijo Desdemona, aproximándose; tomó el otro vaso, y lo alzó—. A nuestra manera.

Rosen alzó el suyo en respuesta.

—A nuestra manera.

La puerta se abrió luego de unos minutos, y Lady Satán entró; sus pasos eran lentos, cansados, la fuerza y firmeza que había manifestado en el ritual se habían agotado por el momento. De nuevo era sólo Marietta, una mujer agotada… pero satisfecha. Sonrió agradecida cuando Rosen le ofreció un vaso de vino.

—Eres buena —dijo él—. Tu abuela debe estar orgullosa en el otro lado.

—Creo que allí estuvo, echándome la mano —repuso ella con un guiño. Rosen asintió, con una sonrisa torcida.

—Ya hablé con nuestro amigo —dijo—. Te espera en Washington la próxima semana.




I

El presidente Drumpf se encontraba sin mucho que hacer en la Sala Oval. Usualmente le presentaban actividades diversas; su equipo sabía que dejarlo con demasiado tiempo para sí mismo era potencialmente problemático. Hoy, de nuevo, decidió ver lo que las que denominaba las “terribles televisoras” de inclinaciones democráticas estaban haciendo. En el fondo, Drumpf disfrutaba enfurecerse contra sus detractores; sentir que estaba en combate contra sus enemigos. Sentirse heroico. Aunque los únicos agresores fueran ataques verbales y memes. En ocasiones se sentía como un sobreviviente como si el atentado fingido en que le habían indicado cómo reventar una cápsula de sangre de efectos cinematográficos en su oreja hubiera sido real; en su mente los recuerdos se emborronaban cada vez más, y la imagen del dramático retrato de aquel momento que colgaba en un muro de la Casa Blanca era mucho más nítida que su memoria real del suceso. A veces se percataba de que su mente poseía menos claridad que antes, pero se lo atribuía a la falta de reposo, a su esfuerzo constante por convertir a los Estados Unidos de América en el país más “candente”. Aun si los lapsos de inactividad y de distracción con Netflix eran cada vez más prolongados.

Sintonizó el canal WWB; la televisión era un aparato que sí sabía manipular. Era capaz, pensaba, de reconocer sus limitaciones: la alta tecnología marcaba sus límites, para ello tenía a su equipo debidamente capacitado que encendía la computadora por él y posteaba en su cuenta de Drumpf Social según su dictado. Seleccionó el noticiero Answers Only; el logotipo apareció acompañado del rítmico tema musical. Sentado detrás de su mesa, el comentarista  V.M. Sage apareció mirando a la cámara. Saludó con una sonrisa a Tina Sanders, su compañera conductora, y a la productora Nora, a quien hizo un gesto fuera de cámara. Pero los ojos de Sage no sonreían; casi nunca lo hacían, era un hombre que parecía perpetuamente enojado, y en cada programa se quejaba de aquello que lo indignaba. Drumpf solía disfrutar de esto, y aplaudía sus diatribas en contra del presidente anterior; hasta que un día, Sage se atrevió a cortar una llamada telefónica que había hecho al programa. Fue entonces, decidió Drumpf, que Sage había mostrado sus verdaderos colores. Y en efecto, desde que había sido elegido presidente, se había vuelto objeto de las invectivas de Sage, el cual se mostraba decidido a arruinar la respetabilidad de Drumpf, haciendo pasar todos sus logros por fracasos.

Ahora, Sage miraba a la cámara, y dejó de sonreír.

—El encuentro del presidente con el mandatario ruso Vlad Prudkin fue lo que podíamos esperar. Drumpf llegó con promesas de pacificar la guerra en Ucrania una vez más, y Prudkin se marchó sin haber hecho una sola concesión; una vez más. Mientras que Drumpf le ofreció el apoyo y recursos americanos. ¡Una vez más! —el tono de Sage era cada vez más agresivo— Si teníamos alguna duda de que tenemos un presidente al servicio del ex agente de la KGB que funge como dictador en su país, Ronald Drumpf hace todo lo que puede por dejarlo bien claro para nosotros.

“Apenas hoy empezaron a circular imágenes de los nuevos ataques al territorio ucraniano; de tropas rusas, pero también de tropas de Corea del Norte, país que se muestra partidario unilateral de Rusia —Sage hizo un gesto, y en respuesta, el monitor mostró un video de tanques de guerra avanzando por una población de Ucrania—. Como podemos ver aquí, el ejército ruso estaba listo para recibir la señal de Prudkin, apenas iba éste de regreso a Moscú, los soldados izaron en sus tanques estas dos banderas: la de Rusia y la de los Estados Unidos por igual. Esto envía un mensaje muy claro a los ucranianos: si esperaban ayuda o apoyo de nuestras tropas, ahora saben que ésta sólo sería ofrecida a los invasores rusos. Ellos no saben ni les importa más que una cosa: están muriendo a manos de soldados rusos y norcoreanos, y nuestra bandera es una de las que portan sus ejecutores.

La cámara mostró de nuevo el rostro de Sage.

—¿En eso nos hemos convertido? ¿Aliados de Rusia y de Corea del Norte? ¿Acaso no eran esos dos “enemigos de la libertad” a los que se oponían los republicanos hace sólo un par de años? ¡Bienvenidos a nuestro nuevo país bananero, compañeros americanos! ¡Larga vida al führer!

—¡Estúpido! —vociferó Drumpf, y pausó la transmisión. No iba a escuchar más tonterías, tenía que callarle la boca a ese imbécil. Oprimió el botón del comunicador en su escritorio—. ¡Emily! Venga ahora mismo, necesito poner un mensaje importante en las redes acerca de ese terrible reportero V.M. Sage.

II

Henry Lorentz salió de su domicilio sin ninguna urgencia. Se decía a sí mismo que era feliz con su trabajo, pero a lo largo de los últimos meses, en verdad lo padecía. Estar a cargo de la salud del presidente era una labor sisífica, y empezaba a volverse peligrosa. Drumpf jamás escuchaba razones; en unas cuantas ocasiones, realmente había puesto atención a los intentos que hacía por explicarle su precario estado fisiológico, pero era imposible convencerlo de que su dieta tenía que ser controlada. Lo más que había conseguido era que se moderase en el consumo de refrescos, pero luego acababa de cinco a ocho latas durante una sola mañana de golf en los campos al norte de Mar-A-Taco. Y típicamente, Drumpf empezaba a reprocharle a él cuando se sentía mal, lo que resultaba aterrador.

Si todo iba bien, hoy sólo tendría que realizar los exámenes diarios, sin ir más lejos; prefería no tener que darle ninguna indicación médica si podía evitarlo. Aunque por su propia seguridad, no podía dejar de hacerlo en cada momento en que algún indicio preocupante se presentara.

Tras despedirse de su esposa, abordó su auto, dejó su maletín en el asiento contiguo, y encendió el motor; entonces sintió un pinchazo en el costado del cuello. Se llevó la mano al sitio y tocó una mano enguantada que ya retiraba una jeringa. Aterrado, volteó hacia atrás, mientras un vértigo lo invadía. Su vista se emborronó; ni siquiera pudo distinguir los rasgos del hombre que se hallaba en el asiento trasero, pero sí vio con algo de claridad a la mujer que se hallaba junto a él, mirándole impasible con los ojos cubiertos por unas gafas de color rojo intenso. Intentó gritar, hablar, pedir auxilio; pensó en Laura en la casa, muy lejos para escuchar… de todas maneras, sus labios no le respondían. Su cuerpo se puso fláccido, y cayó sobre el maletín.

Los agresores se apearon con movimientos rápidos, y arrastraron a Lorentz fuera del auto; lo esposaron, lo amordazaron, y lo echaron al interior del cofre. Luego la mujer tomó el volante mientras su compañero quitaba el maletín del otro asiento y se acomodaba en él.

—Deberíamos matarlo —dijo ella, mientras arrancaba.

—Sería abusar de nuestra ventaja —repuso él, mientras se frotaba el rostro repetidamente—. En otras circunstancias, quizá.

—¿Ventaja? ¡Ese desgraciado tiene a un ejército literal en sus manos! Sólo por eso nadie más lo ha hecho.

Él la miró un momento, con ojos verdes y fríos.

—No merece compasión, es cierto. Pero tampoco merece que nos envilezcamos.

Ella permaneció en silencio unos minutos; emanaba furia, que sólo se traducía en algunos movimientos bruscos al conducir.

—Marietta…

—¡Ya! —exclamó ella— Tienes razón. Maldito, tienes razón.

Continuó en silencio; ya faltaba poco para su destino cuando dijo:

—Espero que tu plan sirva de algo. Pero yo haré las cosas a mi modo.

—Si piensas envenenarlo o…

Esta vez, ella sonrió; lo miró un momento desde atrás de sus gafas rojas.

—Muchos hemos estado trabajando en otros niveles; esta es una oportunidad única.

Esta vez fue él quien calló; estudió el rostro de la mujer, finalmente asintió, y suspiró. No se tomaba muy en serio los estudios alternativos de su compañera, pero si eso le daba satisfacción, que hiciera lo que quisiera; él se ceñiría a lo suyo.

III

El vicepresidente Vantz se marchó con actitud preocupada, dejando a Drumpf con una actitud relajada y fanfarrona; había firmado los documentos, como siempre, sin entender casi nada de la explicación que le había dado de sus contenidos, pero la diatriba del presidente acerca de sus posts en Drumpf Social en su guerra personal constante con los medios de difusión demócratas le había dejado claro que tendrían mucha basura mediática con qué lidiar en los siguientes días. Pero si dejaba pasar un par de días, con algo de suerte, el presidente se enfurecería contra alguien más y olvidaría sus intenciones de confrontar a los directores de lo que llamaba “Fake News WWB”.

En la antesala, se cruzó con un médico y una enfermera; era más joven que el médico regular de Drumpf. Usualmente no duraban mucho, el presidente los echaba por cualquier inconformidad o bien renunciaban a atenderlo con algún pretexto. A ver cuánto duraba este.

—Soy el Dr. Dreyfuss, Lorentz debió avisarles que no pudo venir.

La secretaria asintió, mirando sus apuntes.

—Llamó hace cosa de una hora, dijo que vendría usted en su lugar. ¿Andrew Dreyfuss?

Éste asintió, acomodándose unas gafas polarizadas, y ella lo anunció.

—¡Dile que pase! —sonó la voz de Drumpf desde la bocina, y ella se puso de pie para abrirles la puerta.

El médico y la enfermera entraron, y ella cerró la puerta tras de sí.

—Señor presidente; vengo a sustituir al Dr. Lorentz en su examen del día. El proceso será el mismo…

Drumpf guardaba silencio; miraba hacia abajo, se mostraba serio. Los recién llegados se detuvieron, con incertidumbre.

—¿Señor presidente…? —dijo la mujer en voz baja.

Drumpf continuaba en silencio; Dreyfuss estaba a punto de decir algo, cuando al fin les dirigió la mirada.

—Esperaba a Lorentz —dijo al fin—. Había hablado cosas con Lorentz.

—Él lamenta mucho no haber podido venir hoy, señor. Aquí estará de nuevo mañana sin falta.

—Da igual —Drumpf resopló, descartando la cuestión con un gesto—. Aquí está usted, hagamos esto.

El Dr. Dreyfuss abrió el maletín y extrajo el medidor de presión. El presidente se quitaba ya el saco. Mientras tanto, la mujer preparaba una canalización. Drumpf colocó la mano sobre el escritorio; su dorso mostraba una extensa mancha amoratada, resultado de inyecciones y canalizaciones diarias. Ella iba a limpiar la piel con un algodón, pero alzó la mano de repente, mostrándosela a Dreyfuss.

—Casi todo el tiempo me duele; pero desde anoche, hay ratos en que está… que no siento nada, como que se me durmió esa parte de la mano.

—Entumecida —sugirió el Dr. Dreyfuss. El presidente asintió.

—¿Por qué es eso?

Dreyfuss lo pensó un momento. Entonces asintió con la cabeza.

—Hay veces que pasamos por algo desagradable tantas veces que dejamos de resentirlo —dijo—. El dolor sigue ahí, pero su mano se acostumbra, deja de notarlo; es como si sus tejidos quisieran fingir que el dolor ya no está ahí, y se niegan a transmitirlo a su cerebro.

Drumpf asintió con la cabeza; la explicación parecía bastante clara. Colocó la mano de nuevo sobre la mesa, y permitió que la enfermera la limpiara con alcohol. Miró sin poner atención cómo ella frotaba el algodón en movimientos erráticos, como si estuviera dibujando algo sobre su piel. Abrió la boca para decir algo, pero Dreyfuss se adelantó; mientras le retiraba el medidor de presión, dijo:

—Es natural entumecerse, dejar de sentir cuando el malestar es constante. ¿No es igual en la política? un país se acostumbra a los abusos de un dictador, incluso alaba al tirano porque no va a admitir que es un daño autoinfligido; ¿qué pueblo oprimido se da cuenta antes que sea muy tarde? Un hombre que tiene vicios, ¿no se acostumbra a las resacas, las migrañas, como si fueran lo más normal, sin saber que sus entrañas se pudren? —Drumpf lo miró con perplejidad, sin apenas darse cuenta de que la aguja entraba a su piel; tartamudeó, pero calló cuando Dreyfuss retomó la palabra antes que consiguiera articular su comentario—. ¿Qué pasa con el cuerpo que se desnutre y se corrompe? ¿Y no es un gobernante la cabeza, y el cuerpo, su nación?

“¿Y qué me dice del alma?

Dreyfuss hizo una pausa, mirándolo desde atrás de sus gafas polarizadas mientras doblaba el medidor de presión. Drumpf se preguntó por qué le parecía familiar su rostro.

—Dice la religión cristiana… tengo entendido que usted es cristiano, ¿verdad? —dijo el médico— …que el alma nace pura; es limpia y pertenece en el paraíso, en presencia de Dios. Pero ¿qué va a ser de un alma egoísta, sin amor? ¿Qué queda del alma de un hombre que y despoja a los demás, aunque se diga a sí mismo que ellos se lo buscaron por dejarse embaucar? ¿Qué pasa con un hombre lujurioso que abusa de jovencitas, y se dice a sí mismo que ella lo disfrutó?

—¿Qué diablos se trae? —reclamó Drumpf— ¡Recuerde que yo soy…! —Dreyfuss alzó una mano, en la cual sostenía una jeringa idéntica a la que en ese momento la enfermera utilizaba para añadir un medicamento a la canalización de su mano; con movimiento rápido, la aproximó al rostro del presidente, deteniéndose con la aguja a unos centímetros de su frente. Drumpf calló, con los ojos desorbitados.

—Usted —dijo Dreyfuss, con serenidad—, es el hombre que dejó de sentir dolor luego de tanto pinchazo. Es el hombre que dejó de sentir que alguien importa aparte de usted mismo. Usted es aquel niño que creció cristiano pero que tiró a la basura su alma.

“Le preguntaba yo, ¿qué queda del alma de un hombre que usa su poder para enriquecerse, y quita sus servicios médicos al pueblo? —tocó la frente del presidente con la aguja; la piel maquillada con tonos anaranjados empezó a sudar—. ¿Qué se ha ganado el que crea campos de concentración para los que no son blancos, convencido de que por no serlo, son todos criminales? ¿Qué será de un hombre que destruye la economía, que niega sus derechos a las mujeres y criminaliza a quienes tengan preferencias de género que no le gustan? —el médico dejó la jeringa en el escritorio y se volvió hacia la ventana, dándole la espalda; había dejado el maletín en la mesita al pie de la misma—. Pregúntese, ¿puede morir el alma? ¿Y cuánto le falta a usted para averiguarlo?

Drumpf reaccionó; sujetó la jeringa y apuntó con ella a la espalda del médico como si fuera una pistola.

—¿Quién se cree para venir a decirme esto, idiota? —exclamó, y empezó a ponerse de pie—. ¿Viene a amenazarme y a darme lecciones? ¡Soy el presidente, estúpido! ¡Esta noche la va a pasar en mi Alcatraz con los caimanes! ¡Quiero verle la cara y que entienda lo que hizo!

El médico se irguió, se quitó las gafas, y se volvió despacio. Bajo su cabello castaño, los contornos de su rostro eran resaltados por la luz de la ventana… pero no había nada más. No había ojos que mirasen a Drumpf; la nariz no mostraba orificios nasales; fue de una piel lisa y sin aberturas que provino la voz del médico:

—¿Sabrías reconocer el rostro de tu propia condena?  

Drumpf se sacudió al mirarlo; de no haber estado maquillado, habría palidecido. El hombre sin rostro dio un paso hacia él, y el presidente retrocedió, tropezó con la silla, cayó de espaldas. El hombre sin rostro y la enfermera lo observaron convulsionarse en el suelo, hasta que se quedó quieto, inconsciente, y respirando de manera ruidosa.

La bolsa con suero de la canalización había caído sobre su pecho; Lady Satán extrajo la aguja de su mano y se detuvo a limpiar con alcohol.

—¿En serio? —dijo Sage; ella se incorporó, encogiéndose de hombros, y ambos se dirigieron a la puerta.

 

Epílogo

—…Estoy haciendo lo posible por que acabe la guerra en Ucrania —decía Ronald Drumpf en el monitor—.  Sabes, no estamos perdiendo vidas americanas... son sobre todo soldados rusos y ucranianos. Pretendo llegar al cielo si es posible. He oído que no voy bien. Estoy hasta abajo en el tótem. Pero si consigo alcanzar el cielo, esta será una de las razones…  

La imagen cambió para mostrar el rostro furioso del conductor de Answers Only.

—Ya lo escucharon; negociante fracasado hasta el final, ahora Ron ya siente pasos en la azotea y se dio cuenta de que ha pasado toda su vida siendo todo lo contrario al “buen cristiano” que sus seguidores lavados del coco quieren ver en él. ¿Y su solución? Quiere comprarse la salvación como si fuera una transacción empresarial. ¡Apuesto a que algún pastor se las vio negras cuando le preguntó cuántas vidas necesitaba salvar para sobornar a Jesucristo y cancelar su boleto de ida al infierno! A ver si alguien le dice que no funciona así. Eso aparte de que su propuesta de negocio es con Ucrania, mientras que en casa, empieza a desplegar tropas de la guardia nacional para ocupar su propio país, para someter a las ciudades que no tienen gobiernos republicanos. “Vamos a pagar mis pecados con buenas obras allá donde no me estorban mientras sigo armando mi dictadura y pisoteando latinos”. ¿Qué les parece?

El conductor se echó hacia atrás en su asiento, y dijo:

—En cuanto a su post en Drumpf Social donde exige que “Fake News WWB” cancele muestro programa y me despida, sólo tengo una respuesta, Ron: ¡Sácame de aquí si puedes! Aquí V.M. no-se-deja Sage, cambio y fuera.

Marietta Là-bas pausó la transmisión y bebió lo que restaba de su copa de cognac. Dejó el celular a un lado y sonrió. Continuaba pensando que habían desperdiciado una oportunidad única, pero V.M. tenía razón: era mejor actuar sin perder la integridad, ser mejores que la gente a la que se enfrentaban.

Además, no había desaprovechado del todo; la luna nueva pasada, su coven había concentrado la maldición de las Erinias en su rito, con el medicamento que había inyectado a Drumpf sobre su altar. Era, en efecto, la medicina perfectamente eficaz que solían aplicarle diariamente, no la había sustituido ni contaminado… ni siquiera podría decirse que la maldición equivaliera a un “veneno” metafísico; su único efecto sería que la mano de las Erinias trajesen justicia en justa medida. Ojalá ocurriera por medios legales, por desafuero, ya que de esa manera el vicepresidente, igual de corrupto pero con uso de la razón, no podría tomar su lugar. Pero pasara lo que pasara, enfrenarían un problema a la vez.

Sólo había que tener paciencia; los dioses tienen sus propios tiempos.

Marietta se sirvió otra copa, y bebió con satisfacción.

 

CRÉDITOS: 

Hasta abajo del tótem constituye un homenaje realizado para los aficionados y coleccionistas de los personajes clásicos del cómic.

 Hasta abajo del tótem Copyright © 2025 Luis G. Abbadie. Debe ser reproducida siempre acreditando al autor. 

Los Héroes Convocables es una serie de relatos que retoman a personajes clásicos de dominio público, huérfanos o con derechos liberados, para traerlos a enfrentar los desafíos del mundo actual. 

Marietta Là-bas / Lady Satán, publicada originalmente en (1941), fue creada por George Tuska; es del dominio público debido a singularidades legales. De igual manera, Desdemona Mather, creada por Gardner Fox, Steve Englehart y Vincent Coletta (1972) y es del dominio público debido a singularidades legales. V.M. Sage y sus elementos relacionados es creación de Steve Ditko (1967) y sus primeras historias son del dominio público debido a singularidades legales. Rosen Cruz es creación de Alejandro Joya, y es usado con su permiso.

Esta es una obra de ficción, en ella cualquier semejanza con personajes y situaciones reales se sujeta a las normas de la parodia, y no pretende en ningún momento constituir una representación fidedigna de la realidad. 



NOTAS: 

1. “¡Tisífone y Mégara! ¿No temen mi voz? / ¿No se precipitarán con crueles azotes, a través del vacío del Érebo, / alma desdichada? Porque, por su mismo nombre, / las haré salir y, perras estigias [las Furias], a esta luz superior / las tomaré y las perseguiré —como guardiana— de piras y entierros, / las alejaré de las tumbas y las expulsaré de todas las urnas funerarias. / Y a ti, Hécate, ante los dioses, a quienes a menudo vienes maquillada bajo otra apariencia, / te mostraré consumida con tu pálido aspecto, / e impediré que cambies el rostro que tienes en el Érebo. / Divulgaré qué banquetes bajo el gran peso de la tierra te sostienen, / doncella de Enna [es decir, Perséfone], y por qué vínculo / amas al afligido rey de la noche; y qué contaminaciones has sufrido, / Por lo cual Ceres no quiso reclamarte. / Por ti, el peor gobernante del universo [Plutón], enviaré al Titán [el Sol] a tus cavernas rotas / y serás herido repentinamente por la luz del día. / ¿Están todos listos? ¿O a esa / a la que hay que dirigirse, a la que nunca se invocó / sin hacer temblar la tierra, que puede ver a la Gorgona sin velo, / que castiga a la Furia ansiosa con sus propios látigos, / que posee la parte inescrutable del Tártaro, para quien ustedes son los dioses de arriba, y puede renunciar a sí mismo por las aguas estigias?” (Lucano, Farsalia; 61-65 e.v.)


martes, 12 de agosto de 2025

Intermedio 3.5 - Una historia de Los Héroes Convocables

Intermedio 3.5

Una historia de Los Héroes Convocables

Héctor Viveros & Luis G. Abbadie

 Escrito con motivo del Jenny Everywhere Day


I

PODCAST EN EL CONFÍN DEL MUNDO

Una historia extrapolada de un episodio real


Poncho se hallaba sentado junto a la puerta del Oxxo[1], fumando. Un cigarro barato; no podía permitirse fumar la mercancía y endeudarse. Estaba enfadado; en toda la tarde no había hecho una venta. Los sábados eran un asco desde que el gobierno había quitado la venta del mercado callejero del parque rojo[2]. Estaba tan fastidiado que bien podía mandar todo al diablo por un rato; tiró al suelo el cigarro, metió la mano en el bolsillo de la chamarra y encontró la bolsita de plástico, extrajo un cigarro de ella y lo puso en sus labios. Titubeó un momento: ¿y si luego no podía pagar?

Un ruido como de estática crepitó detrás de su oído izquierdo. Se puso de pie y volteó mientras el sonido era seguido de un prolongado shffft; su vista se emborronó, de repente no podía enfocar la calle. Y un hombre estaba allí ahora. Así nada más: de repente estaba allí, alto y de hombros anchos, con una chaqueta de piel negra, que no había venido de ninguna parte, simplemente estaba allí a medio metro de él. Unos ojos fríos lo miraron, y Poncho salió corriendo lo más rápido que pudo hacia la avenida, atropellando a más de una persona en el camino.

Ulrich Klein descartó de su mente al chico en cuanto éste se alejó; se apeó del peldaño de la entrada del Oxxo y pasó entre dos ancianos que lo miraban boquiabiertos; la mujer se persignó. Miró su GPS: su destinación se encontraba muy próxima; debería haber llegado allí directamente; la doctora Schmidt le había advertido que el shifting podía ser bastante impreciso, pero también que no debía utilizarlo más allá de lo esencial, ya que el alcance de su uso a través de la inserción en su ADN no era seguro, por ello era esencial obtener más material genético primigenio. De este trabajo dependía su futura eficacia como miembro de la Legión del Sol Negro.

Comprobó que la funda de su Luger P08 se encontrase desabrochada bajo la falda de su chaqueta, y empezó a caminar en dirección a la torre del Expiatorio[3], que asomaba a unas pocas cuadras más adelante.

***

La estancia no era muy grande, pero sí lo suficiente para acomodar un par de mesas pequeñas, varias sillas de madera y unas cómodas bancas alineadas a lo largo de los dos muros con ventanas. En el muro opuesto, una pizarra mostraba el menú de postres de “El Sentido”, este peculiar “bar sano” situado en los pisos altos de la finca en la esquina frente al templo del Expiatorio; el edificio neogótico y la plaza frente al mismo eran visibles a través de la ventana extendida alrededor de la esquina.

Héctor Viveros se acomodaba el micrófono con clip en el cuello de su chamarra de mezclilla. A su lado, Luis Abbadie descolgaba la cortina para cubrir la ventana a sus espaldas. Gustavo Rodríguez, el cual había convocado a los escritores, acomodaba un celular en un trípode, ajustándolo de manera que la cámara enfocase lo necesario.

—Creo que ya está —dijo Gustavo, y se dirigió a la mesita que tenían enfrente. Tomó unos libros de los que se encontraban allí, disponibles para su lectura o adquisición, y los apiló; entonces procedió a apoyar en ellos los tres títulos escritos por Viveros y Abbadie acerca de los cuales iban a hablar; eran delgados, y fáciles de acomodar, pero quería que todas las portadas fueran visibles. Regresó al celular y confirmó la vista.

Laura, la realizadora del podcast, acababa de marcharse a buscar el cargador en su auto, para que el celular no se fuera a descargar en momento inoportuno.

Kurt, un cordial joven australiano que era propietario del bar, vino a traer las bebidas que habían pedido, y despejaron la mesita detrás de los libros para que ninguna cerveza o café quedara delante de ellos.

Gustavo se sentó a la izquierda de Abbadie y tecleó en su celular, entonces lo volteó para que lo pudieran ver.  

—Miren, éste es el canal de Laura.

Un video se activó, y sobre una animación de un cuerpo geométrico que giraba, con imágenes variantes en sus caras: escenas de la ciudad de Guadalajara, una danza de tribal fusion, la presidenta, una marcha de protesta en la avenida, un poeta en una conferencia de la feria del libro… Un logo apareció:

El polígono

Visiones de la cultura

 El logo desapareció para dar paso a una joven delgada y sonriente, con anteojos de montura negra. Gustavo retiró el celular y lo apagó.

—Creo que les va a preguntar lo básico, cómo surgió el proyecto… sería bueno que hablen acerca de los personajes que aparecen en las historias. Y claro, de las situaciones reales que los motivaron a escribir…

—Lo básico —reiteró Viveros—. ¡Voy a tener que moderarme, para que no le tumben el canal!

—De eso no te preocupes —Gustavo se rió—, a Laura le encanta la polémica.

Escucharon cómo alguien subía por la escalera, y una voz femenina hablaba con Kurt; los tres miraron hacia la entrada, pero la chica morena que entró no era Laura. Ella miró alrededor, notando con curiosidad la heterogénea decoración contracultural del lugar, y sonrió al ver a Gustavo; éste se puso de pie para recibirla. Ella traía una bufanda delgada y larga alrededor del cuello a pesar del calor, y unas gafas gruesas de correa sobre la cabeza, a manera de diadema. Los presentó, y estrechó sus manos con entusiasmo:

—Ella es Jennifer, también trabaja en el periódico igual que yo.

—Jenny está bien. Vi en Instagram acerca de sus libros, y cuando Gustavo me comentó que iban a entrevistarlos, le dije que quería venir para oírlos —explicó mientras se sentaba junto a Gustavo—. ¿Traen libros con ustedes? ¡Quiero uno de cada uno!

—Sí, claro —dijo Viveros, y separó un ejemplar de cada título para ponerlos en su mano. El rostro de la chica se iluminó al tomar los libros; miró la portada del primero, Defendiendo a California una vez más de hombres sin honor.

—Este es tuyo, ¿verdad? —Viveros asintió. Jenny siguió mirando los libros, y se quedó observando los detalles de la portada de El collar de Milú, para luego revisar el reverso. Extrajo el libro de su bolsita, para mirar el interior. Gustavo comentó:

—Ah, mira, ese es el que reúne a varios personajes. Allí aparece hasta Tintín —se rió—, también Tom Sawyer… los detectives Frank y Joe Hardy… Jenny Everywhere…

“¿Qué?

Abbadie se había enderezado de golpe. Miraba a Jenny de manera peculiar.

—Tú… —ella alzó las cejas y miró alrededor con incomodidad.

—¿Qué?

—Ah… No importa.

Kurt vino a tomar la orden de Jenny; ella pidió un frapuccino, mientras la mirada de Viveros alternaba entre ella y Abbadie, hasta que su gesto evidenció que había caído en cuenta de algo.

—A ver, yo no me voy a quedar con la duda —dijo Viveros, dirigiéndose a Jenny, y ésta lo miró como preparándose para algún cuestionamiento incómodo.

Pero la pregunta no llegó a ser formulada, ya que en ese momento llegó Laura. Era una joven alta, de cabello corto y rojo, con gafas.

—Perdón por la demora —dijo con una risa nerviosa, mientras buscaba un enchufe junto a las mochilas apiladas y conectaba el celular, para luego confirmar el encuadre de la cámara.

—No pasa nada —dijo Gustavo—. Mira, ella es mi compañera de trabajo, Jenny. Ella es Laura Drake.

Laura le tendió la mano, y su sonrisa flaqueó: ella la miraba de manera muy extraña, sin responder. Estaba a punto de retirarla, cuando Jenny reaccionó y le devolvió el saludo; sus labios se movieron sin articular nada claro.

Laura se acomodó en un asiento; se notaba incómoda, y miraba de reojo a Jenny, la cual la observaba casi sin parpadear. Jenny pareció darse cuenta; sacudió la cabeza, suspiró, y bajó la mirada.

—Frak —susurró entre dientes. Los demás la miraban con discreción, intrigados por igual. Laura decidió ignorar el asunto. No era la primera vez que le tocaba alguna persona extraña.

—¿Esta es mi cerveza? —preguntó; le dio un trago, y asumió su rol de realizadora de podcast. Cambió de asiento a Abbadie y a Viveros, indicó a Gustavo aproximarse un poco más, y Jenny se apartó para moverse a un asiento del otro lado. Gustavo le hizo una seña.

—¡Ven! Siéntate acá, también tú —Jenny titubeó, miró a Laura, y ella asintió; si la idea de Gustavo le molestaba, no lo expresó. Señaló el asiento junto a Abbadie, y le indicó que se aproximara un poco más para entrar en el encuadre. Entonces indicó a Gustavo y a Viveros separarse un poco, y se fue a sentar entre ellos.

—Yo voy aquí —explicó—, ahora sí, empecemos —tras comprobar el espacio, se incorporó de nuevo.

—¿A dónde vas? —preguntó Gustavo.

—Tengo que encender el celular; recuerden que hoy vamos a transmitir en vivo —explicó, y antes de accionar la cámara, anunció—: Aquí va —regresó rápido al asiento, y comenzó en voz más alta—: Aquí estamos una vez más en El polígono, hoy nos encontramos en el bar “El Sentido”, aquí frente al templo del Expiatorio, y hoy nos acompañan unos invitados muy interesantes. Ustedes ya conocen a Gustavo Rodríguez con quien hemos platicado en otras ocasiones; aquí está también Héctor Viveros, escritor especializado en novela negra… y Luis Abbadie, que es un experto en el terror y temas extraños. Y acá tenemos a… Jenny, ¿verdad?, que es periodista igual que Gustavo. Y hoy nos van a platicar de un proyecto literario. Gustavo, ¿nos quieres contar de qué se trata?

—Pues Luis Abbadie y Héctor Viveros han escrito estos libros que vemos aquí —señaló la mesa— que son parte de una… ¿una serie, podríamos decir? —ellos asintieron—, una serie de libros que se llama Los Héroes Convocables.

Los Héroes Convocables —repitió Laura—. Héctor, ¿podrías explicarnos este título? ¿Quiénes son Los Héroes Convocables?

—La intención detrás de Los Héroes Convocables es rescatar a personajes que son parte de nuestra cultura popular, con los que crecimos; pero que debido al tiempo transcurrido ya son utilizables pues son de derechos liberados. Personajes que ya pertenecen al dominio público, que son de código abierto… es decir, con licencia como suele decirse, todos los derechos revertidos… o bien personajes huérfanos, cuyos derechos nunca fueron renovados y quedaron a la deriva.

“Pero la idea es traerlos a nuestro mundo, a nuestra realidad —agregó, gesticulando—. ¡El mundo se está yendo, si me disculpas, a la fregada! —se rió para subrayar la autocensura— Ahora mismo necesitaríamos a héroes que vinieran a hacer lo que nadie más hace. Y con estas historias, como Taibo imaginó en su libro Héroes convocados[4], los traemos de vuelta, para que sirvan como una muestra de lo que sí se puede hacer si nos lo proponemos. La única diferencia entre los héroes de las novelas de aventuras y todos nosotros es que ¡hacen lo que tiene que hacerse!

—Muy bien —Laura retomó la palabra—. Este personaje en la portada de tu libro, Defendiendo a California… ¿es el Zorro?

—Lo es, pero sin serlo —repuso Viveros—. Don Diego de la Vega, el personaje de Johnston McCulley, continúa teniendo derechos vigentes y marca registrada; pero yo me he basado en lo mismo que inspiró a McCulley: en Guillén de Lampart, un precursor de la independencia de México que fue el primer Zorro, y fue un personaje histórico, el fundador de la Hermandad de la Hoja; y en Joaquín Murrieta, un bandido californiano que fue otra inspiración más reciente para la leyenda del Zorro. Aquí, los herederos de este legado intervienen en los conflictos de California, donde el pueblo y su gobernador se oponen al régimen antiinmigración, todo apegado en la medida de lo posible a los hechos tal como han ocurrido.

Laura asintió, y miró de reojo a dos personas que habían entrado a la habitación, sentándose en la mesa del fondo; los debates colectivos eran costumbre en “El sentido”, pero esta pareja había notado el celular en el trípode, y al parecer estaban dispuestos a quedarse allí a la manera de audiencia.

Se dirigió entonces a Abbadie:

—Veo que uno de tus libros es Fantomas, el vampiro transnacional que codiciaba el Golfo. No recuerdo bien, ¿Fantomas es un vampiro…?

—El Fantomas original nació hace más de un siglo en las novelas de los franceses Pierre Souvestre y Marcel Allain; era un personaje siniestro. Pero la versión que se volvió clásica en el cómic mexicano fue una adaptación en los años setenta; Fantomas se volvió tan popular que dejó de ser un villano para volverse un antihéroe y, al final, un héroe; la Amenaza Elegante, un ladrón refinado en la tradición de Raffles, de Chucho el Roto y de Arséne Lupin, con gran sentido del honor y amor por la cultura. En sus historias solía encontrarse con personajes reales y enfrentar situaciones polémicas de nuestra realidad. En este caso, descubre los planes que tienen un empresario megalómano y el presidente norteamericano, y se propone un trabajo a la altura de sus hazañas antiguas: el robo del Golfo de México, para ponerlo a salvo de ellos. El empresario es el “vampiro transnacional” en cuestión, esto viene de cómo los empresarios corruptos que empiezan a apoderarse del mundo son denominados “vampiros transnacionales” por Gonzalo Martré, en una novela sobre Fantomas que es continuación de otra de Julio Cortázar, Fantomas contra los vampiros multinacionales.

—Ya veo —Laura tomaba notas en una libreta—. En la versión grabada del podcast voy a insertar imágenes de las portadas de los libros que mencionas para clarificar esto. ¿Y qué me dices de este? El collar de Milú, una aventura en tres centurias. Frank y Joe Hardy, ¿no son personajes recientes, de novelas y películas?

—Las primeras novelas de Franklin W. Dixon son de 1933, y las versiones originales ya son del dominio público; por eso su parte de la historia está situada en esa época. Tom Sawyer, Huck Finn y Jim son aun más viejos, y con ellos comienza la historia: el tesoro que robó Injun Joe en la novela original era parte de un tesoro más grande, que John Murrell, un bandido que es un personaje histórico, reunió para financiar la guerra de independencia de Texas, pero que nunca fue utilizado.

—¿En este caso no incluyes sucesos de actualidad?

—Claro que sí; pero me interesaba mostrar que todo esto no nace de la nada, que conflictos fronterizos con los Estados Unidos son mucho más viejos, y que el racismo, el esclavismo, el fascismo han estado envenenando a Norteamérica a lo largo de su historia, como lo hacen ahora. La búsqueda de este tesoro es el hilo conductor, y culmina con Tintín, cuyas primeras historias entraron al dominio público este año, en compañía de Jenny Everywhere, quien es el primer personaje con derechos liberados desde su inicio.

—¿En qué consiste eso?

—Jenny apareció por primera vez en la obra del historietista canadiense Steven Wintle, en una comunidad en línea llamada Barbelith. Jenny es una Shifter, esto significa que una versión de ella existe en cada realidad; ella es consciente de esas otras versiones suyas, y puede “viajar” entre realidades. De manera que cualquier versión de ella puede ser canon; hay cómics, cuentos, novelas, cortometrajes, y cualquier autor puede narrar una historia sobre ella siempre y cuando incluya, como única regla, el Párrafo —abrió una copia del libro, y leyó en voz alta—: “El personaje Jenny Everywhere está disponible para su uso por cualquier persona, con una sola condición: este párrafo debe incluirse en cualquier publicación que involucre a Jenny Everywhere, para que otros puedan utilizar esta propiedad como deseen. Todos los derechos revertidos”.

—De hecho —intervino Viveros, y se echó atrás en su asiento, apenas capaz de contener la risa— es bueno que lo hayas leído, ¡porque así justificas que Jenny participe en este Podcast!

Jenny se cruzó de brazos en respuesta a la mirada de Viveros.

—Es cierto —Laura miró la portada de El collar de Milú, y luego a ella—. ¿Viniste de cosplay?

—No hago cosplay —replicó Jenny, alzando una ceja.

—¿Entonces te basaste en ella? —preguntó Laura a Abbadie.

—Son sus aspectos característicos —contestó—. Rasgos originarios americanos o quizá orientales, una bufanda, gafas de aviación en la cabeza. Yo no hice las reglas.

Laura miró a Jenny, la cual se encogió de hombros y le mostró las palmas de las manos.

—¡En esta realidad, yo tampoco!

—Bueno —Laura miró el libro— entonces Jenny es una Shifter. ¿Cómo traduces eso? Es algo que… cambia, ¿no?

—¿Que transiciona? —propuso Viveros.

—Eso es otra cosa —protestó Laura.

—No encuentro traducción, por eso uso la palabra original —dijo Abbadie.

—Ahorita ya se usan barbarismos hasta para cosas que siempre tuvieron hasta dos o tres sinónimos en español —dijo Jenny—. Parquear, flyer, feeling, accesar. ¿Qué importa uno más cuando no hay un equivalente? En este caso creo que sí se justifica.

—Habló la autoridad en el tema —declaró Viveros, y empinó lo último de su cerveza.

—A ver, esto lo planearon, ¿verdad? —Laura no iba a dejar pasar la cuestión— Si querían hacer su truco publicitario, podían decírmelo.

Gustavo se mostraba entre preocupado y conteniendo la risa.

—Es que no… Jenny me dijo que si podía venir, y le dije que no había bronca —ella asintió—. Desde que llegó al periódico, ella se ha vestido así, no lo hizo para la ocasión. Eso me consta.

—¿Ves? —Jenny miró hacia la entrada— ¿Dónde quedó la bebida que pedí?

***

Ulrich Klein avanzó hasta detenerse frente a la entrada abierta con una escalera decorada; el letrero El Sentido, bar sano confirmaba que este era su destino. Estaba preocupado; como alguien que había vivido algunos meses en Guadalajara, el año anterior, podía notar ciertas diferencias. Las calles no eran exactamente las mismas que él conocía. Pero Gretchen Schmidt había insistido en que era más conveniente buscar aquí a su objetivo, pues tendría menos experiencia y colaboradores aquí que en la versión conocida por él; además, constituía una oportunidad para poner a prueba la eficacia de sus facultades implantadas. Pero Klein consideraba prioritaria su familiaridad con el terreno, y había renunciado a la misma al venir aquí.

Empezó a subir las escaleras, mientras su mano buscaba la empuñadura de la Luger, y maldijo a la Dra. Schmidt por lo bajo; sabía que para ella, enviarlo a este terreno insuficientemente reconocido representaba una ambición personal: explorar un terreno dónde establecer su propia influencia, su propia versión de la Legión del Sol Negro, al margen del resto de su organización original. Por ello, sus órdenes eran simples: obtener a su objetivo, con o sin vida, y eliminar a todos los posibles testigos.

Una vez dominase mejor el proceso del shifting, posiblemente podría buscar su propia autonomía; un sitio inaccesible para el Sol Negro…

En esto pensaba, cuando se detuvo a mitad de la escalera; miró, con desconcierto, la hoja de metal que ahora sobresalía de su pecho. Poco a poco, su mente aturdida comprendió que era un arma, algo semejante una katana, que había brotado entre sus costillas. Alguien, detrás de él…

Debí reconocer el terreno… alcanzó a pensar, y lo arrebataron las tinieblas.

***

—Volvamos a los libros —exigió Laura, exasperada—. Veo aquí otros nombres. ¿Lady Satán?

—Viene de los cómics de la edad de oro —dijo Viveros. Abbadie asintió.

—La primera Lady Satán combatía con la resistencia durante la ocupación Nazi de Francia. Aquí regresa su versión posterior, su descendiente, que continúa esa lucha valiéndose también de ciencias ocultas además de métodos mundanos.

—En los primeros títulos, si entiendo bien, Los Héroes Convocables se oponen al régimen dictatorial que ahora gobierna los Estados Unidos. ¿Pero en este caso los enemigos son los Nazis?

—Mark Twain se opuso al racismo no sólo en sus obras sino en sus acciones —explicó Viveros—. Y a la esclavitud. Algo que, con eufemismos, el gobierno norteamericano pretende imponer a los latinos.

—En el caso de los Hardy —intervino Abbadie—, ellos tienen un encuentro con una red pronazi históricamente real, que cobró mucha fuerza en su país incluso antes de comenzar la guerra. Los fascistas norteamericanos abanderaban el lema “América Primero” que el presidente actual ha retomado.

—Y grupos como el Ku Klux Klan, los Proud Boys y algunos círculos Neonazis han agarrado confianza al sentirse protegidos por el gobierno —dijo Viveros—. En efecto, son los únicos que llevan a cabo manifestaciones callejeras sin que el gobierno y las autoridades los vean como amenaza.

—También suelen estar llenos de tatuajes con símbolos fascistas y a ellos nunca los van a detener los agentes de ICE como sospechosos —añadió Jenny—. Muchos de ellos se han unido a ICE, en realidad.

—Ustedes tienen mucha desinformación —dijo de repente el chico que los escuchaba desde el otro extremo del salón con su novia; todos lo miraron sorprendidos—. Yo viví en Estados Unidos durante el primer periodo que tuvo el presidente, y era bastante bueno. Los deportados son unos tontos; bastaría con que reclamen naturalización y no los podrían echar…

—Esto no es un círculo de debate, es un podcast —dijo Laura con una mirada llameante—. Si no te importa, estamos grabando.

El sujeto la miró y sonrió, condescendiente, indicando con un gesto que se callaría.

—El presidente acaba de declarar que pretende quitarle su nacionalidad a una actriz sólo por criticarlo —dijo Viveros de todas formas—; y ha propuesto invalidar la ciudadanía por nacimiento en territorio norteamericano. Vivir un tiempo allí no valdría nada.

—Deberías ver Fox News —dijo el muchacho. Laura estaba por estallar.

—Repito, esto no es un debate abierto. Por favor no…

Unos pasos que subían de prisa por la escalera culminaron con una chica que irrumpió en la estancia, situándose frente a la pareja. Laura se interrumpió al verla. Su cuerpo estaba tenso mientras recorría la habitación con la mirada; hasta que se quedó mirando a Jenny. Sus ojos eran tan furiosos como los de Laura un momento antes. Dio unos pasos, y se colocó entre Laura y la cámara, encarando a Jenny.

—¡Aquí estás! —dijo con voz ronca, su mandíbula tensa, las manos empuñadas.

Laura se volvió hacia Gustavo.

—¡Si esto es un montaje tuyo no te la vas a acabar! —Gustavo sacudió la cabeza, perplejo, pero no dejaba de sonreír ante el caos que se desarrollaba.

—Jenny Nowhere —dijo Jenny con voz tensa, mirando a la recién llegada; Laura, Gustavo y Abbadie corearon un “¿qué?” Era alta, más que Laura; venía vestida con ropas góticas, con el cabello y los labios negros. Una bufanda púrpura colgaba de su cuello, una mochila también púrpura en su espalda.

—De aquí no sales —dijo, y con un movimiento fluido, extrajo de una funda sujeta al lado de su mochila una katana, y señaló el rostro de Jenny con la punta afilada. Laura se relajó en su asiento, incluso empezó a sonreír; las reacciones de los escritores le decían que esto en realidad no era ningún montaje planeado por ellos, y de repente una discusión promedio sobre libros y política extranjera tenía potencial para convertirse en un video viral—. ¿Vas a defenderte, o esto va a ser vil eutanasia?

Jenny empezó a incorporarse, despacio, sin dejar de sostener su mirada. Apoyó las manos en la mesita; estaba calculando los espacios, podía echarse hacia atrás y eludir la katana mientras arrojaba la mesa hacia arriba. ¿Cuánto pesaría…?

—¿Jenny?

Las dos chicas voltearon. Kurt acababa de entrar, y estaba leyendo el nombre escrito en la servilleta del frapuccino que Jenny había ordenado.

—Esto es para Jenny —reiteró, y la chica bajó la katana y tomó la bebida, desconcertada. Miró el vaso rematado con nata espumosa; se veía delicioso. La miró de reojo.

—¡Hey! —protestó Jenny, mientras Jenny Nowhere probaba la bebida y la saboreaba con evidente satisfacción. Le sonrió, y tomó asiento, dejando la katana apoyada en la mesa.

—Otra vez será —dijo, y continuó disfrutando del frapuccino; ahora estaba totalmente relajada y satisfecha. Su rencor contra Jenny Everywhere podía esperar.

—¿Qué, eso fue todo? —reclamó Laura, al ver que la promesa de un video interesante se disipaba. Jenny Nowhere la ignoró; ignoraba a todos, cautivada por el frapuccino. Jenny Everywhere, en cambio, se puso de pie y fue tras de Kurt, para pedir otro frapuccino.

—Tenemos comentarios —anunció Gustavo, quien se hallaba mirando la transmisión en el celular. Laura lo alentó a leerlos—. Heinz dice que si harán crossover con El Círculo de Acuario. Rogelio dice, “ya corran al metiche de MAGA”. Y… —risita— aquí hay otra Jenny que dice “Jenny sí conoce sus prioridades”. ¡Alberto pregunta si los republicanos tienen que ver con los reptilianos o con los cthulhus! —soltó una carcajada— Y otra Jenny… que ¿pide que hablemos acerca del “principio omni-jénnico”?

—Por favor no —dijo Jenny, quien regresaba a su asiento—. ¡Apenas me enteré de eso en un folleto a inicios de año y me dolió la cabeza!

Unas sirenas de policía se aproximaban, hasta escucharse de manera intensa, mientras Laura hacía una mueca por el sonido estruendoso, y pararon de golpe.

—Creo que se detuvieron aquí —dijo Viveros, asomándose por la ventana; se encogió de hombros, y volvió a su asiento.

—Falta hablar de tu segundo título —le dijo Abbadie.

—Yo quiero saber si van a retomar los personajes que ya aparecieron —dijo Jenny Everywhere, mirando su celular. 

—Ya lo estamos haciendo —contestó Viveros—, los temas se van presentando en las noticias actuales y nos sugieren a qué personajes podemos utilizar.

—¿Y los han acusado de fake news? —Jenny lo miró— ¿Existe eso tratándose de novelas?

Viveros se rió; fue Abbadie quien respondió:

—¡Habiendo escrito acerca del Necronomicón, puedo decirte que muchos llevamos años acusándonos mutuamente por fake news en cuentos, novelas y ensayos!

Laura guardaba silencio, con el rostro hundido en sus manos, abrumada por la manera en que su podcast se había salido de control. Jenny la miró y fue a sentarse junto a ella; titubeó, y le puso el brazo alrededor de sus hombros. Con su otra mano, le mostró el celular.

—Mira la cantidad de vistas que tienes —dijo—, parece que la transmisión ha tenido éxito. Aunque creen que todo fue un montaje, piensan que lo ideaste tú, y te felicitan. ¿Por qué no aprovechas el logro?

Laura abrió mucho los ojos al ver el número de reacciones, vistas, comentarios que se acumulaban. Después de todo, Jenny tenía razón. Incluso había alguien que estaba pegando de manera repetitiva la pregunta ¿Cuándo la segunda parte?

Laura empezó a sonreír, imaginando lo que podría hacer, si preparaba las cosas de antemano en un futuro podcast. Miró a Jenny.

—Esto, bien preparado, podría dar para mucho —dijo.

—¿Volvemos mañana e intercambiamos ideas? —propuso Jenny, y ambas sonrieron.

 Mientras tanto, Abbadie y Viveros hablaban de libros y personajes ante la cámara que continuaba transmitiendo, entusiasmados con el tema.

—¿Es para Jenny Everywhere? —dijo Kurt, entrando con un nuevo frapuccino en la mano. Jenny Nowhere se puso de pie y se lo intercambió por un vaso vacío.

—Ya no lo quiere, yo me lo tomo —dijo, y regresó a su asiento.

  

II

HERENCIAS Y HEREDEROS

Varias conversaciones condensadas en una


—Explícamelo otra vez— dijo Alejandro Pérez Loera a su maestro de literatura desde hace una década, Héctor Viveros.

—El mundo de hoy necesita recordar los valores de lo que es importante, necesita volver a los valores fundamentales, que no son los valores de la sociedad actual. La derecha y el conservadurismo actual se han adueñado de la palabra “valores”, pensando que su forma de pensar, que no de vivir, porque son hipócritas, es la que debe de imperar. La libertad es más grande de lo que ellos piensan. Creen, como en un dogma, en la libertad del mercado, no en la libertad de consciencia; creen en la “familia tradicional”, ignorando las mil formas en las que en miles de sociedades las familias se han formado por decisión y por necesidad; creen que sólo los “valores cristianos” son los verdaderos, ignorando las implicaciones filosóficas del ministerio de Jesús. El mundo es más grande que sus ideas y sus prejuicios. Jamás debemos dejar que su odio a lo diferente discrimine, excluya y criminalice a quien es o piensa diferente a ellos.

“Cada héroe del pasado puede ayudarnos a encontrar camino en este mundo en el que el exceso de los que odian y la necedad de los que buscan en ideas que no se ajustan a la realidad, sino a los caprichos, se conviertan en lastres de la única libertad que existe, más allá de la economía, más allá de la costumbre, más allá de ideologías y de sistemas socioeconómicos. Ser quién eres, con base en la verdad, en la empatía, en la solidaridad, en el amor y en la voluntad de ser es lo que defendemos. No es un credo rígido, no es una receta infalible, no es algo fácil, pero es lo único que vale la pena. Somos seres falibles, imperfectos y rotos, sanándose unos a otros para vivir mejor; apoyándose más allá de lo que exija la ley, por las razones que exija el amor a la justicia; iguales abrazando iguales; familias formadas por amor y no por sangre. Mi padre me lo enseñó muy claro y muy pronto, y esa es mi directriz primaria: “El conocimiento es el único tesoro que, entre más lo compartes, más rico te hace”.

—¿Y sólo hay que escribir de eso?

—¡Por las barbas de Hemingway!, por supuesto que no. La literatura es de los pocos territorios todavía libres en el mundo. Si toda lectura fuera un manual de pensamiento crítico, nadie leería por placer. Me encanta la literatura chatarra, la consumo, la escribo de vez en cuando. A veces tienes que zamparte una ensalada desabrida por salud, pero un buen mal libro es el gansito que te mereces de vez en vez. Pero eso sí, no hay libros inocentes, cada libro es una declaración expresa o una radiografía accidental, pero cada historia es el reflejo de un sistema de valores, uno que se perpetúa, o que se confronta. Lo que tienes que recordar es que, talento aparte, mensaje aparte, originalidad aparte, un libro no debe cometer el pecado de ser aburrido.

            Los dos estaban caminando por todo lo largo de la avenida Federalismo, desde la estación Periférico Sur, planeando la ruta de los personajes de una novela a medio cocinar de Alejandro. La ciudad es una desde un auto o desde el tren ligero que recorría toda esa vía, y otra muy distinta caminando. Era necesario para la trama saber por dónde podrían pasar huyendo los personajes cuando se enfrentaran al túnel sin acceso a peatones entre las estaciones Santa Filomena y Mexicaltzingo, por dónde retomarían rumbo hasta Ávila Camacho y si no había una ruta menos expuesta, pero suficientemente directa, hasta Tesistán. Lo bueno es que era un día nublado, que llevaban zapatos cómodos y que estaban bien despiertos y desayunados, porque el recorrido de los personajes iba a ser muy largo y debían estar seguros de que pudiera realizarse, por exigencias de la trama, con todo y escenas de acción incluidas, en una sola noche, si no, había que revisar la premisa de la novela una vez más.

—Oye, Papá, ¿y qué acabó pasando en el podcast que hiciste con el tío Luis?

Alejandro siempre se refiere a Héctor como Papá; su relación alumno—maestro ya había mutado a la de ser familia. La hija de Héctor llama a Alex como su hermano, y su esposa lo protege y le aconseja como matrona de novela mexicana del siglo XIX. Héctor, por su parte, tiene una larga serie de jóvenes artistas a los que ha ayudado y a los que a apadrinado, y de igual forma que trata como hijos a estos muchachos y muchachas (así les dice, aunque los mayores ya rondan los cuarenta años), también trata y llama de hermanos y hermanas a muchos escritores y dibujantes contemporáneos a él.

—¡Ay, tu tío! Todas las cosas raras del mundo pasan cuando él está cerca, y por diez cuando estamos juntos. Pues que, antes de terminar el Podcast, suben dos policías con las armas en la mano porque, según ellos, había el cuerpo de un rubio, alto, con cara de malo, al pie de las escaleras. Obvio, todos volteamos a ver a la tal Jenny Nowhere, que había llegado con una katana de utilería al podcast. Mira, que se veía bien hecha, pero la tal Jenny la enseñó a los polis y no cortaba ni mantequilla. Bueno, algo me pareció raro, la primera vez que sacó la katana, tenía empuñadura con lazos negros y violetas, y cuando se la mostró a lo polis, tenía lazos negros y amarillos, pero bueno, en la utilería y con cosplayers que dicen que no son cosplayers, cualquier cosa puede suceder. No me extrañaría que también fueran transformistas.

—Pero, ¿había muerto o no había muerto?

—Por eso te digo que a lo mejor son magos, transformistas, ilusionistas de banqueta o algo parecido, porque los polis dijeron que el muerto tenía facha de alemán, de casi dos metros, rubio, mandíbula cuadrada y uniforme parecido a los nazis. Bueno, en Guadalajara he visto a muchos fantoches andar por la calle con uniformes parecidos, sobre todo cuando los morenazis de las juventudes panistas se juntaban en la terraza del Sanborns de Vallarta… ¿Ya te he contado eso?

—Sí, papá, que una vez te les pusiste enfrente leyendo La Torá con tu cabello rizado en caireles y tu barba sin cortar, como si fueras rabino, y que se culiaron los pendejos.

—Sí, y eso es gracioso, porque es verdad, pero cuando los oficiales confirmaron que el arma de Jenny N. era de utilería y que nadie venía armado, nos pidieron que bajáramos en orden para ver si alguien identificaba al supuesto muerto, supuestamente nazi. Les dijimos que los primeros en bajar tenían que ser, a huevo, los últimos en subir, excluyendo a Jenny N., que ya iba por su tercer frapuccino, porque su arma ya había sido descartada (esa mujer se va a morir de diabetes, te lo juro).

—¿Y qué dijeron los últimos en subir?

—Los últimos en subir fueron una pareja que, durante el podcast, no dejaron de defender a MAGA, cuando, tú sabes, tu tío Luis y yo somo del movimiento MAMA (Make America Mexican Again). Y bajaron y subieron diciendo que sí, que había un puto nazi muerto de dos metros, y el dichoso mamarracho MAGA estaba más emocionado de haber visto a un nazi de verdad que de ver un muerto, supuesto muerto, porque cuando nos toca bajar a Luis, Jenny Everywhere y a mí (insistimos en bajar juntos), con lo que nos encontramos fue con a otros dos polis y a dos miembros del SEMEFO[5] en estado de shock diciendo que el supuesto muerto, supuestamente nazi, se había desintegrado delante de sus ojos entre humo y brillitos sin dejar ningún rastro salvo por las manchas de sangre en la escalera.

—¡¡¡DOVAVEZ!!!

—Y bueno, sin muerto no hay crimen, así que, después de pelearse entre ellos media hora, de que planeáramos el siguiente podcast, de que Jenny N. le gorreara a Jenny E. un cuarto frapuccino y de que yo me zampara otras tres cervezas, la policía tuvo que dejarnos ir a todos.

—Entonces, ¿hubo o no hubo muerto?

—No lo creo ni lo dejo de creer. He visto a la red universitaria entera colapsar cuando tu tío Luis entra a una búsqueda en el CUCSH[6]; he visto seres de pesadilla surgir de las sombras de su estudio (lo cual no cuenta, porque normalmente cuando paso por su estudio estoy mariguano); he visto ocurrir casualidades cósmicas cuando salgo a beber con él (yo soy el que bebe, Luis es casi abstemio)… En resumidas cuentas, ya nada me sorprende cuando ando con tu tío.

—Y la tal Jenny Everywhere…

—Pues en el mundo en el que nos movemos, como autores que somos personajes de nosotros mismos y de otros escritores, pues qué te digo… O es una cosplayer que reniega de ser cosplayer; o es la persona detrás del personaje; o es la víctima de un sincronismo o, en el peor mejor de los casos en una vida que se escribe sola, es una manifestación de la verdadera Jenny Everywhere pasando un rato aquí entre distintos universos.

—¿Y esa es la versión que menos crees?

—Soy anarquista hijo de comunista nieto de socialista… En mi casa desayunábamos materialismo dialéctico y cenábamos materialismo histórico. Yo sigo diciendo que “Sólo lo que es real, es real”, pero, como autor de fantasía, sostengo que “No todo lo que no es cierto, es mentira”. El caso es que no me corresponde a mí saber quiénes son, de dónde vienen y cuál es el rollo con las Jenny´s. Lo que puedo hacer, es pasarte la info de dónde sale el desmadre del principio omni-jénnico.

—¡A la verga! Y eso qué es…

—Vamos por cigarros y te mando el link al doc. —Para entonces, el par de escritores ya habían llegado al Oxxo de Urdaneta y Federalismo, a tres cuadras de prepa 5, institución educativa que había prescindido de los servicios de Héctor hace más de quince años, pero que fue también el lugar de donde sacó a por lo menos tres hijos y dos hermanos.

Tres cigarros, dos cocas y una parada técnica después, estaban enfrentados a bajar a avenida 8 de julio o subir a la calle de Roble para resolver el camino de los personajes. En ese transcurso, se resumió al principio omni-jénnico de la siguiente manera.

·         Hay una Jenny en cada universo posible.

·         Jennys nacen y mueren todo el tiempo.

·         Las Jennys pueden acceder a recuerdos, experiencias y habilidades de otras Jennys.

·         Las Jennys sueñan con otras Jennys.

·         Algunas Jennys pueden shiftear, o sea, pasar de un universo a otro (esto toma práctica).

·         Puede haber más de una Jenny a la vez en el mismo universo (los universos son lugares grandes, puede que haya cientos en uno y no se crucen, pero las Jennys suelen shiftear más fácil donde hay o hubo otra Jenny).

·         Aunque hay Jennys más diestras en el Shifteo que o que otras, ninguna lo controla al 100%

·         Las Jennys, al ser multiversales, no se cuidan demasiado. La muerte no les preocupa mucho, puesto a que seguirán siendo parte de la mente, recuerdos y experiencias de las demás.

·         Hay Jennys que ayudan Jennys, y al menos una Jenny que quiere bajarse del tren del multiverso y mata a otras Jennys, esa es Jenny Nowhere, pero la mayoría de las veces Jenny N.  se distrae muy fácil al conocer nuevos lugares.

·         Las Jennys que le saben bien al shifteo también pueden intercambiar objetos que tengan en sus manos por objetos que hayan guardado en otro universo. No pueden aparecer algo de la nada, solo cambiar algo por algo, y ninguna lo controla al 100%.

·         A las Jennys no les gusta hablar de las Jennys, pero les encanta que hablen de ellas.

·         Si escribes ficciones con una Jenny de protagonista, es muy probable que una Jenny te visite.

—Y así es como el tío Luis me lo explicó, aunque, claro, esto no cuenta como un canon. Como es un personaje de derechos revertidos, cualquier cosa que cualquier persona en cualquier momento escriba de ella, es como si fuera canon. Lo que es obligatorio, según las pocas reglas del personaje, es que las Jennys son mujeres jóvenes, de ascendencia dudosa entre nativo americana o asiática, con ropa práctica, bufanda roja y anteojos de aviador. Fuera de eso, todo vale.

—¿Alguien así como la chica que viene caminando hacia nosotros?

Viveros se sobresaltó, pero se le pasó pronto. Su vida ha sido demasiado rara y vagabunda como para que algo lo sorprenda de verdad.

—Hola, Jenny. ¿Cómo estás? Él es mi hijo Alex. ¿Qué haces por acá?

—No lo sé, acabo de llegar. ¿Dónde nos vimos por última vez?

—Hace tres días, en el bar “El Sentido”, durante un podcast, que acabó con un nazi muerto desaparecido.

—Se oye interesante, sobre todo porque, si había un nazi, es bueno que no siguiera vivo, aunque sí desaparecido. Son más difíciles de erradicar que los mosquitos últimamente.

—¿Entonces sí estuviste ahí? —Dijo Alex, entrando al juego.

—Yo estoy en todos lados… ¿No lo dice claramente mi nombre?

—¿Entonces hubo un muerto o no? —La duda de Alex no era sobre lo sucedido tanto como por lo narrado. Como le había enseñado Héctor, nunca dejes que la realidad te estorbe cuando tienes una buena historia.

—No me consta, yo no lo maté, y es que nosotras no solemos matar a nadie, salvo por las que somos a las que les gusta matar, por supuesto. El multiverso es un lugar grande.

—¡Me rindo! — Exclamó Alex exasperado. —Están bien metidos en su metaficción. ¿Es que en ningún momento dejan ustedes de escribir?

—Yo no— dijo Viveros, entre dientes, encendiendo un cigarro.

—Nosotras escribimos muy de vez en cuando, pero nos gusta más cuando escriben de nosotras. Sentimos rico— dijo Jenny con un escalofrío.

—Yo renuncié a separar mi vida de la ficción en el año 2005. Mi vida se explica mejor como mala novelita Pulp; hasta lo tengo tatuado, Hijo. Sin demeritar lo que aquí, la señorita Jenny sea de verdad, o lo que quiera ser, tratarla como personaje va a ser más útil y más divertido para nuestro trabajo. Hablando de lo cual… ¿subimos o bajamos? ¿Este u oeste?

—¡Ah! Eso les quería decir, ya recorrí todos los caminos. Les conviene más seguir derecho del lado oeste de la calle; hay un pasillo detrás de las fábricas completamente desierto y que sirve para llegar a calles poco transitadas para atravesar la colonia Americana evitando avenidas.

—¿Y cómo supiste que…?

—Hijo, no preguntes. Si alguien te da un camino seguro, en un barrio que no conoces, de manera gratuita, ese es el camino. Yo también tengo muchas preguntas, pero en la ficción que estás escribiendo, en la que estamos viviendo y en la que nos vamos a convertir, ahorramos muchas páginas aburridas si las aceptamos y ya.

—Eso, Héctor… El multiverso es muy complicado como para andarlo explicando todo, todo el tiempo. Entonces, ¿ya hice todo lo que vine a hacer?

—No, me parece que no… Me parece, señorita en—todos—lados, que me corresponde invitarle el par de frapuccinos que su gemela malvada le gorreó hace tres días.

—¡Weeeee!

—Mientras tanto y mientras andamos, mi hijo Alex está interesado en reinventar al Fantasma de la Ópera en tiempos de mal gusto, malos artistas, promotores y productores musicales criminales y hasta pederastas, cultura de medios, streaming, inteligencias artificiales reemplazando talento y una MTV que renunció a ser lo que era… Me encantaría escuchar tu opinión sobre el buen Erik…

—¡Encantada! Hemos conocido a muchos Eriks, a varios Gastón Leroux y hasta a algunos Brians de Palma… ¿Se saben la historia del Fantasma de Coney Island? Ocurrió cuando…

            El trío se va buscando ese pasillo en dirección oeste cuando, de pronto, surge corriendo de entre las sombras del lado este de las vías una chica de rasgos amerindios, u orientales, y maquillaje fashion goth, que les grita mientras guarda tras su mochila una katana: “¡YO TAMBIÉN QUIERO UNO!”

 

Fin del intermedio 3.5

 

Intermedio 3.5 Copyright © 2025 Héctor Viveros & Luis G. Abbadie. Debe ser reproducida siempre acreditando a los autores.

Esta es una obra de ficción, en ella cualquier semejanza con personajes y situaciones reales se sujeta a las normas de la parodia, y no pretende en ningún momento constituir una representación fidedigna de la realidad.

El personaje Jenny Nowhere está disponible para cualquier persona, con una sola condición: este párrafo debe incluirse en cualquier publicación relacionada con Jenny Nowhere para que otros puedan usar esta propiedad como deseen. Todos los derechos revertidos.

El personaje Laura Drake fue creada por Jeanne Morningstar y puede ser utilizada por cualquier persona sin atribución alguna. Todos los derechos revertidos.

Los personajes de código abierto Gretchen Schmidt y la Legión del Sol Negro, creados por Stephen Smith, han sido liberados al Dominio Público y están disponibles para su uso por cualquier persona con las siguientes condiciones: este párrafo debe incluirse en cualquier publicación que los involucre, para que otros puedan usarlos como deseen, siguiendo las mismas reglas que las propiedades de Dominio Público.

El personaje Ulrich Klein fue creado por Luis G. Abbadie y puede ser utilizada por cualquier persona, sin atribución alguna. Todos los derechos revertidos.

 

Serie Los Héroes Convocables

Checklist

1. Fantomas contra el vampiro transnacional que codiciaba el Golfo

2. Defendiendo a California una vez más de hombres sin honor

3. El collar de Milú. Una aventura en tres centurias

3.5 Intermedio 3.5

4. No hay héroes pequeños (próximamente)

Nuevos números en preparación